Aquella mujer, grande, con el cabello ceniciento y encrespado, me miraba expectante.
—¿Tú también eres del club?
Yo me quedé extrañada con la pregunta.
—¿De qué club?
—Audrey Hepburn, Clara Garrido, yo...
¿Debía importarme? Agarré la compra y me dirigí a salir del local.
—¿Aún eres padawan?
Vale, esas referencias no tenían nada que ver entre ellas. ¿Las actrices y ese universo cinematográfico? Rara era quedarse corta.
¿Qué tenía yo que ver con Audrey Hepburn? Y ese dato, seguramente, me rondaría la cabeza durante todo el día.
Cuando crucé la calle, vi al chico que me gustaba hablar con su hermana mayor. Como tengo confianza con él, me acerqué.
—¿Mario, qué te ha traído por esta zona del barrio?
—¿Por esta zona, dices? ¡Vivo ahí!
—¿Compañera tuya, Mario? —Preguntó la chica al verme.
—Se llama Diana, y es compañera en audiovisuales, solamente.
La chica estiró el brazo y extendió la mano.
—Soy Irene, la hermana mayor de Mario.
—Encantada.
—¿Has comprado algo en la tienda de cómics? —Se interesó Mario.
—He encargado sobres de cartas coleccionables, que acaban de salir en Londres y en quince días las tenemos aquí. —Sonreí como una boba al creer que su interés por mis gustos era genuino.
Miró a su hermana y cuestionó lo que dije.
—¿Tú crees que Yaiza tendrá los mismos gustos?
—Es tu novia, ¿Por qué me preguntas a mí?
Aquella información me dolió tanto que me fui sin despedirme, aunque Irene se acercó a mí, como si leyera mi cara, y me detuvo.
—Mario es un encanto, tanto que ninguna chica le dice que no y sus novias no le duran más de un mes. Se te ve buena gente, búscate a otro.
Le di las gracias y me volví a mi camino, pero la señora de la tienda de cómics me gritó desde la puerta.
—¡Diana, se te olvida el regalo!
Me di la vuelta y la miré.
—¿Qué regalo? —dije.
—¡Irene, ven tú también!
—¿Yo? —Irene se señaló a sí misma.
Ambas entramos a la tienda junto a la tendera.
La mujer nos dió unos sobres con nuestros nombres; a nosotras y a cinco chicos y una chica más que había en el local, y que antes de que yo saliera no estaban.
En cada sobre había escrito nuestro nombre y nuestra fecha de nacimiento, todos tenían en común el día, aunque no el año: el cuatro de mayo.
—¡Qué coincidencia! —comentó la chica con el sobre de Sofía.
—¿Qué se supone que tenemos que hacer nosotros con los sobres, señora? —Cuestionó el chico que se llamaba Elías.
—¿Debemos abrir el sobre? —Mikel levantó la solapa, dispuesto a mirar en su interior.
—Parece el carnet de una secta. —Oriol miraba el sobre de Mikel con ironía.
—Me gusta creer que el día de nuestro nacimiento nos une por algún tipo de energía, y os entrego una pequeña tarjeta como detalle. —La mujer estaba muy enigmática, y aún no había dicho su nombre.
Irene le puso la mano en el hombro a Elías con demasiada confianza como para haberse conocido, pero miraba a la mujer cuando se lo preguntó.
—¿Y usted quién es?
—Me llamo Virginia, pero podéis llamarme Ginny —sonrió con amabilidad y confianza—, y prefiero que me tuteéis, si no os importa.
Pablo y Pedro, los chicos que eran casi idénticos, aún no habían abierto la boca.
—Ginny —llamé su atención—, ¿Solo nos has reunido por haber nacido el mismo día del año?
—¿Y te parece poco, Diana?
Miré a todos y cada uno. Éramos una mezcla bastante aleatoria. Tuve que ser sincera.
—Me parece una razón un poco vaga, la verdad.
Todos nos fuimos dispersando y tardamos en volver a la tienda. Me crucé un día con Sofía en el supermercado. Con Pedro y Pablo coincidí en la estación de tren, donde me dijeron que eran mellizos. A Irene y Elías les vi un día hablando en un banco del parque que hay detrás de mi casa. Y a Mikel y Oriol les vi en un bar con sus familiares animando al mismo equipo de fútbol.
Habían pasado dos meses desde aquel encuentro tan extraño cuando una chica asiática me paró por la calle.
—¿Tú eres de algún club? —Llevaba un sobre con Akane escrito y la fecha del cuatro de mayo.
—¿Ginny ha añadido un miembro más? —Pregunté sin pensarlo mucho.
—¡Gracias a los Yokai! —Akane se sentía aliviada—, creía que tendría que seguir buscando las miajas.
—Akane, ¿Verdad? —Intenté tranquilizarla—, ¿por qué me buscabas?
—Ginny se ha esfumado ante mis narices, fui a dar un giro y dejé de verla con estos ojitos que Dios me ha dado.
—¿Y qué quieres que haga yo?
Akane sacó su “Tarjeta Regalo” y leyó.
—El vínculo del nacimiento es irrompible. Solo quien posea mi nacimiento sabrá encontrarme.
No me lo podía creer y por eso saqué mi tarjeta del sobre, que guardaba en el monedero como un papel más.
—Si la unión hace la fuerza —leí mi tarjeta, que rezaba algo diferente—, es por la conexión que crea el día de nacimiento.
—¿No es lo mismo? —Akane se mostró extrañada.
—Da igual, Akane, no tenemos nada que hacer. —Me iba a ir, cuando, al mirarla, me dió pena. —Salvo ir a la policía.
—¿Pero nos van a hacer caso? —se mostraba un poco reticente—, ¿No deberíamos de ser más?
—Yo ya soy mayor de edad, creo que podré tener algo de credibilidad. —Le enseñé el 2007 en mi sobre.
Ella me enseñó su sobre con un enorme 2005 escrito con la letra de Ginny.
—Pues al final sí que va a haber un club del cuatro de mayo como quería Ginny, aunque sea para buscarla. —Miré a Akane— ¿Te los presento?
Editado: 04.01.2026