El clan de los condenados

Capítulo 50

Miré por novena vez el reloj en la pared. ¿En dónde se había metido? Se suponía que hoy estudiaría con Artie. Acordamos encontrarnos en la biblioteca, pero llevaba más de una hora de retraso. Era muy extraño. Él no era así; en estos dos meses que llevamos siendo amigos, jamás había llegado tarde a ninguna parte.

—¡Mina! —gritó atravesando la puerta, mientras sacudía la mano de lado a lado—. Lo siento tanto, no tuve un buen día, acabo de venir del hospital.

—¿Qué? ¿Estás bien? —pregunté enseguida.

—Estoy bien, pero mi hermana se rompió el brazo. Te sorprendería saber cuántos niños se quiebran los huesos andando en bicicleta. —dijo y se sentó a mi lado, dejando sus cosas sobre la mesa.

Como siempre, había traído una cantidad innecesaria de libros que, estaba segura, no iba a leer. Él era así, no conocía a alguien más preparado. Demasiado proteccionista, incluso en su aspecto. Siempre estaba bien vestido, luciendo como un niño en ropa de anciano. En mi opinión, caracterizado por sus incontables pecas, su cabello pelirrojo y el hábito de acomodarse los lentes cada vez que explicaba algo.

—¿Qué sigue ahora? —preguntó hojeando uno de los libros.

—Repasar los capítulos ocho y nueve —Artie me miró confundido—. Aún nos quedan un par de páginas.

—Creí que estudiar arte sería más fácil —confesó, haciéndome reír—. Debí seguir con el negocio de mi padre.

—Sí, claro. No podrías usar corbata todos los días, mucho menos estar detrás de un escritorio —dije, y él comenzó a reír.

—Touché.

Mi vista fue a parar hacia una figura conocida, no muy lejos de nuestra mesa. Con cuidado colocaba unos libros en la repisa y volteó hacia nosotros. Nuestros ojos se encontraron por un segundo, y él siguió su camino sin decir nada.

—¿Qué sucede? —preguntó.

—Nada, creí ver a alguien.

Después de una extensa sesión de estudio, caminé hacia el elevador de la biblioteca. Era la primera vez que lo usaba; había prometido utilizar las escaleras, pero hoy me sentía algo cansada. Las puertas se abrieron, di unos pasos y presioné el botón número cero. Antes de que se cerraran, una mano se atravesó entre ellas e impidió el cierre. El inconfundible rostro de Aron apareció en el panorama, volviendo esta situación en un momento muy incómodo. Ninguno dijo nada. Creo que ni siquiera me reconoció. El ascensor comenzó a bajar, pero, sin aviso, un ruido provocó que este se sacudiera y se detuviera por completo.

—¿Qué pasó? ¿Por qué se detuvo? —Miré el panel de botones, presionándolos repetidamente.

—No lo sé, parece que se atascó —dio un vistazo alrededor, sin mucho que hacer—. Qué raro, ¿no?

—¿Sabes si ya había pasado antes?

—Sí, creo que sí —respondió con molestia—. ¿Por qué? ¿Te dan miedo los ascensores?

—No, claro que no —respondí al instante.

Tú me das miedo.

—¿Crees que lo reparen pronto?

—Eso espero. —dijo—. De lo contrario, será mejor que empieces a ponerte cómoda.

El tiempo parecía congelarse. Aron observaba la luz del techo, que parpadeaba de vez en cuando, y la incomodidad crecía, cada respiración se sentía más pesada, más cargada. ¿Qué estaba ocurriendo allá afuera? ¿Por qué seguíamos aquí? Había pasado una hora, tal vez más. Cada vez que miraba el reloj de mi muñeca, el tiempo parecía correr aún más lento.

Él estaba sentado frente a mí, moviéndose de vez en cuando, girando el cuello con cierta molestia. Yo ya había probado varias veces los botones de emergencia, esos que se supone que debían hacer venir a alguien, pero no hubo respuestas.

—¿Quieres agua? —preguntó de repente.

Asentí, sacudiendo la mano cerca de mi rostro. El calor comenzaba a sofocarme.

—Gracias.

Él no respondió, solo se quedó mirándome.

—¿Qué sucede?

—¿Tienes algún problema conmigo?

Me quedé helada.

—Claro que no, ¿por qué lo preguntas?

—Actúas extraño siempre que estoy cerca. No me miras, no conversas conmigo, no haces nada.

¿Y cómo hacerlo? Cada vez que coincidíamos en un lugar, me ignoraba completamente, solo charlaba con sus amigos e incluso se marchaba sin decir nada.

—Creo que ambos tenemos una versión totalmente distinta al respecto —dije—. Tú jamás tuviste la intención de hablar conmigo, actuabas como si no me conocieras, ni siquiera me invitabas a las reuniones en tu casa.

—Eso es porque todos mis amigos están casados o comprometidos.

—¿Y qué hay de Pamela? —Aron negó, divertido.

—Pamela está buscando esposo. Me obliga a invitarla, se hace amiga de las mujeres ricas con la esperanza de que le presenten a alguien —respondió forzando una sonrisa—. No creí que fueras de esa clase de mujer.

—¿A qué te refieres?

Aron lo pensó unos segundos.

—No conozco a otra mujer que estudie una carrera, y créeme que conozco a muchas —hizo una pausa—. No lo sé, simplemente no creo que estés interesada en ser una esposa.

—Te equivocas, sí quiero casarme algún día.

—No me refiero a eso. Lo harás, pero no es tu prioridad —respondió—. O al menos eso parece.

—Nunca lo fue. No me opongo a la idea, pero siempre creí que era más que solo una futura esposa o madre… Me imagino de otra forma.

—¿Cómo?

—Feliz.

Aron sonrió de oreja a oreja.

—Es curioso. Jamás creí que alguien como tú pensara de esa forma —me miró, extrañado.

—¿Alguien como yo? —sonrió, y puso la mano sobre su pecho de forma dramática—. ¿Y eso qué significa?

Moría de vergüenza. No me había dado cuenta de la forma en que había sonado; no lo decía con esa intención.

—No fue lo que quise decir, te lo aseguro —apenas lograba responder sin tartamudear.

—Sí, seguro —respondió sarcásticamente—. Sabía que tenías un problema conmigo.

Por un momento, Aron me había hecho olvidar que el reloj seguía avanzando, que nada alrededor se movía. O eso creí, hasta que el ascensor se sacudió un poco y comenzó a bajar. Con dificultad, la puerta se abrió y ambos festejamos. Al salir, se quedó mirándome por un momento. No éramos amigos, no éramos nada, y a pesar de eso compartimos algo, en cierta forma. Algo incómodo, sí, pero al menos sirvió para dejar de ser invisibles para el otro.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.