Alex leyó el mensaje en la soledad de la sala de servidores. Las palabras le quemaban los ojos, pero entendió cada línea. Respiró hondo, cerró los ojos para asimilar el dolor y le escribió de vuelta con una generosidad infinita:
«Entiendo tu dolor y tu postura, mi vida. Sé que solo estás herida y no destrozada, porque este amor nos marcó a los dos. El hecho de imaginar que no volveré a saber de ti es frustrante, pero también sé que la realidad que nos tocó vivir la elegimos en su momento.
Como quisiera ser yo el que amanezca todos los días a tu lado, pero el tiempo lo dictó así. Por lo pronto esperaré y veré qué pasa. No te sientas culpable. Me diste momentos inolvidables —como aquellos días en Granada, las risas con tu familia y nuestras noches en el hotel— que guardaré en mi corazón para siempre. Sé feliz, cuida a tu bebé y recuerda que, en algún lugar de esta autopista, siempre habrá alguien que se perdió en tu mirada y que te querrá para siempre».