El humo llegó primero como un olor.
Dulce, químico, con un fondo agrio que a Alessia le raspó la garganta antes de que sus ojos entendieran lo que veían. Después llegó el calor, una ola seca que recorrió el pasillo del ático y removió las cortinas de terciopelo como si alguien respirara detrás de ellas. Al final del corredor, la puerta de la sala de las vitrinas era un rectángulo naranja.
—Fuera —ordenó Ignacio, tirando de Marta—. Todos fuera. Ahora.
—Las alarmas no suenan —dijo Elena, mirando el techo.
—Las cortó él. —Damián se había puesto de pie, con la mano ensangrentada apretada contra el pecho y los ojos clavados en las llamas—. Lo tenía todo previsto desde antes de entrar.
—Damián. —Alessia le agarró el brazo—. Vámonos.
Él no se movió.
—Ahí dentro hay más que ropa —murmuró—. Están los papeles de Clara. Los pagos al forense de Lisboa. El certificado de Elena, las cuentas del ataúd vacío. Mi padre no quema una colección. Quema el único archivo que lo señala a él y a mí.
—Y a ti —dijo Elena, con una serenidad extraña—. Ese archivo también te condena.
—Lo sé.
—Entonces, déjalo arder.
Damián giró hacia ella. Alessia esperó una discusión, un arrebato, esa vieja necesidad de aferrarse a lo que se le escapaba. Pero lo que vio en su rostro fue otra cosa: una fatiga inmensa, casi un alivio.
—Tienes razón —dijo—. Que arda.
—No —intervino Marta, con la voz quebrada—. Si arde todo, Aurelio se lleva la mitad de la verdad. Necesitamos algo que sobreviva.
Las cuatro miradas se posaron en ella.
—El retrato —dijo Alessia de pronto.
—Ya lo abrimos —respondió Ignacio.
—Abrimos la parte de atrás. Pero mi abuela dijo que la prueba estaba en la llave, y la llave lleva a Ginebra, donde nadie puede llegar antes de que amanezca. —Se giró hacia Damián—. Tu madre escondía cosas bajo lo que pintaba. ¿Dónde más lo hacía?
Damián cerró los ojos. Le temblaron los párpados.
—Mi cuarto —susurró—. El de la puerta pequeña. La que Aurelio no ha podido abrir.
—¿Cómo sabes que no la abrió?
—Porque el humo sale del fondo de la sala, pero la puerta pequeña está en la pared del fondo, justo detrás. Si hubiera entrado ahí, la habría dejado abierta. —Abrió los ojos—. Y yo la cerré con llave hace seis años.
Alessia sacó de su guante la llave de bronce y la de cinta roja, y las miró juntas en la palma.
—La de Elena abre esa puerta.
—Sí.
—Y la de bronce abre la caja de Ginebra. Pero ¿y si no es una caja? ¿Y si «Banco Helvético» es una pista, no un destino?
—Alessia, no tenemos tiempo —dijo Ignacio.
—Dame dos minutos.
—Te dejo uno —respondió Damián—. Y voy contigo.
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Entrar en la sala de las vitrinas fue como cruzar la boca de un horno.
El aire ardía. Las vitrinas de cristal, tan pulcras y silenciosas una hora antes, reventaban una tras otra con chasquidos secos, y los pequeños objetos de encaje, seda y algodón se retorcían en las llamas como pájaros diminutos. Alessia se cubrió la boca con la manga. Los ojos le lloraban tanto que apenas distinguía la pared del fondo.
Vio los nombres pasar entre el humo, las etiquetas escritas a mano, ennegrecidas antes de que pudiera leerlas. Clara. Vera. Sofía. Un rótulo de plata que se dobló sobre sí mismo como un papel. Elena, que se llamaba todavía así en el cristal, sin fecha.
—Por aquí —gritó Damián, tirando de ella.
La puerta pequeña estaba intacta.
Era una hoja de madera clara, sin adornos, pegada a la pared como si quisiera pasar desapercibida. Alessia metió la llave de cinta roja. La cerradura giró con un clic suave, casi inocente. Damián empujó con el hombro y los dos cayeron dentro.
El cuarto de la niñez seguía como lo habían visto: la cama estrecha con la colcha desteñida, los juguetes de latón, el espejo empañado. Pero el humo ya se colaba por debajo de la puerta, en hilos grises que trepaban por las paredes.
Alessia recorrió con la mirada las fotografías clavadas con chinchetas. La madre de Damián, joven, sonriendo. La madre de Damián, junto a su abuela, riendo en el taller. Los dos niños, ya crecidos, en una foto escolar.
—Cuánto pintaba tu madre —murmuró—. ¿Dónde tenía su taller?
—En la buhardilla de la casa vieja. Aurelio la derribó hace años.
—¿Y los cuadros?
—Los quemó. Todos.
—Todos no. —Alessia dio un paso hacia la estantería de los juguetes—. Amelia dijo que Lucía lo pintó en un cuadro que nadie debía ver. Y que lo escondió bajo otro. El retrato del pasillo era el otro. Entonces el primero está…
Se detuvo.
Sobre la estantería, entre soldados de plomo y un caballo de latón, había un pequeño bastidor cuadrado, apenas del tamaño de un libro de bolsillo, apoyado de cara a la pared. Alessia lo giró con dedos torpes.
Era un paisaje. Un río, unos sauces, un cielo de un gris plomizo, pintado con pinceladas rápidas y nerviosas. Al fondo, en la orilla, se distinguían tres figuras diminutas: una mujer en el agua, un hombre en la orilla y, en un rincón, casi escondidos entre los juncos, dos niños.
—Esto no puede ser —susurró Damián.
—Es la noche del río.
—Ella murió esa noche. No pudo pintarlo después.
—No lo pintó después. —Alessia dio la vuelta al bastidor y pasó el pulgar por el borde—. Lo pintó antes. Lo pintó como quien anuncia lo que va a pasar.
Le temblaron las manos. Tiró de un pequeño saliente de la tela, un hilo suelto, y comprobó que el bastidor tenía doble fondo. Con la uña forzó una lengüeta de madera. Se oyó un crujido seco, y del interior cayó a su palma una tarjeta de plástico negro con una banda magnética y un número grabado.
*419.*
—No es una caja —dijo, casi sin voz—. Es una llave de acceso. Ginebra no está allí, Damián. Está aquí.
—¿Qué abre?
—No lo sé. Pero tu madre sabía que el único lugar donde Aurelio nunca miraría era en el cuarto de su hijo.