El tiempo pasó, y él no cambió. Jamás lo haría. A veces desaparecía por horas, otras, simplemente me ignoraba. Y cuando comenzaba a desesperarme, él solo decía: “Eres muy exagerada, necesitas calmarte. Te asfixias tú misma y estás comenzando a asfixiarme a mí también”. Pero cuando intentaba alejarme, él repetía: “¿Así de fácil te irás? ¿Eso es todo lo que vale lo nuestro?”. Me mantenía justo ahí, ni adentro ni afuera. Presente en su vida, pero siempre dudando de mi lugar. Un día, no sé cómo ni por qué, pero algo cambió en mi forma de ver las cosas. Y le puse fin al patético vínculo que tristemente había tratado de salvar. Aron insistió unos días, pero luego aceptó mi decisión. A veces pienso que lo hizo porque realmente creyó que regresaría, como hice una vez, pero no lo haría. No esta vez.
Sacudí desesperadamente mi cabeza, preguntándome qué hubiese sido de mí si no hubiese abandonado mi casa aquel día. Pensando que, seguramente, no me encontraría en la situación en la que estoy ahora. Es probable que mis manos no estuvieran sosteniendo un papel que databa los resultados de mi prueba de embarazo, ni que estuviera leyéndolos con un hombre que no tenía nada que ver con eso.
—¿Qué dice? —Arturo me arrebató la hoja, paseando sus ojos por cada palabra escrita en ella—. Minakuri…
—No lo digas —pedí—. Por favor, no digas nada.
No lo hizo, solo llevó una de sus manos a mi espalda, acariciándola gentilmente. Inhalé hondo y dejé salir todo el aire. Estaba tan confundida que apenas podía pensar. Todo esto se sentía tan irreal que hasta llegué a pensar que no estaba pasando realmente. Mi corazón se apretujó al recordar que ahora llevaba a alguien dentro de mí, confundiéndome aún más sobre lo que tenía que hacer. No deseaba actuar egoístamente, ni siquiera causar más daño del que ya causé. Lo único que quería era hacer las cosas bien al menos una vez en mi vida.
—¿Vas a decirle?
—No lo sé —respondí.
—No deberías.
—Artie… —dije, pero me cortó.
—Es un imbécil. Te trató como basura, Minakuri —escupió—. No se merece nada que venga de ti.
—Lo sé, créeme, lo sé —despeiné su cabello—. Pero es el padre. Me guste o no, tiene derecho a saberlo.
—Espero que no pienses que esto hará que él cambie mágicamente —lo miré—. No eleves tus expectativas sobre esto. No cuando Aron está involucrado.
—No lo haré —forcé una sonrisa—. No tienes de qué preocuparte.
Arturo sonrió, alegando que me acompañaría en todo momento. Algo que me hizo enormemente feliz.
Las calles de Barcelona lucían tan vivas como siempre, todo lo contrario, a mí. Me sentía sumamente angustiada, nerviosa, molesta conmigo misma. Decepcionada de mi irresponsabilidad. Aun así, traté de darme ánimo. Tal vez, en una de esas, Aron me sorprendería con una reacción opuesta a la que espero. Es posible que todo esto solo sea un bache en el camino, un contratiempo que no es necesario agrandar más de lo necesario. Arturo apretó mi mano al llegar a la casa de sus padres, sabía que estaría aquí. Mis piernas temblaban, pero forcé una sonrisa y caminé como pude hasta la puerta de madera, tocándola unas cinco veces. No dejaba de repetirme que todo estaría bien, debía estarlo. Una luz alumbró mi rostro, y una mujer un poco más joven que yo me recibió.
—Hola, ¿qué puedo hacer por ti? —saludó amablemente.
—Estoy buscando a Aron, necesito hablar con él.
—Claro, iré por él.
Suspiré pesadamente mientras me sumergía en una espera que se estaba convirtiendo en una tortura. Apreté los puños, girando en dirección a la calle del frente, donde Arturo me hacía gestos de ánimo.
—Minakuri —pronunció, haciendo que volteara—. ¿Qué haces aquí? No es un buen momento.
—No voy a quitarte mucho tiempo, solo quería decirte algo.
—¿Viniste con la intención de regresar conmigo? —dijo y yo negué con la cabeza—. Porque si es así, aquí no es el lugar para hablar de eso.
—No, Aron. No quiero volver contigo, solo necesito que me escuches por un segundo.
Hizo un gesto para que siguiera, recargándose en el marco de la puerta. Me sumí en un corto silencio, buscando las palabras correctas, pensando en cuál sería la forma apropiada de decir algo tan delicado como eso.
—No me he sentido bien últimamente, así que me hice análisis con un médico —él frunció el ceño; sabía de qué estaba hablando—. Aron, estoy embarazada.
Él soltó una estruendosa risa. Algo que me enfermó. Estuvo así un par de minutos, hasta que por fin se detuvo, mirándome como si fuera una mentirosa.
—Si quieres volver conmigo, no hace falta que inventes excusas, solo dilo de una vez.
—Sabía que dirías eso —metí la mano en mi mochila—. Así que te traje los análisis. Tienen el sello del médico. Fui al mejor hospital de aquí.
Aron tomó el papel entre sus manos, negando reiteradas veces con la cabeza. No podía creer que lo que estaba diciendo era completamente cierto.
—¿De verdad esperas que me crea eso? Ese niño ni siquiera debe ser mío —dijo, clavando la mirada en Artie—. Seguro estuviste engañándome todo este tiempo con ese idiota, y ahora quieres que me haga cargo del bastardo.
—¡No te atrevas a faltarle el respeto! —gritó, acortando la distancia entre ellos—. Sé un hombre por una vez en tu vida y hazte cargo de tus desastres.
—Yo no he hecho nada, ese niño no es mío.
—Fuiste la única persona con la que tuve relaciones —dije.
—¿Y quién me garantiza eso? —fue interrumpido por la voz familiar de una mujer.
Pamela, quien al parecer había escuchado todo, rodeó a Aron con sus brazos, descansando la cabeza sobre su hombro.
—¿Es cierto lo que dice? —preguntó, y Aron negó con la cabeza—. Lo sabía… solo Dios sabe con cuántos te has acostado desde que llegaste aquí.
—Ella no es como tú, Pamela —Arturo se cruzó de brazos—. No te proyectes de forma tan obvia.
—Escúchame, Minakuri —soltó, obligándome a verlo—. Aun si el niño fuera mío, no estoy listo para ser padre, así que haz lo que quieras con él… Deshazte de él, no sé. No me importa.