> “No necesito saber lo que hacen. Solo necesito saber que no me salpica.”
> — Ernesto Landaeta, empresario.
Ernesto Landaeta no aparecía en los archivos.
No porque fuera inocente.
Sino porque había pagado para no estar.
Era dueño de tres constructoras, dos medios regionales, una fundación cultural y una empresa de seguridad que no figuraba en ninguna licitación pública. Su nombre no estaba en las portadas, pero sí en las transferencias. No hablaba en público, pero sus silencios tenían precio.
Esa mañana, su contador le entregó un informe:
—Tenemos una auditoría cruzada. Hacienda quiere revisar los contratos de 2019.
Ernesto no parpadeó.
—¿Quién firma la orden?
—Una tal Ana Rivas. Nueva directora de fiscalización. No está en la lista de los usuales.
Ernesto tomó el informe. Lo leyó como quien revisa el clima: sin urgencia, pero con atención. Luego marcó un número.
—Necesito que alguien le recuerde a la señora Rivas que hay prioridades institucionales.
—¿Y si no escucha?
—Entonces que escuche otra voz. Una que hable en cifras.
Colgó.
Luego abrió su laptop. Entró a un sistema privado de monitoreo. No era ilegal. Solo era invisible. Ahí podía ver menciones a su nombre, movimientos bancarios sospechosos, y —lo más importante— alertas sobre el Club de los Inocentes.
Ese día, una alerta nueva:
“Dossier vincula a empresas constructoras con red de encubrimiento judicial.”
Ernesto sonrió.
—Tardaron más de lo que pensé.
Abrió una carpeta encriptada. Dentro, un documento titulado: “Donaciones culturales 2017–2020”. En realidad, era un mapa de pagos: fundaciones pantalla, contratos inflados, becas que nunca se entregaron. Todo legal. Todo limpio. Todo diseñado para parecer filantropía.
Marcó otro número.
—Activa la Fundación. Que publiquen un comunicado sobre nuestro compromiso con la memoria histórica.
—¿Sobre qué tema?
—Sobre víctimas. Las que sean. Que suene sincero. Que parezca que nos importa.
Mientras tanto, en una oficina del Ministerio, Ana Rivas recibía una llamada sin identificador. No contestó. Luego, un correo sin firma:
“Hay cosas que es mejor no mirar tan de cerca. Por su bien. Por el de su familia.”
Ana cerró el correo. Lo archivó. Luego abrió el expediente de Landaeta.
Y empezó a leer.
Esa noche, Ernesto cenó en su terraza. Vino tinto, carne al punto, música de fondo. Miró la ciudad como quien mira una maqueta.
—Todo está en su lugar —dijo.
Pero no vio la libreta.
La que alguien había dejado en la entrada de su edificio.
Sin remitente.
Solo una frase en la portada:
“Usted no está en los archivos.
Pero nosotros sí estamos en su contabilidad.”
Ernesto no sonrió.
Por primera vez en años, no supo a quién llamar.