El coleccionista de bragas

Capítulo 3: La mujer de la fotografía.

Alessia no durmió.

Pasó la noche sentada en el suelo del salón, con la espalda contra el sofá, la bufanda sobre las rodillas y el móvil boca abajo junto a la copa de vino que no llegó a probar. Vermeer se había acurrucado a su lado y ronroneaba con una calma insultante, como si el mundo no acabara de resquebrajarse.

A las cinco de la madrugada, cuando el cielo empezó a teñirse de gris, hizo lo único que sabía hacer ante un problema: lo examinó como si fuera un cuadro.

Encendió la lámpara de trabajo. Sacó la lupa y la luz ultravioleta del maletín. Imprimió la fotografía en el papel fotográfico que guardaba para documentar restauraciones, la amplió al máximo y la fijó con cinta sobre la mesa.

Primero, la mujer.

Cabello negro, largo, con una raya al medio. Pómulos altos. Una boca seria, de esas que parecen a punto de decir algo y se arrepienten. Tenía las manos rodeando una taza, y en el dedo anular izquierdo, casi invisible por el grano de la imagen, algo pequeño brillaba. No un anillo de compromiso. Algo más sencillo. Una alianza fina.

Segundo, el hombre del fondo.

Aunque estaba desenfocado, no había duda. Los hombros, la postura, la manera de quedarse quieto con las manos en los bolsillos, como si esperara una señal. Era Damián. Más joven. Sin canas en las sienes. Con la mirada fija en la mujer a través del cristal.

Alessia se obligó a respirar despacio.

Tercero, el entorno.

Y ahí, por fin, apareció algo. En el cristal del local, invertido, se leía parte de un rótulo pintado a mano: *…RÍA AURORA · LIBROS Y CAFÉ*. Debajo, en letras más pequeñas, un número: *14*.

Alessia se echó hacia atrás en la silla.

Conocía ese sitio.

No por el café. Por la librería. Era la de segunda mano que visitaba todos los sábados por la tarde, la de los estantes torcidos y el dueño que nunca preguntaba nada. Una tienda diminuta en la calle del Tinte, a diez minutos del taller.

Había pasado cientos de horas allí.

Y hacía ocho años, alguien había fotografiado a una mujer idéntica a ella justo delante de la misma puerta.

---

La librería abría a las diez.

Alessia llegó a las nueve y cuarenta con la fotografía doblada en el bolsillo del abrigo y una migraña que le latía como un segundo corazón. Se sentó en un banco frente al local, con un café de máquina entre las manos, y esperó.

A las diez menos cinco apareció don Hilario.

Era un hombre de setenta y tantos años, encorvado, con un chaleco de lana marrón y unas gafas de culo de botella que le agrandaban los ojos como a un búho benévolo. Abrió la persiana metálica con un chirrido, colgó el cartel de *ABIERTO* y encendió las luces sin mirar a nadie.

Alessia esperó cinco minutos más. Luego cruzó la calle.

—Buenos días, don Hilario.

—Alessia. —Él sonrió, mostrando una dentadura irregular—. Hoy es martes. Los sábados son los suyos.

—Lo sé. Necesito preguntarle algo.

Sacó la fotografía y la puso sobre el mostrador. Don Hilario se ajustó las gafas, inclinó la cabeza y se quedó mirándola un largo rato, sin moverse.

Cuando volvió a levantar los ojos, había perdido el color.

—¿Dónde ha conseguido esto?

—¿La conoce?

—Claro que la conozco. —Su voz se quebró—. Era Elena. Elena Sandoval.

El nombre cayó sobre Alessia como una losa. Lo había oído hacía apenas unas horas… No. No lo había oído. No podía haberlo oído. Nadie se lo había dicho. Pero algo en su memoria vibró, un eco lejano, un nombre dicho por una voz que no era la suya.

—¿Quién era?

Don Hilario se dejó caer sobre un taburete.

—Era una chica extraordinaria. Trabajaba aquí los sábados cuando estudiaba en la escuela de restauración. Con su mismo oficio, señorita. Con sus mismas manos. —Hizo un gesto vago hacia los dedos de Alessia—. Cuando usted entró aquí por primera vez, hace cinco años, yo pensé que era su hermana. O su fantasma. Casi se me para el corazón.

—¿Nunca me lo dijo?

—¿Y qué iba a decirle? ¿Que se parece usted a una muchacha desaparecida?

La palabra quedó suspendida en el aire polvoriento de la tienda.

—¿Desaparecida?

—Hace ocho años. —Don Hilario se quitó las gafas y se frotó los ojos con dos dedos temblorosos—. Se fue una noche de octubre y nunca volvió. La policía la buscó durante meses. Dijeron que se había marchado por su propia voluntad, que no había signos de violencia. Yo nunca lo creí. Elena no se habría ido sin despedirse. No sin avisarme.

—¿Tenía familia?

—Una madre enferma en el norte, que murió sin volver a verla. Y un novio.

Alessia sintió que el suelo se inclinaba.

—¿Un novio?

—Un hombre muy alto, muy educado, muy rico. Venía a recogerla todos los sábados con un coche negro. Al principio parecía un cuento de hadas. Ella estaba feliz, o eso creía yo. Después… —Se quedó callado.

—Después, ¿qué?

—Después dejó de sonreír.

Alessia apoyó las manos en el mostrador para no caerse.

—¿Recuerda su nombre?

—Nunca lo dijo. Ella lo llamaba solo «él». Pero yo lo vi varias veces, desde esa ventana. —Señaló la calle con una mano huesuda—. Se quedaba parado en la acera, mirando la puerta, sin entrar. Una hora, dos. A veces más. Como un centinela.

—¿Y la policía…?

—La policía lo interrogó. Estuvo diez minutos y salió con un abogado que parecía costar más que mi tienda. No hubo cargos. No hubo nada.

Don Hilario alzó la vista, y en sus ojos enormes, deformados por el cristal, Alessia vio algo que la asustó más que cualquier historia: compasión.

—Señorita, no sé por qué me pregunta por Elena ni qué relación tiene con ella. Pero si alguna vez se cruzó con ese hombre, aléjese. Se lo digo como si fuera mi propia nieta.

—Don Hilario. —Alessia tragó saliva—. Si lo viera otra vez… ¿lo reconocería?

El anciano cerró los ojos.

—Lo vi ayer en una revista, en el kiosco de la esquina —susurró—. Y toda la noche pensé que era imposible. Que tenía que estar equivocado. —Abrió los ojos, húmedos—. Se llama Varela, ¿verdad? Damián Varela.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.