¿Alguna vez has sentido que tu vida gira en torno a alguien más? Como si fuera el aire que necesitas para mantenerte con vida, como si nada más fuera tan importante como escuchar su voz.
Aun cuando había descubierto su traición, que sabía no era la primera, mi corazón seguía estrujándose por tenerlo lejos. Incluso traté de perderme en la rutina: estudiar, ratos con Artie, los mismos trayectos de siempre. Pero todo tenía ese eco, esa presencia fantasma de una conversación inconclusa. Todo lo que me faltó decir o entender. Era algo más primitivo, una necesidad de respuesta.
Hoy estaba lloviendo, pero no una lluvia violenta, era una de esas persistentes que no da tregua, que te empapan hasta los huesos, aunque lleves paraguas. No tenía planeado verlo, no exactamente. Pero después de días sintiendo que algo no estaba bien, que las palabras tenían peso y los silencios eran demasiado largos, decidí ir. Porque aún pensaba en él, con el alma destrozada, pero seguía pensando en él. No en lo que hizo, ni en Pamela. Solo podía pensar en su voz, en sus manos, en cómo me miró aquella noche. Dejó una carta en mi puerta de nuevo, diciendo que estaría solo en su casa esa misma noche. Nada más que eso, no dijo perdón, tampoco hizo promesas, solo eso. Y para mí fue suficiente. Una hora después, estaba en la puerta de su edificio. Debatí por varios minutos si tenía que subir o no. Aunque ya sabía la respuesta, lo hice de todos modos. Y cuando Aron me vio entrar, no dijo nada. Solo me miró y sonrió, no con ternura, fue una maldita sonrisa de triunfo, confirmando lo que ya pensaba: que tarde o temprano, yo volvería.
—No puedo estar sin ti —dije, así, sin anestesia. Y me odié por decirlo.
Él se acercó despacio, con esa mirada que cautivaba.
—Entonces no lo estés —respondió simple. Yo me quedé perpleja. No esperaba que fuera tan fácil.
—Pero no entiendo —susurré—. Me traicionaste, me mentiste. Y aun así…
—¿Aun así qué?
—Aun así, te amo —solté avergonzada, como si mi boca fuera a caerse.
Él me tomó del rostro, firme.
—¿Ves? Eso es amar —besó mi frente suavemente—. No esa farsa que ves en las películas. Esto, esto que duele, que te deja sin aire, es amor.
No pude evitar llorar, no de alivio, sino de impotencia.
—No quiero amar así.
—No puedes elegir —respondió él—. Ya lo hiciste, ya estás junto a mí. Y sabes que, si te vas, vas a buscarme otra vez.
Bajé la mirada, intrigándolo.
—¿Nosotros qué somos ahora? —pregunté, con la voz en pedazos.
Él se alejó dos pasos y encendió un cigarrillo.
—Lo que tú quieras ser. Siempre eres tú la que vuelve.
—¿Acaso me estás culpando por esto? —dije. Él sonrió, sin verme.
—No, te estoy haciendo responsable. ¿Quieres salir de esto? Hazlo. ¿Quieres quedarte? Creo que sabes cómo termina.
Solo me quedé observando sus movimientos, con el pecho apretado, la piel ardiendo, anhelando perdidamente su toque. Entonces caminé hacia él y lo abracé por la espalda.
—Te odio —respondí.
—Lo sé —contestó él, exhalando el humo por la nariz—. Y te encanta odiarme.
Hubo un corto silencio y volví a hablar.
—¿Y tú? ¿Me amas?
Él se giró despacio, me tocó el mentón y me besó. Y cuando se separó, dijo:
—No sé amarte como tú quieres, pero no puedo, ni quiero dejarte ir —acarició mi nariz—. Así que no lo hagas más difícil. Quédate y acéptame como soy, o sufre tratando de olvidarme.
Al instante, cuando sentí el calor de su piel, cuando repasé sus crudas palabras, fue cuando me di cuenta de cómo comenzaba a consumirme poco a poco. Me ataba con cadenas invisibles que no era capaz de ver, pero sí de sentir. ¿Cómo iba a dejarlo ir, cuando él todavía estaba dentro de mí marcando mi cuerpo, mente y alma? Era porque, a pesar de todo, él seguía siendo el único que podía calmar mis tormentas internas, que sabía tocar mis puntos débiles, el único que con sus palabras lograba hacerme sentir viva, incluso cuando me hacía sentir miserable.
¿Qué debo hacer? El dilema parecía eterno. Sabía que estaba perdiendo mi identidad, perdiendo el rumbo. Y aunque me dolía reconocerlo, en el fondo, si lo dejaba ir, si dejaba de buscarlo, me perdería junto con él. No estoy lista para enfrentar ese vacío. No aún. Pensar en perdonarlo se sentía como estar sacrificando más pedazos de mí, pero lo hacía con la esperanza de que, al final, él cambiaría, que de alguna manera todo se arreglaría dándole una oportunidad.
¿Es eso lo que el amor hace? ¿Nos convierte en algo que no somos? No quería ser débil, pero mis manos seguían buscándolo. No quería necesitarlo, pero lo necesitaba. No quería ser esa mujer, pero ya me había convertido en ella.