Alessia corrió.
No lo pensó. Su cuerpo tomó la decisión antes que su miedo, y sus zapatos de suela fina golpearon el asfalto húmedo mientras cruzaba la calle en dirección al callejón donde la mujer había desaparecido. Detrás de ella, la puerta del taller quedó abierta, con las luces encendidas y el olor a disolvente escapando a la noche.
El callejón era estrecho, con contenedores oxidados y una fila de ventanas ciegas que la miraban como ojos cerrados. Al fondo, una figura de abrigo largo doblaba una esquina.
—¡Espera! —gritó—. ¡Elena!
La figura no se detuvo.
Alessia la siguió a través de un laberinto de pasajes que conocía a medias: el patio trasero de una panadería, un arco de piedra cubierto de hiedra, una escalera de hierro que bajaba hacia el río. La mujer iba siempre unos metros por delante, sin apresurarse, sin perderse, como quien conoce cada piedra de memoria y quiere que la sigan.
Eso fue lo que Alessia comprendió al cruzar el tercer callejón: no la estaba persiguiendo. La estaban guiando.
Aun así, no paró.
Terminaron frente a una puerta metálica pintada de verde, entre dos almacenes vacíos. La mujer se detuvo allí, de espaldas, con la mano sobre el picaporte. Las luces del río dibujaban su silueta contra la pared.
—Sabía que vendrías —dijo sin volverse. Su voz era baja, cálida, con un ligero acento del norte—. Tienes mi misma manera de correr. Como si el mundo te debiera algo.
Alessia se apoyó en las rodillas, con el pecho ardiendo.
—Tú no puedes ser Elena. Don Hilario dijo que desapareció hace ocho años.
—Desaparecer no es morir.
La mujer giró por fin.
Era mayor de lo que Alessia esperaba. Treinta y cuatro o treinta y cinco años, con hilos plateados en el cabello negro y arrugas finas alrededor de los ojos, como las de quien ha vivido demasiado tiempo alerta. Pero el rostro era inconfundible. Los pómulos, la boca seria, la forma de inclinar la cabeza. Era como mirarse en un espejo que envejecía una década.
—Dios mío —susurró Alessia.
—Es lo que pensé yo cuando te vi por primera vez. —Elena sonrió con tristeza—. Fue en marzo, en un semáforo. Iba en un taxi y te vi correr bajo la lluvia, riéndote con un paraguas roto. Pensé que estaba alucinando.
—¿Marzo?
—El mismo día que él.
Alessia sintió un escalofrío.
—¿Me estabas siguiendo?
—Te estaba vigilando. No es lo mismo. —Elena abrió la puerta verde con una llave pequeña y sostuvo la hoja—. Entra. Aquí no es seguro hablar.
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El local era un antiguo taller de enmarcado convertido en refugio. Había una cama plegable en un rincón, una hornilla eléctrica, estantes llenos de latas y una mesa de trabajo cubierta de papeles. Colgadas de las paredes, decenas de fotografías pequeñas, impresas en blanco y negro, mostraban siempre lo mismo: una calle, una ventana, una persona de espaldas.
Alessia se acercó a una. Era ella, saliendo del tranvía. Otra: ella comprando manzanas. Otra: ella leyendo en un banco frente al río.
—¿Y esto? —preguntó, con la voz seca.
—Lo mismo que tiene él. —Elena cerró la puerta con dos vueltas de llave—. Lo mismo que hacía yo por miedo. La diferencia es que yo lo hago para saber cuándo huir. Él, para saber cuándo aparecer.
—¿Por qué me mandaste la foto?
—No fui yo.
Alessia se giró bruscamente.
—Eso escribiste en la nota. Tu letra, tu voz, tu…
—Reconozco la letra. Es la mía. Pero yo no la escribí en esa foto, ni en esa nota, ni te llamé por teléfono. —Elena se sentó en el borde de la cama y se frotó las sienes—. Alguien copia mis gestos. Mi caligrafía. Hasta mi manera de hablar. Lleva meses haciéndolo.
—¿Quién?
—No lo sé.
—¿Y la mujer que me llamó? Clara.
Elena levantó la vista.
—Clara existió. La conocí en Lisboa hace nueve años, en un curso de conservación. Era generosa, algo torpe, con una risa que se oía desde la otra punta de la calle. Y sí, Alessia. Murió de verdad. —Se le apagó la voz—. Pero no se ahogó sola.
—¿Qué quieres decir?
—Que Damián no fue quien la empujó al agua, pero tampoco fue quien la sacó.
Alessia se dejó caer en la única silla libre.
—No entiendo nada.
—Nadie entiende nada al principio. —Elena abrió un cajón, sacó una carpeta vieja y la puso sobre la mesa—. Por eso te traje aquí. Porque tienes derecho a saber a quién estás dejando entrar en tu vida. Y porque, si no lo sabes, terminarás como el resto de nosotras.
—¿El resto de nosotras?
Elena señaló la carpeta con un gesto cansado.
—Ábrela.
Alessia obedeció.
Dentro había recortes de prensa amarillentos, fotocopias de documentos oficiales, fotografías de mujeres jóvenes. Reconoció a Clara: pelo rizado, sonrisa amplia, ojos brillantes. Luego a Vera: rasgos angulosos, mirada dura. Después a Sofía: labios gruesos, gesto altivo.
Y al fondo, una fotografía más pequeña, en color, de un niño de unos ocho años sentado en el escalón de una casa modesta, con un cachorro entre los brazos.
—¿Quién es este?
—Míralo bien.
Alessia lo hizo. Los ojos oscuros, la seriedad precoz, la manera de mirar a la cámara sin sonreír.
—Es Damián.
—Sí. Pero no se llama Varela.
Elena sacó otro papel de entre los recortes y lo deslizó sobre la mesa: una fotocopia de un certificado de matrimonio, con sello oficial de un juzgado municipal. Alessia leyó con ojos que no querían creer.
*Contrayente: Damián Ferrer Ochoa, de 33 años, empresario.*
*Contrayente: Elena Sandoval Ruiz, de 26 años, restauradora.*
*Testigos: Ignacio Ferrer Ochoa. Marta Lozano.*
Alessia levantó la vista despacio.
—Ferrer.
—Ferrer —repitió Elena—. El apellido de su padre biológico. Damián Varela es un nombre que se inventó a los veinte años, después de que su padre lo echara de casa. Un apellido de prestigio para construir una vida nueva.
—Ignacio Ferrer Ochoa. —Alessia sintió que la garganta se le cerraba—. El asistente de Damián se llama Ignacio Ferrer.