Alessia recogió el sobre del suelo con dos dedos, como si pudiera morder.
Nadie en la sala dijo nada. Lucía seguía con la mano sobre el pecho, Marina miraba la puerta con una sonrisa vaga y Damián había dado un paso hacia ella, pero se detuvo a medio camino. Alessia lo notó. Últimamente se detenía siempre a tiempo, y eso todavía la desconcertaba.
—No lo abras aquí —dijo él.
—Lo voy a abrir aquí.
—Alessia…
—Es mi nombre el que está escrito. —Levantó la mirada—. Y estoy cansada de que las verdades me lleguen de rebote.
Rompió el papel crema con la uña. Dentro había una fotografía y un trozo de cartulina doblado.
La fotografía era reciente, tomada con flash, y mostraba una vitrina de cristal sobre terciopelo negro. Reconoció el rincón, el marco de plata, el foco cálido. La vitrina grande, la del final, la que Damián había mantenido vacía. Solo que ya no lo estaba. Sobre el terciopelo descansaba una prenda pequeña de encaje color marfil, y debajo, escrita a mano con una letra pulcra que no era la de Damián, una etiqueta:
*Alessia Montenegro. 17 de abril. Calle del Tinte, tendedero del cuarto piso.*
Se le heló la nuca.
Abril. Una tarde de viento en la que había colgado la colada en el balcón y, al recogerla, había echado en falta una sola pieza. Se lo había atribuido al aire. Había buscado en el patio, había preguntado a la vecina, y al final se había reído de sí misma por dedicar diez minutos a una prenda de tres euros.
Desdobló la cartulina. Cuatro palabras, en la misma letra pulcra.
*Pregúntale por la primera.*
Alessia levantó la vista despacio. Damián había leído la foto por encima de su hombro. Estaba muy pálido, y no intentó fingir sorpresa.
—Es la que falta en mi ático —dijo—. La que no puse yo.
—Pero es la mía.
—Sí.
—¿La cogiste tú?
—No.
—¿Sabías que la tenían?
Él tardó un segundo demasiado largo.
—Lo supe hace tres días. Cuando entré en la sala y vi la vitrina llena. Al principio pensé que era una réplica. Después comprendí que no.
—Y no me lo dijiste.
—No supe cómo.
Alessia dobló la fotografía con un cuidado exagerado, como quien dobla un mantel después de una discusión, y la guardó en el bolsillo.
—Lucía, Marina —dijo con voz clara—. ¿Nos disculpan un momento?
—Claro, cariño —respondió Lucía, y en sus ojos oscuros había una comprensión antigua, de mujer que ha dejado a otras conversaciones enteras a puertas cerradas—. Ve.
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El jardín de los castaños olía a hojas mojadas.
Caminaron un buen rato sin hablar, por un sendero de grava que rodeaba el edificio. El cielo se había cubierto de un gris blando y una llovizna fina les cubría los hombros. Alessia se detuvo junto a un banco de piedra cubierto de musgo y se quedó de pie, con los brazos cruzados.
—Cuéntame la colección —dijo—. Desde el principio. Sin metáforas.
—Ya te la he contado.
—Me has contado el río, tu padre y las mentiras. Me has dicho que empezó con una prenda que te dio una mujer que se ahogaba. Y me lo creo. Pero entre esa noche y las cuatro vitrinas hay treinta años, y yo quiero saber qué pasó en medio.
Damián se pasó la mano por la barba. Miró un punto lejano, entre los árboles.
—Lo guardé escondido hasta los quince años —empezó—. Hablaba con ella de noche. Ya te lo he dicho. Después, a los diecinueve, me echaron de casa y perdí hasta eso, porque se quedó en el colchón. Durante años no tuve nada. Trabajé, monté una empresa, dormí en oficinas. —Sonrió sin alegría—. Y una noche, en Lisboa, con veintitrés años, me acosté con una chica llamada Clara.
Alessia no se movió.
—Nada más. Una noche larga, una mañana tranquila. Cuando se fue, encontré bajo la cama un pequeño trozo de encaje que se le había quedado. Lo sostuve en la mano y sentí lo que llevaba años sin sentir. Como si por fin tuviera algo mío. Algo que me confirmaba que había ocurrido. Que alguien había estado.
—Y lo guardaste.
—Y lo guardé.
—Sin pedírselo.
—Sin pedírselo. —No la miró—. Ahí está el primer error. Ni siquiera me lo planteé. Me dije que era un recuerdo, no un robo. Que si ella volvía, se lo devolvería. Nunca volvió. Y después vino Vera, y Sofía, y con cada una repetí lo mismo. Una noche, una prenda, una etiqueta. Un nombre, una fecha, un lugar.
—Como un inventario.
—Como un inventario de la gente que había pasado por mi vida sin quedarse. —Su voz era plana, casi clínica—. Porque en el fondo era eso. Yo no quería poseerlas. Quería tener la prueba de que alguna vez alguien me había querido lo suficiente para pasar una noche entera a mi lado.
Alessia respiró hondo.
—Eso no es una razón, Damián. Es una explicación.
—Lo sé.
—Ellas no lo sabían. Dime la verdad: ¿alguna llegó a saberlo?
—Clara. Lo descubrió a los siete meses. Se dio cuenta de que faltaba algo suyo y entró en la sala. —Cerró los ojos—. Discutimos. Ella rompió conmigo. Dos semanas después, apareció en el muelle de Lisboa.
—Y Elena.
—Elena lo supo el primer año. Y aun así se casó conmigo. —Negó despacio—. Eso todavía no lo entiendo.
Alessia se giró hacia el jardín. La llovizna le resbalaba por las mejillas y no habría sabido decir si era lluvia o lágrimas. Pensó en la cena, en la pasta con trufa, en la risa que le había salido sin decidirlo. Pensó en la puerta de madera oscura y en la mano de Damián cerrándose en un puño.
—Dijiste que Alessia no fue la primera —murmuró—. En la sinopsis que tú mismo me escribiste, si es que puedo llamarla así. Que yo no era la primera obsesión y que podía ser la última.
—Nunca escribí ninguna sinopsis.
—No importa. Era una manera de hablar. —Se giró—. Lo que quiero saber es esto. Yo no me acosté contigo. Ni siquiera nos habíamos besado cuando alguien puso mi ropa en esa vitrina. ¿Qué habría pasado si no hubiera existido esa noche que ni siquiera ha ocurrido?