El Club de los Culpables

Capítulo 9: La Cacería

> “No se trata de encontrar al culpable. Se trata de encontrar a quien puede hablar.”

> — Instrucción verbal, Protocolo de Preservación 2-C.

Elías no creía en la violencia.

Creía en la precisión.

Por eso, cuando activó la cacería, no pidió armas. Pidió datos.

—Quiero saber quién entra y sale del archivo judicial.

—¿Con qué pretexto?

—Auditoría interna. Seguridad documental. Que suene técnico. Que nadie sospeche.

En menos de 48 horas, tenía una lista de 37 nombres.

Funcionarios, pasantes, técnicos, archivistas.

Todos con acceso.

Todos con huellas.

Todos con algo que perder.

Gabriel estaba en la lista.

No en rojo.

En gris.

Invisible.

Como siempre.

Pero el sistema no necesitaba certezas.

Solo necesitaba una señal.

Y esa señal llegó en forma de error:

Un documento filtrado por Gabriel tenía una marca de agua residual.

Un código de escaneo.

Un número de serie.

Elías lo vio.

No dijo nada.

Solo escribió en su libreta:

“Objetivo probable: G.R.

Confirmar. No actuar aún.

Observar comportamiento.

Inducir error.”

Mientras tanto, Gabriel notó algo extraño.

Su acceso al sistema fue interrumpido por “mantenimiento”.

Su supervisor lo llamó a una reunión informal.

Su correo institucional fue clonado.

No lo acusaban.

Lo rodeaban.

En el Club, Mariana recibió un mensaje cifrado:

“No puedo seguir. Me están mirando.

Pero dejé algo más.

Último envío.

Código: 17JARDIN.”

Valeria lo leyó.

Andrea lo descifró.

Lucía lo archivó.

Era un plano.

De una casa de campo.

Con cámaras.

Y una fecha.

—¿Es real? —preguntó Mariana.

—Es una trampa —dijo Valeria—.

Pero también es una pista.

Esa noche, Gabriel no volvió a casa.

Tampoco fue arrestado.

Simplemente… desapareció.

Elías recibió un informe:

“Objetivo no localizado. Último rastro: estación de metro, 19:42. Cámaras desactivadas.”

Sonrió.

—Entonces no era un traidor.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque los traidores quieren ser escuchados.

Y este solo quería desaparecer.

Guardó la libreta.

Y escribió una nueva orden:

“Buscar al siguiente.

El que sí quiera hablar.

El que no tema ser oído.”

Porque la cacería no termina con una presa.

Termina cuando nadie más se atreve a correr.




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