Con el pasar de las semanas, las escapadas a la estación de autobuses de Málaga o los encuentros furtivos cerca de Vélez-Málaga se volvieron más intensos, pero también más complejos.
Maribel cargaba con una tristeza antigua. Tenía un lugar secreto —un rincón físico y mental al que solo ella acudía cuando la frustración la superaba— donde podía llorar a gusto sin que nadie la juzgara ni la compadeciera. Estaba acostumbrada a procesar sus dolores en soledad, por lo que recibir el abrazo cálido y sin reservas de Alex le resultaba tan extraño como reconfortante.
Una tarde, mientras esperaban la salida del autobús hacia Granada bajo una lluvia fina, Maribel miró a Alex a los ojos y le confesó una leyenda que había leído:
—«Dicen que los amantes en vidas pasadas fueron esposos y que se juraron volverse a encontrar en la otra vida… por lo que esa promesa puede llegar a afectar la vida que estás viviendo ahora».
Alex tomó su mano con fuerza, entrelazando sus dedos.
—«Si es así, mi vida, entonces no me equivoqué al buscarte», le susurró. «Tenerte a mi lado es como estar en una montaña rusa, con sus altos y bajos, pero estar contigo es la única aventura que me emociona cada día. Eres mi luz, mi tesoro y mi ilusión».