El clan de los condenados

Capítulo 54

Nunca creí que la costura fuera una buena forma de pasar el tiempo, mucho menos pasar las tardes haciendo sopas de letras junto a mi abuela Yoshiko. Sonreí viendo el hermoso vestido que había tejido, bueno, eso en caso de que fuera una niña. De lo contrario, teníamos unos pequeños pantalones de un color celeste claro. Las emociones se hacían incontrolables, al igual que los antojos, haciéndome devorar una enorme cantidad de comida, como si no hubiera comido en días. Mi barriga había crecido hasta parecer una enorme sandía. Me reía de ella cada vez que me veía en el espejo, tratando de sobrellevar esta situación de la mejor forma posible. Después de todo, no estaba sola. No importaba que mis padres todavía no se atrevieran a hablarme, aun sabiendo de mi embarazo, ni siquiera el hecho de no saber absolutamente nada de mis hermanos. Yo me sentía acompañada de todas formas: tenía a mi abuela, contaba con el apoyo de Arturo y me tenía a mí.

—Terminé —dijo alzando la sopa de letras en el aire—. Eres muy lenta, Mina.

—No es justo, has tenido mucha práctica —ella soltó una risita—. Cuéntame cómo haces para encontrar las palabras tan rápido.

—Talento puro, mi niña —soltó, haciéndome reír.

De repente, un dolor en la zona abdominal me hizo estremecer, obligándome a encorvarme. Mi abuela notó mi expresión y se acercó rápidamente. Traté de formular un par de palabras, pero la presión en la ingle me hizo ahogar un grito. Sin perder más tiempo, mi abuela me ayudó a ponerme de pie y a caminar hasta la habitación, donde, con dificultad, me acosté. Cada paso se sentía como la agonía más dolorosa que alguna vez había sentido. Todo a mi alrededor comenzó a sofocarme. Aunque el dolor insoportable en el abdomen se llevaba toda mi atención, fue peor cuando comenzó a esparcirse hasta llegar a mi espalda. Traté de respirar observando a mi abuela ir y venir, trayendo algunas toallas junto con un balde de agua.

—Necesito que respires y comiences a hacer toda la fuerza que puedas —dijo.

Asentí, obedeciendo su palabra al pie de la letra. Un gruñido se escapó de mis labios, el dolor que sentía era indescriptible. El sudor bañaba mi cuerpo que luchaba por pujar desesperadamente a aquel niño. Mi vista se nublaba, comenzando a ver luces por todas partes. La fuerza se me estaba agotando, haciéndome casi imposible no romper en llanto. Lloré, lloré tanto que podrías decir que quebré mis ojos. Unos ojos que seguían viendo un camino más allá, esos que vieron la forma de reunir fuerza y seguir pujando, aun cuando el dolor me desgarraba por dentro.

Un último sollozo salió de mí cuando pude oír un fuerte llanto. Miré a mi abuela, quien no pudo contener las lágrimas mientras envolvía al bebé en una de las toallas.

—Es una niña —susurró, dándole un pequeño beso.

Mi corazón comenzó a latir con demasiada fuerza. Una enorme felicidad llenó mi alma hasta alumbrar cada rincón de mi rostro. Mi abuela estiró sus brazos, alcanzándome a la pequeña niña que ahora parecía estar profundamente dormida. Una lágrima resbaló por mi mejilla al sentirla entre mis brazos, viéndola tan pequeña, tan frágil, tan perfecta ante mis ojos. Estaba orgullosa, ansiosa, prometiendo ser todo eso que me habría gustado tener. Anhelando poder oír su voz, poder caminar a su lado, tener la oportunidad de verla crecer.

—Sumi —susurré, acariciando con mucho cuidado su pequeña mano—. Mi preciosa, Sumi.

Lo curioso, es que ya no podía recordar mi vida antes de ese momento. Como si sostenerla en mis brazos hubiera sido un nuevo renacer, uno en donde solo importaba ella, donde todo estaría bien. Los problemas, las preocupaciones, el dolor, todo parecía pequeño en el momento en que oí su corazón latir.

—Felicitaciones, querida mía —susurró formando una enorme sonrisa—. No me cabe duda de que serás una gran madre.

—Gracias, abuela —murmuré—. No sé qué habría hecho sin ti.

—No tienes nada que agradecer —levantó una de sus manos—. Es más, tengo algo para ti.

Fue imposible negarme. Mi abuela no permitiría que rechazara su regalo. Supongo que así son todas, cuando se trata de consentir a sus nietos, siempre se salen con la suya.

—Toma, mi cielo.

En sus manos sostenía un precioso diario. Parecía de cuero, con un tono bordó y mis iniciales grabadas en el centro.

—Abuela, es precioso —negué—. No tenías que molestarte.

—Me molestaré todo lo que me dé la gana —reí.

—Gracias, de verdad —respondí, mirándolo con más detalle.

—Mi niña, no abandones tus sueños, mucho menos el arte. Eres muy buena para eso —dijo—. Tal vez, cuando Sumi crezca, puedas retomarlo.

—Tal vez… no descarto esa posibilidad.

Observé a mi pequeña en silencio, delineando su pequeña nariz con mi dedo.

—Prométeme algo, mi cielo —dijo, captando mi atención—. Nunca dejes de luchar, aun cuando todo parezca perdido. Trata de seguir adelante y nunca olvides quién eres.

—¿Una Sabami?

—Mi nieta —corrigió—. Minakuri Sabami, la persona más valiente que conozco.

La miré con decisión en sus ojos. Sabía que sentía cada una de sus palabras, arropando mi corazón tal y como hacía cuando era una niña. Su sonrisa derritió mi alma, y fue imposible contener las lágrimas.

—Te lo prometo.




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