Alessia no tocó la prenda.
Se quedó mirándola desde el umbral, con los pies descalzos sobre la alfombra fría y el corazón golpeándole las costillas. Lo que más la desconcertó fue reconocerla. No era una réplica hecha por encargo, como la de la vitrina del ático. Era suya. La había llevado puesta la noche anterior y la había dejado sobre la silla, junto a la ventana, sin pensar en ella.
Alguien había entrado en la habitación mientras dormían.
—Que nadie la toque —dijo Damián. Se había puesto la chaqueta a medias y su voz salió baja, dura, con un temblor debajo—. Y que nadie se mueva.
—Damián…
—Se ha ido hace un minuto. Está en este pasillo.
Antes de que ella pudiera detenerlo, echó a correr hacia el fondo. Alessia se calzó los zapatos con dos tirones, agarró el móvil y lo siguió. Detrás, en el ala este, una puerta se abrió y se cerró con un golpe. Se oyó el eco de unos pasos ligeros bajando una escalera de servicio.
—¡Por aquí! —gritó él.
Bajaron dos tramos de escaleras estrechas, con peldaños de piedra desgastada y un olor a lejía y a ropa recién planchada. Desembocaron en un pasillo de lavandería, con carros de sábanas alineados contra la pared y una ventana que daba a un patio trasero. Al fondo había una figura pequeña, con el uniforme azul de las auxiliares, intentando abrir una puerta de hierro con las manos temblorosas.
—¡Alto! —gritó Alessia.
La figura se giró.
Era la enfermera joven, la que había sostenido a Lucía del brazo cuando esta apareció en el pasillo, la que había llorado sin disimulo al verla abrazar a su hijo. Tendría veintidós o veintitrés años, el pelo negro recogido en una coleta apresurada y una cara de niña asustada que no encajaba con lo que acababa de hacer. Se llamaba Nerea, según la placa. Tenía las manos vacías.
—No me hagan daño —susurró.
—No vamos a hacerte daño. —Alessia levantó las palmas—. Solo queremos hablar.
—Yo no quería… No debía…
—¿Tú dejaste la bolsa?
Nerea asintió con un gesto mínimo. Después, de golpe, se llevó las manos a la cara y rompió a llorar con unos sollozos secos, roncos, de quien lleva demasiado tiempo conteniéndolos.
Damián se había quedado helado. Miraba a la muchacha con una expresión de espanto creciente, como si un recuerdo lejano acabara de salirle al paso en mitad de una calle.
—Esos ojos —murmuró—. La forma de la barbilla.
—¿Qué? —preguntó Alessia.
—Se parece a Vera.
La joven levantó la cabeza. Tenía las mejillas empapadas, los labios temblando.
—Era mi madre —dijo.
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Se sentaron en el suelo de la lavandería, entre montañas de sábanas, porque nadie tuvo fuerzas para buscar otro lugar. Nerea se abrazaba las rodillas con la espalda contra la pared. Damián permanecía de pie, apoyado en una lavadora industrial, incapaz de decidir si acercarse o alejarse. Alessia se sentó frente a la joven, a un metro escaso, con las manos abiertas sobre los muslos.
—Cuéntame —pidió con suavidad.
—Mi madre se llamaba Vera Ibáñez. —Nerea hablaba a trompicones—. Tenía veintiocho años cuando conoció a este hombre en Milán. Estuvieron juntos dos semanas. Ella volvió a España embarazada y nunca le dijo nada. Yo nací en el 2015. Ella murió cuando yo tenía ocho.
—Lo siento —dijo Alessia.
—Fue un cáncer. Nada que ver con vosotros. —Se limpió la nariz con la manga—. Pero antes de morir me dio una caja de cartón. Me dijo: «Si algún día quieres saber quién es tu padre, ve a buscarlo. Aunque no sé si querrá que lo encuentres».
Damián dejó de respirar.
—Vera nunca me dijo que…
—Porque tenía miedo de usted. —La voz de Nerea se afiló—. No de usted en concreto, de lo que descubrió una tarde en su ático, cuando volvió a por un pendiente que se le había caído y vio la sala. Las vitrinas. Su nombre en una etiqueta. Salió huyendo sin decir palabra y no volvió a acercarse jamás.
—Eso fue en 2015 —murmuró él—. Yo creí que se había marchado por otra razón.
—Se marchó porque le dio asco. —No lo dijo con crueldad; lo dijo con una serenidad dolorosa—. Y cuando supo que estaba embarazada, decidió que su hija no crecería cerca de un hombre que guardaba a las mujeres bajo cristal.
—Yo no sabía que tenía una hija.
—Ahora lo sabe.
Damián se dejó resbalar por la lavadora hasta quedar sentado en el suelo, con los brazos colgando entre las rodillas. Tenía el rostro descompuesto. Alessia lo miró de reojo, sin tocarlo. Sabía que era un momento que él debía atravesar solo, aunque estuviera acompañado.
—¿Cómo llegaste hasta aquí? —preguntó.
—Hace dos años empecé a investigar. Me hice auxiliar de enfermería porque era lo más rápido. —Nerea apretó los labios—. Busqué el nombre que mi madre nunca pronunció, y encontré uno. No el de él. El de un psiquiatra de la clínica Santa Amalia que llevaba treinta años supervisando a un paciente muy rico.
—Rendón.
—Le escribí. Me contestó al día siguiente. Me ofreció un trabajo aquí, con contrato y todo. Y me dijo que si quería conocer a mi padre, lo mejor era esperar.
—¿Esperar qué?
—A que él viniera. —Nerea miró a Alessia—. A que usted lo trajera.
Alessia sintió un escalofrío.
—¿Rendón sabía que vendríamos?
—Lo sabía todo. Fue él quien me dio la llave de la habitación de invitados. Y quien me dijo dónde estaba la ropa. —Se le quebró la voz—. Me prometió que, si lo hacía, Damián me reconocería como hija. Que necesitaba una prueba de que había seguido el «tratamiento».
—¿Qué tratamiento?
—Una última sesión. No con él. Con usted.
Alessia se quedó inmóvil.
—Explícate.
—Me dijo que la única manera de que Damián dejara de coleccionar era que sintiera lo que se siente cuando te quitan algo. Cuando entran en tu habitación mientras duermes. Cuando alguien decide por ti que una parte de ti va a ir a una vitrina. —Bajó la mirada—. Yo pensé que era justo. Mi madre nunca pudo decirle esto a la cara.