La oscuridad duró tres segundos.
Tres segundos en los que nadie respiró, en los que las brasas de la chimenea parecieron esconderse y solo quedó el resplandor blanco de los faros filtrándose por la ventana rota. Después, Ignacio maldijo en voz baja y empujó la mesa contra la puerta principal.
—Son cuatro coches —dijo, asomándose entre las cortinas—. Al menos ocho hombres. Vienen despacio, sin prisa.
—Porque saben que no tenemos salida —murmuró Marta.
—Siempre hay una salida. —Damián seguía sujetando la mano de Alessia, y ella comprendió que no la había soltado ni un segundo—. Ignacio, ¿el sótano?
—Da a un almacén de leña. Y detrás del almacén hay una puerta que lleva al camino del río.
—¿Cuánto hace que no la abres?
—Desde que compré la casa.
—Perfecto —dijo Damián con una media sonrisa terrible—. Eso significa que nadie más lo sabe.
Elena se había quedado inmóvil junto a Irene. Las dos mujeres se miraban en silencio, con el mismo rostro, con el mismo temblor en los labios. Fue Irene quien rompió el hechizo. Se puso de pie despacio, sacó el arma del bolsillo y la dejó sobre la mesa con un golpe seco.
—Yo me quedo —dijo.
—No digas tonterías —protestó Elena.
—Tú tienes una vida a la que volver. Yo solo tengo un apellido que me inventé. —Se encogió de hombros, con una sonrisa rota—. Y necesito un rato para pensar en qué momento dejé que una desconocida me enseñara a odiar.
—Irene…
—Me buscarán a mí. Me conocen. Saben que soy la que los ayudó a llegar hasta aquí, y creerán que aún estoy de su lado. —Cogió el arma otra vez, con una calma extraña—. Puedo ganaros diez minutos. Quizá quince.
—Te matarán.
—Quizá. —Se acercó a Elena y, con una torpeza infinita, le apretó la mano—. Pero por una vez, hermana, elegiré yo cómo.
Elena no supo qué decir. Se le llenaron los ojos de lágrimas y abrazó a aquella mujer que era su reflejo, un abrazo breve y desesperado, de esos que se dan cuando el tiempo se acaba y no se sabe si habrá otra ocasión.
—Ahora —susurró Ignacio.
Bajaron por una trampilla oculta bajo una alfombra, en fila, a oscuras. El sótano olía a tierra húmeda y a madera vieja. Alessia notó cómo los dedos de Damián se cerraban con más fuerza sobre los suyos cada vez que el suelo crujía. Detrás, oyeron pasos pesados sobre el porche y, después, una voz masculina y áspera que gritaba una orden.
—¡Entrad!
El estruendo de la puerta cediendo bajo un golpe. Un disparo. Luego otro.
Alessia se mordió el labio para no gritar.
—No mires atrás —murmuró Damián, muy cerca de su oído—. Por favor.
Cruzaron el almacén de leña a tientas. Ignacio forzó una puerta pequeña con el hombro, y el aire frío del exterior les golpeó la cara. Ante ellos, un sendero de barro descendía hacia el río entre juncos y sauces.
Corrieron.
Detrás, la casa se iluminó por completo. Alguien había encendido todas las luces. Se oyó una voz de mujer, clara y firme, que no era la de Irene y a la vez lo era:
—¡Aquí estoy! ¡Soy yo la que buscáis!
Alessia sintió un nudo en la garganta.
—Sigue —jadeó Elena a su lado, con la cara mojada—. No puedo… no puedo mirar.
Siguieron.
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El coche de Ignacio estaba escondido bajo unos sauces, al final del camino, donde lo había dejado antes de que llegara nadie. Subieron los cinco: Damián al volante, Ignacio a su lado, y detrás las tres mujeres apretadas, sin hablar. Marta llevaba la cabeza entre las manos. Elena miraba fijamente por la ventanilla trasera el resplandor de la casa que se alejaba.
—¿Adónde? —preguntó Damián.
—Al ático —respondió Alessia.
—Es lo primero que esperarán.
—Por eso mismo. —Se inclinó hacia delante—. Piénsalo. Han estado en tu casa. Han abierto tu sala. Han dejado una réplica en mi vitrina. Ahora mismo, Aurelio cree que estamos huyendo. Que buscamos un sitio donde escondernos. Nadie pensará que volveremos al lugar donde todo empezó.
Damián la miró por el retrovisor.
—¿Y si tiene hombres allí?
—Entonces sabremos que el retrato es importante.
Una sonrisa fugaz cruzó el rostro de él.
—Mi abuela tenía razón —murmuró—. Siempre decía que las mujeres de tu familia eran más peligrosas con un pincel que otros con una pistola.
—Tu abuela no la conocí.
—Pero yo sí —dijo Marta, sin levantar la cabeza—. Y te aseguro que Damián tiene razón.
Fue un trayecto largo, en silencio, con la ciudad emergiendo poco a poco de la niebla. Alessia se apoyó contra la ventanilla y cerró los ojos. Repasó en su mente cada recuerdo que había ido recuperando: la orilla, la lluvia, el abrigo rojo, la mano pequeña de un niño aferrando algo blanco. Una frase de su abuela, dicha a media voz mientras le trenzaba el pelo una tarde de verano: *Cuando algo importante debe quedar a salvo, cariño, se esconde debajo de la belleza.*
Entonces lo entendió.
—Damián —dijo—. ¿Ese retrato… tiene marco original?
—Es lo único que conservo idéntico. ¿Por qué?
—Porque no me interesa el cuadro. Me interesa lo que hay entre el lienzo y el bastidor.
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El ático estaba a oscuras.
Subieron por el ascensor de servicio, sin encender luces, Ignacio con la pistola de nuevo en la mano y Damián abriendo paso. Al salir al pasillo principal, el silencio les cayó encima como una losa. Todo parecía intacto: la mesa de cristal, el ventanal, el Sorolla junto a la chimenea. Solo el aire era distinto, más pesado, como si alguien acabara de salir de la habitación.
—¿Hay alguien? —susurró Elena.
—No lo creo. —Damián se detuvo en seco—. Pero alguien ha estado.
Sobre la mesa de cristal había dos tazas de café, todavía tibias, y una cafetera de plata que él jamás usaba.
—Quien se sienta en mi casa, se cree dueño —murmuró.
Alessia avanzó por el pasillo del fondo. En la pared, entre dos lámparas de bronce, colgaba un óleo de tamaño mediano, con un marco de madera oscura y cuidados relieves dorados. Mostraba a una mujer joven sentada junto a una ventana, de perfil, con un vestido de flores y una expresión serena, casi dolida. Tenía el cabello oscuro recogido con un lazo, las manos apoyadas en el regazo, y en el dedo anular, un anillo pequeño.