Alessia se quedó quieta con la fotografía en la mano.
Marina se incorporó en el asiento trasero. Se apartó la manta de los hombros con un gesto sereno, se recolocó la trenza gris y bajó del coche sin ayuda. Caminó descalza sobre la grava mojada, erguida, con una dignidad que nada tenía que ver con la mujer que una hora antes decía que el río era muy agradable. Se detuvo a dos pasos de su hija.
—Ya lo has visto —dijo, con una voz clara, grave, sin una sola vacilación—. Perdóname, cariño. Tenía pensado hacerlo mejor.
Damián se puso en pie de un salto. Ignacio, que hablaba con Vidal junto a la furgoneta, se giró en seco.
—Usted no está enferma —dijo Alessia. No fue una pregunta.
—Lo estuve. Durante los primeros ocho años, de verdad. Los médicos de Aurelio decían que era un daño neurológico por la falta de oxígeno. —Sonrió con tristeza—. Una mañana desperté y lo recordé todo. El río, la lluvia, tu abrigo rojo. Estaba sola, en una habitación con barrotes, y sabía perfectamente lo que pasaría si él lo descubría.
—¿Qué pasaría?
—Que dejaría de necesitarme. Una mujer con la memoria intacta es una testigo, y Aurelio no guardaba testigos. Una mujer perdida, en cambio, era una moneda de cambio, un seguro que podía mostrarle a Lucía cada vez que se rebelara. —Miró el cielo—. Así que me quedé perdida. Veintiún años más.
—Veintiún años fingiendo.
—Veintiún años tarareando la misma nana para que nadie sospechara que cada nota me abría el pecho.
Alessia sintió que algo le ardía en la garganta. Recordó la noche anterior, la cabeza sobre el regazo de aquella mujer, las lágrimas de las dos, el «buenas noches, ojos bonitos».
—Anoche lloré contigo —dijo—. Creí que no sabías quién era yo.
—Lo sabía desde que entraste por la puerta.
—Me dejaste hablar sola.
—Te dejé hablar. Es distinto. —Marina dio un paso más—. Escúchame, Alessia. Si te hubiera reconocido delante de Dolores, Dolores se lo habría contado a Rendón, y Rendón a Marta, y Marta habría entendido que la trampa ya no funcionaba. Necesitaba que todos creyeran que yo era una pieza inofensiva hasta el último momento.
—¿Y lo de la barca?
—Marta me sacó de la habitación cuando dormíais. No me resistí. Necesitaba estar allí. —Sonrió apenas—. Nunca tuve miedo del agua. Lo que me daba miedo era que el río volviera a quedarse con alguien.
Damián se acercó despacio.
—La carta de Amelia decía que fuéramos atentos a quien no tuviera miedo. Yo pensé que se refería a Ignacio, o a Marta, o…
—Se refería a mí. —Marina asintió—. Amelia y yo hemos hablado más de lo que crees. Ella lleva un año fingiendo que la demencia le impide recordar. Lo hacíamos por lo mismo: por seguir viva. Cuando despertó ayer por primera vez, no fue un milagro. Fue una decisión.
Alessia se llevó las manos a la cara. Se echó a reír y a llorar a la vez, con un temblor incontrolable.
—Sois dos locas.
—Somos dos madres —corrigió Marina—. La diferencia es sutil, pero importa.
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La abrazó sin pedir permiso. Fue un abrazo largo, seco, sin lágrimas, de esos que se dan cuando ya se han gastado todas. Marina le acarició la espalda con las dos manos, despacio, con un movimiento que a Alessia le pareció haber vivido antes, en una cocina, en una tarde de invierno, en otra vida.
—Tenía muchas cosas que decirte —murmuró Marina contra su pelo—. Llevo años ensayándolas. Y ahora que puedo, me quedo sin palabras.
—Tenemos tiempo.
—Sí. —Se apartó, con una sonrisa nueva—. Por primera vez, sí.
Alessia sacó del bolsillo la llave plateada con la cinta de cartón.
—¿Fuiste tú?
—La llave, sí. La metí en la chaqueta de tu novio mientras dormía.
—No es mi novio —dijeron los dos al mismo tiempo, y se miraron con cierta vergüenza.
—Ya, ya —dijo Marina, divertida—. La nota, en cambio, no es mía. La escribió Rendón hace semanas, para que Nerea la dejara cuando llegaran. Yo solo quería que la llave llegara a ti. Abre el archivador de la habitación trece, el cajón inferior. Ahí está el cuaderno azul.
—Lo sabemos. Rendón lo cita en su carta.
—Entonces sabréis también quiénes son los otros tres. —Marina se puso seria—. Alessia, hay algo que Amelia no puso en su carta porque no se atrevió. La mujer de la fotografía.
Alessia levantó la imagen. Marina la miró un largo rato, con la mandíbula tensa.
—Se llamaba Beatriz Lozano.
Ignacio, que se había acercado con Vidal, dejó escapar un sonido ahogado.
—La madre de Marta —dijo.
—Y la pareja de Emilio Rendón. Durante seis años, en secreto. —Marina bajó la voz—. Marta es hija suya. No lo sabe. Cuando Aurelio mandó matar a Beatriz, Rendón se quedó con una niña de cinco años que era su hija y no podía reconocer. Y en lugar de criarla, decidió estudiarla.
Nadie habló. El viento removió las ramas de un olmo cercano.
—Su segunda paciente —susurró Damián—. Lo dijo él mismo.
—Su primera hija. —Marina cerró los ojos—. Convirtió el duelo de su propia sangre en un método. Y luego lo aplicó a otros niños.
Vidal se pasó una mano por la cara ennegrecida.
—Alguien tiene que decírselo.
—Yo lo haré —dijo Alessia.
—No tienes por qué.
—Sí tengo. —Miró hacia la furgoneta donde Marta esperaba con las manos esposadas y la mirada fija en el suelo—. Fui yo quien le dio la carta de su madre. Fui yo quien la sacó del agua. Y voy a ser yo quien le diga que el hombre que la crio como un experimento fue también quien la engendró.
Damián le tomó la mano.
—Voy contigo.
—No. —Le sonrió—. Esta vez voy sola. Pero espérame aquí.
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Marta la vio llegar con una expresión cansada, casi indiferente. Estaba sentada en el estribo de la furgoneta, con las esposas de plástico sobre el regazo y la ropa aún húmeda. Alessia se sentó a su lado sin decir nada. Esperó.
—¿Qué quieres? —preguntó Marta al fin.
—Contarte algo. Y prefiero que no lo oigas por radio.