El Club de los Culpables

Capítulo 1: El Comité

> “No se trata de ocultar. Se trata de administrar lo que se sabe.”

> — Elías, protocolo verbal, sesión 3.

El edificio no tenía nombre. Solo un número.

Piso 17. Sala sin ventanas. Mesa de mármol negro.

Cinco sillas. Cuatro ocupadas. Una siempre vacía.

Elías llegó sin prisa. Traje gris, corbata sin nudo, mirada de quien ya ha leído el final del libro. Saludó sin palabras. Colocó una carpeta sobre la mesa. Nadie preguntó qué contenía. Todos sabían que si él la traía, era porque algo se había roto.

—El Club de los Inocentes ha cruzado la línea —dijo—. Ya no buscan justicia. Buscan visibilidad.

La mujer del centro, fiscal jubilada, cruzó los brazos.

—¿Y nosotros?

—Nosotros no existimos —respondió Elías—. Pero si no actuamos, pronto lo haremos.

El hombre más joven, asesor de imagen de una campaña presidencial, deslizó su tablet. En la pantalla, titulares: “Red de encubrimiento judicial”, “Testimonios con pruebas documentales”, “El Archivo 000 existe”.

—¿Qué tan grave es? —preguntó.

Elías abrió la carpeta. Dentro, una hoja con tres columnas: Nombre, Vínculo, Nivel de exposición. Algunos nombres estaban subrayados. Otros, tachados. Todos conocidos.

—Grave —dijo—. Pero manejable. Si seguimos el protocolo.

La mujer del extremo izquierdo, directora de un medio nacional, encendió un cigarro invisible con su gesto.

—¿Y cuál es el relato?

—El de siempre —dijo Elías—. Exageración. Venganza. Confusión.

—¿Y si no funciona?

—Entonces elegimos a quién sacrificar.

Silencio.

Elías colocó una segunda hoja sobre la mesa. Era un cronograma. Fechas, medios, voceros, filtraciones. Todo diseñado con precisión quirúrgica.

—Esto no es una crisis. Es una oportunidad. Si lo hacemos bien, no solo sobrevivimos. Redefinimos los límites de lo decible.

La mujer del centro asintió. El asesor sonrió. La directora pidió acceso a los documentos. Elías no respondió. Solo señaló la silla vacía.

—Falta uno —dijo.

—¿Quién?

—El que va a caer. Aún no lo sabe. Pero lo sabrá.

La reunión terminó sin aplausos. Cada uno salió por una puerta distinta. Elías fue el último. Cerró la carpeta, la guardó en un maletín sin marca y bajó por las escaleras. Nunca usaba el ascensor. Decía que el poder no debía confiarse a cables.

En el piso 1, un hombre lo esperaba. Traje oscuro, rostro común, voz sin acento.

—¿Activamos el protocolo?

Elías asintió.

—Empieza por los medios. Luego los jueces. Después los archivos.

—¿Y el Club?

—El Club ya no es el problema. El problema es que alguien los está ayudando desde adentro.

El hombre asintió. Sacó un sobre. Dentro, una foto: una mujer joven, rostro borroso, libreta en la mano.

—¿Ella?

Elías miró la imagen. No respondió. Solo dijo:

—Encuentra al traidor. Y hazlo rápido. Antes de que la silla vacía tenga nombre.




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