“El alma no fue creada para ser moneda,
pero aprendió a serlo
cuando los mortales pidieron lo imposible.”
El primer trueque no ocurrió entre demonios ni dioses,
sino entre un ser que sabía esperar
y un mortal que no sabía perder.
Desde entonces, el deseo abrió la puerta
que la fe jamás pudo forzar.
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Antes del equilibrio, el universo no estaba roto:
estaba incompleto.
Los mortales no pedían salvación, pedían excepciones.
Querían vivir cuando tocaba morir,
amar cuando estaba prohibido,
permanecer cuando todo exige partir.
El primer comerciante no surgió de la oscuridad,
sino del silencio entre una súplica y la nada.
No ofreció poder.
Ofreció escucha.
Y en ese acto nació el intercambio:
cuando alguien entiende tu deseo mejor que tú mismo,
ya posee parte de tu alma.
“El trueque no comenzó como abuso,
sino como respuesta.”