El clan de los condenados

Capítulo 51

Todo había pasado muy rápido, tan imprevisto que sorprendió a más de uno, incluyéndome. ¿Alguna vez has sentido una fuerte conexión con otra persona? ¿Una que sea imposible de explicar? Al principio, coincidíamos de forma accidental, nada más que encuentros fugaces, apenas un intercambio de dos o tres palabras, pero con el tiempo se volvió algo más. A partir de ahí, las cosas comenzaron a fluir sin que yo pudiera detenerlas. Después de un tiempo, comenzaba a buscar cualquier excusa para verlo. Recuerdo cómo un día, mientras caminábamos en medio de la noche, me preguntó sobre mis sueños, mis miedos, mis metas. Pidió que le contara cada uno de ellos, y no importaba que fueran pequeños, él quería escucharlos todos. Y un día, las conversaciones se volvieron eternas, los encuentros más frecuentes, y la vida, mucho más buena. No se trataba de grandes gestos, ni de palabras profundas; eran esos momentos simples y genuinos los que hicieron que me enamorara perdidamente de él.

—¿Es aquí? —pregunté viendo el enorme edificio.

—Así es. Sígueme, entraremos por atrás.

La noche era estrellada, y la ciudad brillaba como de costumbre. Yo caminaba a su lado, sin tener idea de a dónde íbamos. Aron se escondía en el misterio sin dejar de sonreír y sin soltar mi mano. Rodeamos la esquina, parándonos frente a una enorme puerta de color negro. Sacó unas llaves de su bolsillo, y antes de entrar me pidió que cerrara los ojos.

—¿Y si me tropiezo con algo? —dije tapándome los ojos. Aron soltó una risita y puso ambas manos en mi espalda.

—No te preocupes, yo te cuido.

Con cautela, caminé a ciegas esquivando con éxito cada cosa que tenía enfrente. No tardó mucho, cuando Aron frenó y se acercó a mi oído.

—Ya puedes ver, bonita —susurró.

La emoción se fundió en mi ser: era una galería de arte enorme, con paredes color vino, luces cálidas por doquier, y estaba vacía. Completamente vacía. Solo éramos él y yo junto a las obras de miles de talentosos artistas.

—El lugar es nuestro por un par de horas, un amigo me debía un favor —dijo, con una sonrisa suave—. Quería que disfrutaras del arte sin distracciones, sin ruido, solo tú y tus pensamientos.

Di otro paso hacia la primera sala, maravillada con cada escultura, cada pintura que parecía contar su propia historia en un silencio divino.

—Sé que algún día exhibirás tus piezas en galerías como estas. Solo es cuestión de que tengas más confianza en ti misma —dijo, con la vista en una de las pinturas—. Tienes mucho talento, Mina. Y un talento como el tuyo debería ser compartido con el mundo.

Guardé silencio por un instante, repasando con ilusión cada palabra que salió de su boca. Elevándome hasta un lugar en donde no había estado jamás. Creyendo fielmente en su opinión y rogando que algún día yo también pueda pensar como él.

—Nadie nunca había hecho tanto por mí —confesé. Él me miró con dulzura y buscó mi mano para entrelazarla con la suya—. Gracias, Aron.

No hizo falta una respuesta, tampoco una charla, solo caminar en silencio siendo partícipes del hoy y el ahora. Aron me observaba de vez en cuando para no perderse ninguna de mis reacciones. Al llegar a la mitad del camino, nos cruzamos con un banco de madera frente a una enorme pintura cuyo marco era dorado y con inscripciones color ámbar.

—¿Qué me dices de ese? —señaló la pintura y con su otra mano sacó dos latas de gaseosa de su mochila—. Tenía pensado traer vino, pero no quería arriesgarme a ensuciar algo. Ya me conoces, no soy un hombre muy cuidadoso.

—Es cierto, eres un poco torpe… —dije, y él me miró riendo—. Aunque creo que esa es una de las cosas que más me gustan de ti.

—¿En serio? —Asentí algo avergonzada—. Eres la única que piensa así.

Nos quedamos en ese lugar por un buen rato, compartiendo no solo un momento, sino también una que otra anécdota o conversación absurda que fácilmente se transformaba en mucho más. Nuestras manos se rozaron, al igual que nuestros corazones, marcando un antes y un después en nuestras vidas. No puedo decirlo por él, pero Aron fue y siempre será un antes y un después en mi vida. Más tarde, cuando estábamos a punto de irnos, él se detuvo frente a mí y señaló la pintura de hace un rato. Una obra que, a primera vista, parecía ser algo simple, pero para mí se trataba de algo más. A simple vista, eran dos figuras elevando los brazos hacia el cielo. Los colores oscuros predominaban en todas partes, todas menos en ellos.

—No has respondido mi pregunta —dijo y observé la pintura sabiendo exactamente a qué se refería—. Yo pienso que son dos amantes, personas que se aman profundamente y tratan de sobrevivir a lo que parece ser inevitable.

—¿Y eso es?

—Todas las razones por las que no deberían estar juntos. Creo que ambos están asustados de perderse el uno al otro, pero son conscientes de que no pueden huir de sí mismos, de lo que realmente son.

Miré de reojo a Aron mientras analizaba cada detalle en la pintura. Su punto de vista me pareció fascinante, pero no creo estar viendo lo mismo que él.

—Interesante, aunque algo trágico —respondí, y él sonrió—. En mi opinión, los colores oscuros y el caos a su alrededor son el reflejo de lo cruel e injusto que puede ser el destino. A pesar de que ellos habían decidido estar juntos, no es lo que el destino tenía planeado para sus vidas, y está consumiendo todo con tal de devolverlos a lo que debería ser.

—A donde deberían estar, no a donde quisieran estar.

—Exacto. Y creo que ellos son la representación de la esperanza. Son hasta el último fragmento de ilusión por poder escapar de lo imposible. Todos saben que no puedes desafiar al destino.

—Yo creo que sí —lo miré atenta—. O al menos, yo estaría dispuesto a desafiarlo por ti.

Afuera, el aire frío chocó con mi rostro. Aron arrugó la nariz y me puso su abrigo encima sin decir una palabra. Besé su mejilla, y mientras caminábamos por la calle vacía, solo podía pensar que muchas veces lo inesperado no es lo que pasa sin aviso, sino la forma en que alguien te hace sentir sin tener que decir demasiado.




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