Aprovechando unos días libres consecutivos y fingiendo compromisos personales, Alex viajó a Granada para quedarse en la casa familiar de Maribel. Para él, cruzar el umbral de aquel hogar no solo significaba estar más cerca de ella, sino entrar en el corazón mismo de su mundo.
Allí, Alex conoció a las hermanas de Maribel y, muy especialmente, a su pequeña sobrina: la niña que era la luz de sus ojos, «el amorcito de su vida», a quien Maribel consentía con devoción absoluta. Ver a Maribel desenvolverse como tía, derrochando ternura, jugando y preparando el desayuno para la pequeña antes de mandarla al colegio, hizo que Alex se enamorara aún más profundamente de su alma noble y maternal.
—«Vio que mi sobrina es un amor, vida… por ella y por mi mami es que vengo a Granada», le susurró ella una tarde en la cocina mientras la familia reía en el salón.
—«Es encantadora, mi vida. Me encanta verte así, en tu casa, en tu ambiente… te ves más hermosa que nunca», le respondió él, rozándole la cintura con discreción.
Pero lo mejor venía al caer la noche. Cuando la casa quedaba en penumbra y el silencio de las calles granadinas envolvía la vivienda, la habitación de Maribel se transformaba en un altar sagrado para los dos.
En esas noches cálidas, Alex se escurría en su cama. El contraste entre la prudencia del día y la libertad de la noche hacía que el romanticismo floreciera a medianoche. Se abrazaban «de cucharita», sintiendo el calor de sus cuerpos y el murmullo de sus respiraciones acompasadas. Entre caricias suaves que erizaban la piel, besos pausados y susurros de amor al oído, las madrugadas se convertían en maratones de pasión a flor de piel.
Eran horas intensas en las que se entregaban por completo, saboreando cada segundo antes de que dieran las siete de la mañana y la casa volviera a despertar. Aquellas madrugadas en Granada grabaron a fuego en sus mentes la certeza de que estaban hechos el uno para el otro.