El Club de los Culpables

Prólogo

El silencio como arquitectura

> “No hay crimen sin estructura.

> No hay impunidad sin método.”

> — Fragmento del Protocolo Interno 3-A, Comité de Contención.

El edificio no tenía nombre. Solo un número.

Piso 17. Sala sin ventanas. Mesa de mármol negro.

Cinco sillas. Cuatro ocupadas. Una siempre vacía.

No se hablaba de justicia. Se hablaba de control.

No se mencionaban víctimas. Se hablaba de variables.

No se firmaban documentos. Se intercambiaban miradas.

El hombre del extremo izquierdo —traje gris, acento neutro— abrió una carpeta. Dentro, una lista de nombres. Algunos subrayados. Otros tachados. Todos conocidos.

—El Club de los Inocentes ha cruzado la línea —dijo—. Ya no buscan justicia. Buscan visibilidad.

Silencio.

—¿Y nosotros? —preguntó la mujer del centro, con voz de hielo.

El hombre del extremo derecho, más joven, más nervioso, respondió:

—Nosotros no existimos.

—Exacto —dijo el primero—. Pero si no actuamos, pronto lo haremos.

La carpeta se cerró.

La reunión terminó.

El protocolo se activó.

Y así comenzó la otra historia.

La que no se cuenta en los tribunales.

La que se escribe en márgenes, en sobres sin remitente, en llamadas sin registro.

La historia de los que no fueron juzgados.

Porque ya sabían cómo absolverse.




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