Cuando uno finalmente alcanza la felicidad, atrae a todo tipo de personas. Es en esos momentos cuando más debemos aplicar lo aprendido en el pasado: cuidar el presente y decidir con sabiduría. A veces, aunque no veamos el peligro de inmediato, Dios permite que las personas se delaten solas o que, de la nada, pierdan el interés.
A Luz le pasó con dos muchachos en momentos distintos: uno de su trabajo de fin de semana y otro del local donde solía comer con su familia. Por mi parte, conocí a una chica en mi trabajo que en un principio pensé que podría ser una buena amistad, pero ella se evidenció sola. No me lo dijo a mí, sino a una amiga, quien fue escuchada por un amigo mío. Al verse delatada, no le quedó más remedio que confesar sus sentimientos.
En el caso de Luz, las cosas se aclararon por su propio peso. Al chico del trabajo lo invitó de buena onda a un panorama que ya tenía organizado con sus amigos de siempre; el muchacho aceptó, pero el día de la cita simplemente no llegó. La dejó plantada a ella y a todo el grupo. Luz, con el carácter que la define, le reclamó y decidió que no quería una amistad así. Con el segundo chico, el del restaurante, sí alcanzó a salir a lugares cerca de su casa. Parecía que lo pasaban bien, hasta que él, en un momento de confianza, le confesó que consumía marihuana.
A Luz le hizo ruido inmediato. No dijo nada en el momento, pero luego, por mensaje, fue clara: no volverían a salir. Él se sintió juzgado, y en realidad, así era. Nosotros tenemos una regla de oro: nos contamos todo. Yo le recordé mi consejo: "Aprende de tu pasado, mi amor; antes de salir con un desconocido, conócelo primero y que se gane tu confianza". Ella no lo asimiló al instante, pero al día siguiente, su mejor amiga le repitió lo mismo: era peligroso. Al hablar de nuevo con el chico, descubrió que incluso se había drogado justo antes de verla. Eso fue el cierre definitivo; no era alguien confiable. Por mi parte, yo cumplí lo que mi "bobita" me pidió: puse distancia con la chica del trabajo. Quería que ella supiera que cuido nuestra relación haciéndola sentir segura.
Sin embargo, no todo es perfecto. Tengo algo que confesar: lo único que me molesta de mi novia es que gasta demasiado tiempo tratando de defenderse. Luego ella me explicó la raíz de esto: en su infancia, los adultos no le creían lo que decía, y aprendió a defenderse de esa manera casi por instinto. Yo la entiendo bien, aunque mis heridas sanaron distinto. En mi infancia sufrí bullying, y aprendí que cuando los adultos no escuchan, hay que enfrentar a los agresores con firmeza —a veces de forma violenta— para ganarse el respeto. Son las secuelas de lo que vivimos, pero ahora las enfrentamos juntos.
Nuestra Biología de la Defensa: Por qué reaccionamos así.
Lo que Luz y yo descubrimos sobre nuestras infancias explica mucho de cómo protegemos nuestra paz hoy:
• El Trauma de la Invalidación (Luz): Cuando a un niño no se le cree, su cerebro desarrolla un estado de hipervigilancia. Defenderse constantemente es una respuesta del sistema nervioso para intentar recuperar la justicia que le fue negada de pequeña. Por eso ella siente la necesidad de explicarlo todo; es su "escudo" contra el rechazo.
• La Respuesta de Lucha (Yo): Mi experiencia con el bullying activó en mí la respuesta de "lucha" (fight). Aprendí que el respeto se ganaba marcando territorio. Hoy, esa fuerza la uso no para pelear, sino para ser el protector de nuestra relación y poner límites claros a quienes intentan acercarse con segundas intenciones.
• La Transparencia como Antídoto: Al contarnos todo sobre los chicos que se acercaban a ella o la chica de mi trabajo, eliminamos la posibilidad de que el enemigo use el secreto para dividirnos. La transparencia reduce la ansiedad y fortalece el apego seguro.
Reflexión de Coherencia.
Aprendí que la coherencia no solo es con Dios y conmigo mismo, sino también con el pasado de la persona que amo. Entender sus miedos y que ella entienda los míos nos hace invencibles. Dios nos quita a las personas que no suman, pero nosotros debemos ser lo suficientemente sabios para no abrirles la puerta cuando intentan volver disfrazados de "amistad".
Como dice Proverbios 27:17: "Hierro con hierro se aguza; y así el hombre aguza el rostro de su amigo".
Luz y yo nos estamos puliendo mutuamente, aprendiendo que nuestras cicatrices no son para avergonzarnos, sino para recordarnos que ya sobrevivimos a la tormenta y que ahora somos los guardianes de nuestra propia luz.