“Antes del equilibrio hubo hambre.
Antes de la justicia, deseo.
Antes de los dioses… comercio.”
Este códice no fue escrito para aprendices.
Fue grabado para advertir.
Cada símbolo es una deuda.
Cada página, una renuncia.
t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t t
Origen.
Fin.
Caos.
Paz.
Vida.
Muerte.
Luz.
Oscuridad.
El universo insiste en dividirlo todo en dos.
Como si cada palabra necesitara a su opuesta para justificar su existencia. Como si el equilibrio no fuera más que una conversación interminable entre conceptos que jamás podrán destruirse por completo.
Pero...
¿Quién decidió que esos eran sus nombres?
¿Quién fue el primero en mirar la luz y asegurar que aquello no era oscuridad?
¿Quién contempló el primer amanecer y afirmó, sin vacilar, que ese era un comienzo y no el último suspiro de algo más antiguo?
Quizá nunca hubo un origen.
Quizá llamamos origen al punto más lejano que nuestra memoria es capaz de alcanzar.
Y quizá el fin no sea más que un origen observado desde el lado contrario.
¿Cómo sabemos que la vida es realmente vida?
¿Cómo sabemos que la muerte no es simplemente una palabra creada por quienes temen seguir caminando hacia lo desconocido?
¿Acaso el caos existe por sí mismo... o solo es el nombre que damos al orden que todavía no comprendemos?
¿Y la paz? ¿Es un estado del alma... o el breve descanso entre dos guerras que aún no han comenzado?
Nos enseñaron que cada concepto posee un significado.
Nos enseñaron a repetirlos antes de comprenderlos.
A pronunciar luz sin preguntarnos qué vería la oscuridad al contemplarla.
A llamar bien a aquello que nos beneficia y mal a aquello que nos hiere.
Jamás nos enseñaron a dudar de las palabras.
Solo a heredarlas.
Tal vez la consciencia no sea la capacidad de pensar.
Tal vez sea la valentía de sospechar que todo aquello que creemos saber fue nombrado por alguien que tampoco conocía la respuesta.
Porque el conocimiento también hereda costumbres.
Y las costumbres, con el paso de los siglos, terminan disfrazándose de verdades.
Quizá no somos seres conscientes.
Quizá solo somos ecos.
Voces aprendiendo a repetir las preguntas de quienes existieron antes, creyendo que las respuestas también nos pertenecen.
Y tal vez el mayor engaño jamás concebido no fue hacernos creer una mentira...
Sino convencernos de que nunca era necesario formular una pregunta nueva.
Porque el día en que una pregunta deje de tener opuesto...
Ese día...
El equilibrio dejará de necesitar nombres.