El coleccionista de bragas

Capítulo 12: La última sesión.

Alessia no gritó.

Lo pensó después, muchas veces: que debería haber gritado, que cualquier mujer en su lugar lo habría hecho, con una carpeta abierta entre las manos y un desconocido de bata blanca bloqueando la única salida. Pero el grito se le quedó atascado en algún punto entre el estómago y la garganta, y lo que salió fue una calma helada, casi profesional, la misma con la que examinaba un lienzo sospechoso.

—Usted es Emilio Rendón —dijo.

—Doctor Rendón, si no le molesta. Tantos años de estudio dejan cierto cariño por el título. —Sonrió con una amabilidad que le arrugó las comisuras de los ojos—. Y usted es Alessia Montenegro, la niña del abrigo rojo. Qué alegría verla tan crecida.

A su espalda, Dolores dejó escapar un sonido ahogado.

—Doctor —susurró—. Usted trabajaba para el señor Aurelio. Usted me contrató.

—Te contraté yo, querida Dolores, y con muy buen criterio. —Rendón no apartó los ojos de Alessia—. Eres la única persona en treinta años que ha cerrado esta puerta cada noche sin hacer una sola pregunta. Te lo agradezco de corazón.

—Yo no sabía…

—Precisamente por eso.

Alessia cerró la carpeta con lentitud. La sostuvo contra el pecho, como un escudo de cartón.

—Dice que la colección era suya.

—Dice usted mal. —Ladeó la cabeza con gesto docente—. La colección es de Damián. Yo solo fui su tutor. Aurelio me pagaba para que el niño no hablara, y yo, que soy un hombre práctico, encontré la manera más elegante de conseguirlo: dar a un huérfano de madre algo a lo que aferrarse. Un ritual. Un objeto. Una disciplina. Los niños necesitan reglas, señorita Montenegro, y las obsesiones son reglas muy resistentes.

—Usted le enseñó a guardar ropa interior de mujeres.

—Le enseñé a convertir su dolor en un método. —Su voz sonó casi ofendida—. Una prenda, una etiqueta, un nombre, una fecha. Orden. Sin ese orden, ese niño habría acabado como su padre, con las manos manchadas. Con mi tratamiento, se convirtió en un hombre brillante, generoso y absolutamente incapaz de hacer daño a nadie a propósito.

—Clara murió.

—Clara resbaló. —Sonrió con tristeza—. Eso lo hizo su padre, y yo se lo advertí. Le dije: «Aurelio, no interfieras». No me hizo caso. Los hombres como él nunca hacen caso.

Alessia sintió una náusea lenta, densa, que le subía desde el fondo del cuerpo.

—Y a mí me eligió como cierre.

—Yo no la elegí. —Rendón levantó las manos, ofendido—. La eligió él. Yo solo anoté lo que ocurría. Un niño ve por segunda vez a la niña que presenció lo peor de su vida. Cualquiera habría escrito lo mismo. Reaparición del testigo, fijación afectiva, transferencia del patrón de apego. Es un caso de manual.

—Es un caso de manual porque usted lo escribió.

—Es un caso de manual porque es verdad. —Dio un paso hacia el escritorio, y Alessia retrocedió otro—. ¿Sabe cuántas mujeres han pasado por la vida de Damián en veinte años? Cuatro. Cuatro en veinte años, señorita Montenegro. Un hombre rico, atractivo, inteligente. Y solo cuatro. Porque cada una tenía que parecerse un poco a la niña del río. Un gesto. Una mirada. Un modo de reírse bajo la lluvia. Todo lo que buscaba estaba en usted, y no lo sabía.

—Cállese.

—Y ahora que ha aparecido —continuó él, sin alterarse—, la colección se detendrá. Ya no habrá más vitrinas ni más noches. Porque usted es la respuesta. Yo lo diseñé así. Le doy mi palabra de científico de que ese hombre la amará hasta su último día.

Alessia lo miró. Miró la bata impecable, las gafas de montura fina, la sonrisa de padre orgulloso. Y comprendió que lo peor no era que aquel hombre estuviera loco. Lo peor era que creía, con absoluta sinceridad, que le estaba haciendo un regalo.

—Lo diseñó usted —repitió despacio.

—Con mucho cariño.

—Entonces dígame algo, doctor. Si ese amor lo puso usted ahí… —Bajó la voz—. ¿Cómo sabe que soy yo la que él quiere, y no el manual que le dio?

Por primera vez, algo se movió en el rostro de Rendón. Fue un parpadeo, una grieta minúscula en la porcelana.

—Eso no es científicamente relevante.

—Para mí sí.

—Para usted es una pregunta romántica. —Recuperó la sonrisa—. Pero yo trabajo con datos. Y los datos dicen que…

—Los datos dicen que hace cinco meses usted escribió «cierre estimado antes de fin de año». Y que hace tres días Damián se quedó cuarenta minutos sujetando un detonador para que yo pudiera bajar por una escalera.

Silencio.

—Eso no estaba en el pronóstico, ¿verdad? —insistió Alessia.

Rendón abrió la boca. La cerró.

—Un dato aislado.

—Dos —dijo una voz desde el pasillo.

---

Damián estaba en el umbral, descalzo, con una camisa a medio abrochar y el brazo vendado colgándole del cabestrillo improvisado. Tenía el pelo revuelto de haber dormido y los ojos de haberse despertado de golpe. Detrás de él, con el rostro descompuesto, asomaba Lucía, apoyada en el bastón.

No había en su expresión ni rabia ni sorpresa. Había algo más difícil de sostener: reconocimiento.

—Doctor Rendón —dijo, con una voz que Alessia apenas reconoció—. Usted olía a tabaco de pipa. Yo tenía diez años y usted olía a tabaco de pipa y a menta.

—Damián. —El doctor abrió los brazos, con una alegría casi conmovedora—. Mi querido muchacho. Mírate. Qué hombre tan magnífico.

—No se acerque.

—Sigo siendo el mismo que…

—Sé perfectamente quién es. —Damián dio un paso adentro y la habitación entera pareció encogerse—. Lo recuerdo desde que entré aquí. Estaba en el pasillo, mirando las paredes, y de pronto todo me volvió. La silla azul. El osito de peluche que usted dejaba en la esquina del escritorio. El cuaderno donde escribía mientras yo hablaba. Me decía que era un juego. Que si le contaba mis secretos, mamá volvería.

—Yo nunca prometí eso.

—Sí lo prometió. —Su voz no tembló—. Mi madre lleva treinta años en una habitación a diez metros de mi antiguo escritorio, y usted lo sabía. Cada semana me sentaba frente a esa mesa y me decía que aguantara, que si guardaba bien mis cosas, ella volvería. Y cada semana yo guardaba algo más.




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