El coleccionista de bragas

Capítulo 9: El botón.

Damián cruzó los tres metros que lo separaban de Marta en menos de un latido.

No la golpeó. No intentó desarmarla. Hizo lo único que su instinto le dictó: le agarró la muñeca derecha con las dos manos y apretó, cerrando sus dedos sobre los de ella, aplastando el mando negro entre las palmas de los dos.

Marta gritó. No de dolor, sino de sorpresa, con un chillido agudo que rebotó en la chimenea.

—¡Suéltame!

—No.

—¡Si lo suelto, explota!

—Lo sé. —Damián tenía el rostro a diez centímetros del suyo y la voz sorprendentemente calma—. Por eso no vas a soltarlo. Ni yo tampoco.

Marta abrió los ojos, y por un segundo Alessia vio el momento exacto en que comprendió su error. Aquel mando no era un detonador común. Era un interruptor de seguridad, de los que se activan cuando se deja de presionar. Ella lo había diseñado así para que, si la mataban, el edificio ardiera con todos dentro. Y ahora Damián, con sus manos sobre las suyas, lo mantenía apretado con la misma fuerza que ella.

Los dos estaban atados al mismo botón.

—Ignacio —dijo Damián, sin apartar la vista de Marta—. Saca a Irene.

—No pienso…

—Ahora.

Ignacio dudó. Después guardó el arma, corrió hacia la silla y cortó la cinta plateada con una navaja pequeña. Irene cayó hacia delante, y él la sostuvo por los hombros.

—Puedo caminar —murmuró ella, tambaleándose.

—Yo te llevo.

—Alessia —dijo Damián.

Alessia se giró hacia él. Tenía la garganta tan seca que la voz no le salió a la primera.

—No.

—Baja con ellos.

—No voy a dejarte solo con ella.

—No me vas a dejar. Me vas a salvar la vida si te alejas.

—Eso no es verdad.

—Alessia. —Por fin la miró. Tenía los ojos rojos, la mandíbula rígida y algo suave en el fondo de la mirada, algo que ella nunca le había visto sin el disfraz de la obsesión—. Te lo pido por favor. Una vez. Solo una vez en la vida, déjame elegir yo lo que te doy.

—¿Y qué me das?

—Que sigas viva.

El viento agitó el abrigo gris de Marta, que seguía atrapada entre los dos con la muñeca inmovilizada. Las sirenas se acercaban, cada vez más fuertes, pero el rumor de la calle no llegaba a la azotea. Solo se oía el crujido de los tacones de Ignacio sobre el cemento y el sollozo apagado de Irene.

—No —repitió Alessia—. Me quedo.

Damián cerró los ojos un instante.

—Eres imposible.

—Me lo han dicho.

Una risa quebrada se le escapó, contra su voluntad.

Marta aprovechó ese instante de debilidad. Intentó retorcer la muñeca, pero Damián la sujetó con una firmeza casi tierna.

—No te muevas —le dijo—. Estás temblando.

—Eres un hipócrita.

—Puede ser.

—Me quitas a mi madre, y ahora vienes a consolarme.

—Yo no te quité a tu madre. —Su voz sonó grave—. Mi padre lo hizo, y lo pagará. Pero yo también llevo treinta años pagando por algo que no elegí.

—Mentira.

—No lo es.

Marta apretó los dientes. Le brillaban los ojos de rabia y de otra cosa, algo más frágil que Alessia empezaba a reconocer.

Dio un paso hacia ellos. Sin tocarla, sin subir la voz.

—Marta —dijo—. ¿Puedo enseñarte algo?

—No quiero ver nada.

—Es de mi abuela. Estaba en la caja de Zúrich. No lo he abierto delante de nadie porque creí que no era importante. —Con una mano temblorosa, sacó del bolsillo del abrigo un papel doblado por la mitad—. Pero esta noche, en la comisaría, mientras todos llorabais, lo leí. Y ahora creo que es lo único que importa.

—¿Qué es?

—Una carta de tu madre.

Marta dejó de respirar.

Alessia desdobló el papel con cuidado. Era una hoja amarillenta, escrita a mano, con una caligrafía redonda y afectuosa. La había encontrado pegada al dorso de la fotografía de las tres mujeres, en un lugar donde el ojo desatento nunca miraría: tras el cartón de soporte.

—Hija mía—leyó, con voz suave—. Si tienes esto entre las manos es que Amelia te lo ha entregado. Perdóname por no haberte contado la verdad. Cuando eras pequeña me preguntabas por qué tu madre trabajaba tanto y jugaba tan poco. Te decía que era por dinero. Mentía. Trabajaba para que el mundo fuera un poco mejor cuando tú lo heredaras.

Marta cerró los ojos con fuerza. Una lágrima le resbaló hasta la barbilla.

—Lucía y Amelia son las mujeres más valientes que he conocido. Han decidido enfrentarse a un hombre que puede destruirnos, y yo he decidido acompañarlas. No por odio. Por amor. Porque el amor, hija, es lo único que no se puede falsificar.

—Basta —susurró Marta.

—Si me pasa algo, no busques venganza. Te lo suplico. La venganza es una forma de quedarse en la puerta de la casa de quien nos hizo daño. Vive lejos de él. Vive de una manera que él jamás pueda tocar.

Alessia hizo una pausa. La voz se le quebraba a cada palabra.

—Y si algún día encuentras a los hijos de Lucía, cuídalos. Son dos niños que van a crecer entre monstruos. Necesitarán a alguien que les enseñe otra cosa.

Se hizo un silencio total.

Marta había dejado de resistirse. Tenía la cabeza baja, los hombros hundidos, y los dedos, aprisionados bajo los de Damián, habían dejado de temblar de furia para temblar de otro modo. Una gota le cayó sobre el cemento.

—Ella no… —Se le quebró la voz—. Ella no me dijo eso.

—No pudo. Murió antes.

—Yo… —Se llevó la mano libre a la boca—. Yo llevo treinta años planeando cómo destruir a su hijo. Y ella me pidió que lo cuidara.

—Nadie te culpa —dijo Damián con una dulzura inesperada—. Yo hice lo mismo con mis propios monstruos. Me aferré tanto a lo que había perdido que acabé convirtiéndome en lo que me lo quitó.

Marta levantó la vista. Sus ojos claros, transparentes, estaban llenos de una desolación tan pura que a Alessia se le encogió el pecho.

—¿Y ahora qué hago?

—Suelta el botón.

—Si lo suelto…

—No pasará nada. —Damián sonrió con tristeza—. Porque yo no lo voy a soltar hasta que llegue alguien que sepa desactivarlo.




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