Querido lector, hemos llegado al final de este viaje, pero en realidad, tu camino apenas comienza. Recuerda que mi coherencia, tal como la he plasmado en estas páginas, nació en el momento exacto en que decidí volver al diseño que Dios tenía preparado para mi vida.
Hoy tengo versículos favoritos en la Biblia, algo que antes no existía para mí. Quizás tú, que lees esto, no creas en Dios, o peor aún, quizás sí crees pero te sientes tan vacío y traicionado como me sentí yo. Si es así, déjame recordarte algo vital: somos valiosos. Para las personas correctas, somos oro puro, y para Dios lo somos aún más.
Desde pequeño me enseñaron en la iglesia que Cristo vino a morir en la cruz por nosotros. Si te soy sincero, no lo entendía. Hace un año, en medio del dolor, tampoco lo entendía. Pero ahora todo tiene sentido, porque tiene coherencia. Dios mismo demostró con hechos lo que dijo con palabras. Cristo personificó el mandamiento de amar a Dios y al prójimo entregándose por nosotros. Ahí es donde el versículo de Juan 3:16 cobra vida: "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna".
Te invito a ser parte de este código. No es una filosofía estática, es un código en movimiento. Se trata de buscar la coherencia primero en tu interior para luego darla a otros. Es lo que yo vivo cada día con mi novia: yo trato de que ella no pierda la fe, y ella hace lo mismo por mí, rezando a su manera y sosteniéndome.
Si llegaste hasta aquí buscando la coherencia, espero que estas palabras te hayan servido de brújula. Y si ya la encontraste, te hago un llamado: consuela a otros como Dios te consoló a ti primero. No guardes este tesoro; conviértete en un faro para los que aún están perdidos en la tormenta.
Sé coherente. Sé luz. Mantente en movimiento.
Nota del Autor: Agradecimientos.
Gracias por acompañarme hasta la última página de este testimonio. Este libro no es solo tinta sobre papel; es mi voz recuperada. Quiero agradecer profundamente a mi familia y a mi novia por ser mi red de apoyo, a mis amigos de la comunidad de escritores que se volvieron hermanos, y sobre todo a Dios, por ser el autor de mi redención y por poner a Luz en mi camino para enseñarme que el amor sano sí existe.