> “El problema no es que me acusen. El problema es que ya no me defienden.”
> — Declaración privada, grabación filtrada.
El despacho del Fiscal General era amplio, silencioso y perfectamente insonorizado.
Las paredes estaban cubiertas de diplomas, fotos con presidentes, y una réplica enmarcada de la Constitución.
Pero esa mañana, lo único que importaba era el sobre sobre su escritorio.
No tenía remitente.
Solo una palabra escrita a mano: “Círculo.”
Dentro, una hoja impresa.
Un extracto del Archivo 000.
Su nombre.
Una fecha.
Una firma.
No era una acusación.
Era una advertencia.
El Fiscal General —Domingo Armas— no era ingenuo.
Sabía que su nombre había aparecido antes.
Pero siempre en susurros, en columnas ambiguas, en rumores sin pruebas.
Esto era distinto.
Esto tenía forma.
Y lo peor: tenía contexto.
Marcó un número.
—Necesito hablar con Elías.
Silencio.
—¿Está disponible?
—No para usted —respondió la voz.
Colgó.
Por primera vez en años, Domingo sintió frío.
No por el documento.
Por el vacío.
Encendió su laptop.
Buscó su nombre en los buscadores internos.
Cuarenta y tres menciones en las últimas 72 horas.
Catorce en medios internacionales.
Cinco en redes con etiquetas que antes no existían:
#FiscalDelSilencio
#Círculo000
#JusticiaBlindada
Llamó a su jefe de prensa.
—Prepara un comunicado.
—¿Sobre qué?
—Sobre mi compromiso con la transparencia.
—¿Y si preguntan por el documento?
—Di que no lo he visto.
—¿Y si lo publican completo?
—Entonces diremos que es falso.
—¿Y si lo prueban?
Silencio.
—Entonces diremos que fue un error administrativo.
Mientras tanto, en el Club, Mariana analizaba el documento.
Andrea lo cotejaba con otros archivos.
Lucía buscaba la firma en bases de datos.
Valeria observaba en silencio.
—¿Es suficiente para acusarlo? —preguntó Mariana.
—No —dijo Valeria—. Pero es suficiente para que empiece a hablar.
Esa noche, Domingo recibió otra carta.
Sin amenazas.
Sin insultos.
Solo una frase:
“Usted sabe cómo empezó.
Nosotros sabemos cómo puede terminar.”
No tenía firma.
Pero tenía dirección:
El Jardín.
Domingo cerró la carta.
Y supo que tenía dos opciones:
Negar hasta el final.
O negociar antes de caer.
Eligió la segunda.
Marcó un número que había prometido no volver a usar.
—Quiero hablar.
—¿Con quién?
—Con quien aún no haya decidido destruirme.