El Club de los Culpables

Epílogo

> “No hay justicia perfecta.

> Pero hay memoria.

> Y a veces, eso basta para empezar de nuevo.”

> — Última línea del prólogo de la edición impresa.

Pasaron tres años.

El libro fue traducido a siete idiomas.

Ganó premios.

Fue adaptado a teatro.

Inspiró foros, documentales, tesis.

Pero más importante:

Fue leído.

En universidades, en cárceles, en escuelas.

En despachos judiciales.

En salas de espera.

Algunos lo odiaron.

Otros lo negaron.

Muchos lo agradecieron.

El Club ya no existe como tal.

No hay bodega.

No hay manifiestos.

No hay comunicados.

Pero hay algo más fuerte:

Una red de personas que decidieron hablar.

No como activistas.

Como ciudadanos.

Valeria da clases.

Mariana escribe.

Andrea coordina un archivo de testimonios.

Lucía desapareció de lo público.

Pero cada tanto, envía un sobre.

Sin remitente.

Con pruebas.

Elías vive en una casa pequeña, lejos de la ciudad.

No da entrevistas.

No escribe memorias.

Solo cuida un jardín.

Y cada tanto, recibe cartas.

Algunas lo insultan.

Otras lo perdonan.

Una, solo decía:

“Gracias por no destruirlo todo.”

Nadie sabe quién la envió.

Pero él la guarda.

En la última página del libro, hay una nota manuscrita.

No está en todas las ediciones.

Solo en algunas.

Las que circularon antes de la censura.

Las que escaparon al control.

Dice:

“Si estás leyendo esto, es porque alguien decidió no callar.

Y ahora te toca a ti decidir qué haces con lo que sabes.”




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