El coleccionista de bragas

Capítulo 5: La tercera testigo.

Nadie se movió.

La voz de mujer había dejado de sonar, pero seguía flotando en la casa como el olor de una vela recién apagada. Ignacio fue el primero en reaccionar. Se agachó junto a la chimenea, sacó de debajo de un mueble una pequeña caja metálica y la abrió con dedos torpes. Dentro había una pistola.

—No —dijo Elena en un susurro—. Ignacio, no.

—Es para defendernos.

—Es para que te maten a ti primero.

Alessia dio un paso hacia la ventana. El punto rojo no había vuelto a encenderse. Entre los cipreses solo se movía la niebla, lenta y blanca, y más allá el camino de tierra por el que habían llegado. Se preguntó cuánto tiempo llevaba la desconocida escuchándolos desde el jardín. Se preguntó si había oído el nombre de Marta.

—Si quisiera hacernos daño —dijo—, ya lo habría hecho.

—Eso no me tranquiliza —murmuró Ignacio.

—A mí tampoco. Pero es un dato.

Se acercó a la puerta principal. Le temblaban las manos, pero las obligó a girar el pomo. Ignacio susurró un «¡Alessia!» ahogado y levantó el arma sin saber a quién apuntar.

La puerta se abrió y el aire helado de la noche entró de golpe.

En el umbral, a tres metros de la casa, con las manos abiertas y visibles a los costados, esperaba una mujer.

Era menuda, de unos treinta y ocho años, con el cabello castaño recogido en un moño flojo y un abrigo gris de lana que le quedaba grande. Tenía los ojos muy claros, casi transparentes bajo la luz del porche, y una sonrisa pequeña, cansada, que no tenía nada de amenazante. Parecía una maestra jubilada que se hubiera equivocado de dirección.

—Buenas noches —dijo con una voz que Alessia no reconoció, una voz sencilla, suya—. Perdonad la entrada. Hace tanto que ensayo esto que se me ha ido la mano con el dramatismo.

Ignacio bajó el arma unos centímetros. Su rostro se había quedado sin color.

—Marta —susurró.

—Hola, Ignacio. Estás más viejo.

—Estás… —Tragó saliva—. Estabas muerta.

—Todos estamos muertos en algún papel. —Marta ladeó la cabeza—. Pero gracias por el detalle. Me han dicho que lloraste en mi funeral.

—¿Qué funeral?

—El que Damián organizó cuando desaparecí. —Se encogió de hombros—. Un hombre muy previsor, tu hermano. Enterró a todas las mujeres que le molestaron. Lástima que nunca supiera cuándo dejar de cavar.

Alessia dio un paso adelante.

—¿Fuiste tú quien me mandó la foto?

—Sí.

—¿Y quien me llamó haciéndose pasar por Clara?

—También. —Marta le sostuvo la mirada—. Pero no me hice pasar por ella para asustarte. Lo hice porque Clara habría querido que te avisara, y yo no soy tan buena como ella. Necesitaba prestarme su voz.

—Clara era tu hermana —dijo Elena, y no fue una pregunta.

Marta cerró los ojos un segundo.

—Media hermana. Nuestra madre se casó dos veces. Clara era la mayor, la valiente, la que salía en las fotos. Yo era la que se quedaba en casa cuidando gatos. —Abrió los ojos—. Por eso nadie me relacionó con ella. Distinto apellido, distinta ciudad, distinta vida. Perfecta para infiltrarme en la empresa de un hombre que había destruido a mi familia.

Un silencio helado cayó sobre el porche.

—Entra —dijo Alessia al fin—. Hace frío.

—Alessia —protestó Ignacio.

—Si nos va a matar, que sea sentada. —Se hizo a un lado—. Por favor.

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Marta se sentó junto al fuego con las manos extendidas hacia las llamas. Elena permanecía de pie, pegada a la pared, con los brazos cruzados. Ignacio no había soltado el arma, aunque la mantenía apuntando al suelo, y no apartaba la vista de la recién llegada.

—Empieza por lo que quieres —dijo Alessia.

—Quiero la verdad. —Marta habló despacio—. Lo mismo que vosotras, aunque cada una la buscáis por razones distintas. Yo la busco desde hace seis años. Desde la noche en que mi hermana apareció flotando en el puerto de Lisboa con la ropa rota y sin un solo zapato.

—Se ahogó —murmuró Elena—. Me lo dijeron.

—Eso dijeron. Un accidente. Una mujer que se emborrachó, resbaló en el muelle y cayó al agua. —Marta sonrió con una amargura extraña—. Clara no bebía. Ni una copa. Tenía una enfermedad del hígado que se lo impedía. Pero eso a la policía portuguesa no le importó. Un empresario español con un abogado muy caro tuvo mucho que ver en que el informe dijera lo que dijo.

—Yo no supe nada de eso —dijo Ignacio, con la voz áspera.

—Claro que no. —Marta lo miró con una compasión insoportable—. Tú solo estabas allí.

El aire de la sala cambió.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Alessia.

—Quiero decir que hay un hombre en esta habitación que sabe exactamente qué pasó aquella noche, y que lleva seis años fingiendo que no. —Marta se volvió hacia Ignacio—. Cuéntaselo, por favor. Ellas merecen oírlo de ti antes que de mí.

Ignacio no habló.

Durante casi un minuto el único sonido fue el crepitar de la leña. Alessia lo observaba. El hombre pulcro y controlado del ático había desaparecido. Quedaba alguien encogido, con los hombros hundidos, que miraba el arma como si no supiera cómo había llegado a sus manos.

—Yo no la empujé —dijo por fin.

—No dije que lo hicieras.

—Damián me mandó a Lisboa para traerla de vuelta. Clara había roto con él tres semanas antes, y él no lo aceptaba. Me dijo que solo quería hablar. Que se lo debía. —Se pasó una mano temblorosa por el rostro—. La encontré en un bar del puerto. Discutimos. Ella salió corriendo. La seguí hasta el muelle. Estaba oscuro, llovía. Cuando la alcancé ya estaba al borde.

—¿Y? —preguntó Elena, casi sin voz.

—Se giró, me miró, y resbaló. —Ignacio cerró los ojos—. Intenté agarrarla. Te juro por mi madre que lo intenté. Pero el muelle estaba mojado, y ella…

—¿Y después?

—Después llamé a mi hermano.

Nadie respiró.

—Damián llegó en un avión privado a las cuatro horas. Habló con la policía. Con el forense. Con el dueño del bar. Todo se cerró en tres días. —La voz se le quebró—. Y esa noche, mientras yo temblaba en una habitación de hotel, él entró con una caja pequeña de terciopelo y me dijo que había algo que tenía que guardar.




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