El Código Secreto De Las Horas

PRÓLOGO: El poema en la pantalla

Existen miradas en las que uno no solo se reconoce, sino en las que decide perderse para siempre.

En la quietud de la sala de control de la autopista AP-46, con el destello azulado de los monitores reflejándose en sus ojos, Alex abrió el archivo compartido en la nube: «el doc». Sus dedos, acostumbrados al teclado frío de los servidores, comenzaron a redactar unos versos nacidos del insomnio y la devoción:

«Me perdí en el retrato de tu mirada,
la mirada perdida que siento al verte sonreír,
sonrisa dulce que enamora en la cual me pierdo al verla.
Incluso cuando sonríes eres hermosa también,
eres mi perdición, no puedo dejar de soñarte,
incluso te sueño en mi cabeza despierto, perdido en tu mirada.
Con el tiempo creí que te encontraría,
pero el tiempo te trajo hacia mi corazón,
del que late sin titilar al mirarte porque me he perdido en tu mirada…»

Al otro lado del tramo de carretera, en la cabina del peaje, Maribel apoyó la barbilla sobre la palma de su mano. Leyó la poesía en silencio mientras las luces de los tráileres iluminaban intermitentemente su rostro. Suspiró. Alex no solo era el técnico de mantenimiento que reparaba las cámaras en los postes; era el hombre que había reanimado en ella una ilusión que creía extinta.




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