Meses después, el contrato eventual de Maribel en la concesión de la autopista llegó a su fin. Tras rechazar la opción de continuar en puestos que la estresaban, decidió enfocar su energía en su hijo y en buscar empleos independientes que le permitieran estabilidad emocional.
Alex continuó su labor técnica, madurando y guardando aquel amor en el rincón más sagrado de su memoria. A veces, al subir a los postes de luz durante las madrugadas frías y mirar el horizonte hacia Málaga o Granada, recordaba los versos, los paseos bajo la Alhambra, las madrugadas cálidas en la habitación de Maribel y la dulzura de aquella mujer que le enseñó a amar sin medida.
No hubo rencores ni reproches. Solo quedó el eco eterno de dos almas que se encontraron en el momento equivocado, pero que supieron entregarse la felicidad más pura en los segundos contados de un reloj que nunca se detuvo.