El coleccionista de bragas

Capítulo 14: Lo que el río devuelve.

Alessia no retrocedió.

Lo pensó después, muchas veces: que el cuerpo tiene una sabiduría antigua que a veces manda huir y a veces manda quedarse quieta. El suyo se quedó quieto. Sintió el barro frío entrándole por las suelas de los zapatos, olió el agua estancada y el musgo, oyó la nana que llegaba tenue desde la barca. Y lo que hizo fue mirar a Ignacio a los ojos, con la paciencia con que se mira una obra dudosa.

—Baja el arma —dijo.

—No puedo.

—Sí puedes. —Habló despacio, sin subir la voz—. Lo has hecho antes. En el ático, en la casa de campo, en la fábrica. Cada vez que ha hecho falta, la has bajado.

—Esta vez es distinta.

—¿Por qué?

Ignacio tragó saliva. Le brillaban los ojos, y el arma en su mano temblaba de una manera que a Alessia no le pareció miedo, sino esfuerzo.

—Porque esta vez no quiero bajarla.

—Muy bien, Ignacio —dijo Marta, con el tono cálido de una maestra orgullosa—. Ahora explícale lo que hemos hablado.

Marta se sentó de nuevo sobre la roca, con la caja de madera en el regazo, y dejó que fuera él quien hablara. Alessia comprendió que aquello estaba ensayado. Que llevaba horas, quizá días, preparado.

—Marta me ha contado una cosa esta mañana —dijo Ignacio, sin apartar los ojos del suelo—. Sobre la noche de Lisboa. Sobre Clara.

—Ya lo sé todo sobre Clara. Me lo contaste tú.

—No todo. —Levantó la vista—. Te dije que mi padre la empujó. Y es verdad. Pero no te dije por qué estaba yo en el muelle, ni por qué mi padre estaba allí.

—Ignacio…

—Fui yo quien lo llamó.

El viento cambió de dirección. Un pájaro salió de los juncos con un aleteo brusco.

—Damián me había pedido que hablara con ella —continuó él, con una voz cada vez más hueca—. Y yo, que llevaba años sintiéndome la sombra de mi hermano, en vez de hablar con Clara llamé a mi padre. Le dije: «Está a punto de contarlo todo. La sala, las vitrinas, lo de mamá. Haz algo». Y él hizo lo que sabía hacer.

—Eso no es lo que me dijiste en el coche —murmuró Alessia.

—Porque me daba vergüenza. —Una lágrima le resbaló por la mejilla—. Toda mi vida he sido el hermano fiel, el que obedece, el que limpia. Y la verdad es que no obedecía por lealtad. Obedecía porque me daba miedo que alguien descubriera que yo también podía ser un monstruo. Un monstruo cobarde, de los que nunca se ensucian las manos.

Marta sonrió con una tristeza inmensa.

—Por eso lo elegí a él —dijo—. Porque era el único que llevaba dentro más culpa que rabia.

—¿Y qué quieres que haga?

—Que la pague. —Ignacio levantó el arma, pero no hacia Alessia. La apoyó despacio contra su propia sien—. Hoy, aquí, en el mismo río donde mi padre mató a la madre de Damián. Marta me ha prometido que a cambio soltará a Marina y no os tocará ni a ti ni a mi hermano.

Alessia dejó de respirar.

—No.

—Es lo justo.

—No es justo, es una locura. —Dio un paso—. Ignacio, escúchame. Esto no es una penitencia. Es otra manera de obedecer. Marta te ha convencido de que necesitas castigo, igual que Rendón convenció a tu hermano de que necesitaba una colección. Es el mismo método.

—Alessia —dijo Marta con dulzura—, no tienes voto en esto.

—Claro que tengo. —Se giró hacia ella—. Tú no quieres matar a nadie. Si quisieras, lo habrías hecho hace días. Quieres que alguien pague y que alguien mire. Quieres que Damián vea cómo se ahoga alguien a quien quiere, sin poder evitarlo, como viste tú ahogarse a Clara.

Marta no respondió. Apretó con más fuerza la caja de madera.

—¿Tengo razón?

—Clara no se ahogó —dijo Marta por fin, y la voz se le quebró—. La empujaron. Y yo estaba en Madrid, en una oficina, mirando una pantalla. Ni siquiera fui a Lisboa a despedirme.

—No fue tu culpa.

—Eso dicen todos. —Sonrió con amargura—. Y a mí me sigue doliendo lo mismo.

Alessia sintió una punzada de compasión, y la reconoció como un peligro. Era exactamente lo que Marta buscaba: que alguien la escuchara con ternura hasta olvidar que tenía una barca en el río y un arma en la orilla.

—Marta —dijo con firmeza—. Si Ignacio se dispara, Damián no verá ahogarse a nadie. Verá morir a su hermano. Y quedará exactamente donde lo dejó Aurelio: solo, roto y con una culpa que no le corresponde. Tu venganza no habrá tocado a los culpables. Habrá repetido su crimen.

—Cállate.

—Tu madre te pidió que no buscaras venganza. Que vivieras lejos de ellos. Leíste su carta. Tú misma me dijiste que te la quedabas.

—¡Cállate!

El grito rebotó en el agua. En la barca, Marina se estremeció y dejó de tararear. Un silencio largo, tenso, cayó sobre la orilla.

Fue entonces cuando Alessia oyó, muy lejos, el sonido de un motor. No el de un helicóptero. Algo más pequeño, más furioso, que se acercaba por el sendero de las zarzas.

Marta también lo oyó.

—Le dije que se quedara —susurró.

—Nunca ha sabido obedecer del todo —respondió Alessia, y por primera vez sonrió.

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Damián había aguantado exactamente veintitrés minutos.

Después de perder de vista a Alessia entre las zarzas, se había quedado junto al helicóptero mirando el reloj y contando su propia respiración. Vidal le había ordenado esperar. Los agentes que lo custodiaban le habían recordado las condiciones. Él había asentido, con la mandíbula apretada, hasta que uno de los técnicos, un chico joven que llevaba el auricular en la oreja, soltó una exclamación ahogada.

—¿Qué ocurre? —preguntó Vidal.

—El localizador de la señorita Montenegro. Ya no se mueve. Está parada desde hace diez minutos en la orilla.

—¿Y el micro?

—Sin señal. Pero acaba de saltar otro.

—¿Otro qué?

—Otro dispositivo. —El técnico se quitó el auricular, con el rostro lívido—. Alguien ha activado un emisor a doscientos metros de ella. Y está transmitiendo en abierto, en una frecuencia que no debería existir.

Vidal frunció el ceño.




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