El coleccionista de bragas

Capítulo 16: El cuarenta y cuatro.

Damián ya se estaba poniendo las botas cuando Alessia terminó de vestirse.

No hablaron. Se movieron por la habitación con la eficacia silenciosa de dos personas que llevan una semana aprendiendo a leerse. Ella se recogió el pelo con una goma que encontró en el bolsillo, él se abrochó la camisa con la mano sana. En el pasillo oyeron voces, puertas, el ajetreo de alguien que acaba de descubrir que el coche patrulla de la inspectora ya no está aparcado frente a la posada.

—Se ha llevado el sobre —dijo Ignacio desde la escalera. Iba en camiseta, con el pelo revuelto y los ojos hinchados—. Y las llaves del furgón de Marta.

—¿Marta sigue aquí? —preguntó Alessia.

—Con dos agentes. Vidal no se la ha llevado. Solo ha cogido el coche y la lista. —Ignacio se frotó la cara—. Es lo más raro. Si quisiera huir con todo, se habría llevado a la única persona que sabe dónde están las cargas.

—No quiere huir —dijo Damián.

Los dos lo miraron.

—Quiere llegar antes que nosotros a un sitio. —Cogió la chaqueta del respaldo—. Y yo sé cuál es.

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Bruno los esperaba en el aparcamiento, apoyado en un sedán negro con los brazos cruzados. Alessia tardó un segundo en reconocerlo: el conductor de manos enormes que la había llevado del ático a su casa, el que le había dicho *tenga cuidado esta noche*. Llevaba una cazadora vieja y la expresión de un hombre que ha pasado la noche tomando una decisión.

—Sujeto cinco —dijo, antes de que nadie hablara—. Lo he leído en el cuaderno que ha dejado la policía sobre la mesa de la cocina. No es que me sorprenda.

—¿Por qué estás aquí? —preguntó Damián.

—Porque llevo diez años conduciendo a gente con miedo y llevándola a sitios peores. —Abrió la puerta trasera—. Y porque esta señorita me dio las gracias la otra noche, sin que nadie se lo pidiera. Hacía mucho que nadie lo hacía.

Alessia se quedó helada. Era verdad. Había murmurado un «gracias» al bajar del coche, apenas audible, sin pensar.

—Suban —dijo Bruno—. Sé adónde va la inspectora.

—¿Cómo?

—Porque yo la he llevado allí, dos veces al año, durante ocho años.

Se metieron los tres en el asiento trasero, Ignacio delante. El coche arrancó con un ronroneo seco y tomó la carretera comarcal entre los campos húmedos. La luz del amanecer teñía las colinas de un naranja sucio. Alessia apoyó la frente contra el cristal y sintió la mano de Damián cubrir la suya sobre el asiento.

—¿Adónde? —preguntó.

—Al taller de tu abuela —dijo Bruno—. El de la calle del Tinte. El que cerraron hace veintinueve años.

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Era una casa baja, de fachada azul desconchada, con un cartel de madera medio caído sobre la puerta. *Amelia Montenegro. Restauración de obras de arte.* Alessia conocía la calle, la librería de don Hilario a treinta metros, los balcones con geranios. Había pasado cientos de veces por delante sin mirar aquel edificio, sin preguntarse por qué las persianas llevaban décadas echadas.

—Mi abuela vendió este local cuando yo tenía cinco años —murmuró.

—No lo vendió. —Bruno aparcó junto a la acera—. Lo puso a nombre de una fundación. Y esa fundación tiene una única beneficiaria.

—¿Quién?

—Inés Vidal.

Nadie dijo nada. Salieron del coche despacio. El aire olía a pan recién hecho de una panadería cercana y a humedad de piedra vieja. La puerta del taller estaba entornada. Dentro, una luz amarillenta temblaba tras el cristal empañado.

Alessia empujó la hoja y entró.

Lo primero que sintió fue el olor. Trementina, cola de conejo, óleo viejo: el olor de su infancia, intacto bajo el polvo de treinta años. Los caballetes seguían en su sitio, cubiertos de sábanas blancas. Los tarros de pigmentos alineados en los estantes, las lupas colgadas de ganchos, el banco de trabajo donde había aprendido a mirar durante una hora antes de tocar. Todo conservado con una devoción que le cerró la garganta.

Al fondo, sentada en el suelo frente a una chimenea de ladrillo, con el sombrero a un lado y el sobre grueso sobre las rodillas, Inés Vidal contemplaba las brasas.

—Has tardado —dijo sin volverse—. Pensé que llegarías antes.

—Inspectora.

—Ya no. —Sonrió con tristeza—. Llevo toda la noche dejando de serlo.

Damián dio un paso adelante. Alessia lo detuvo con un gesto.

—¿Por qué has quemado…?

—No he quemado nada. Todavía. —Vidal levantó el sobre—. Iba a hacerlo. Llevo veinte minutos mirando el fuego y no me atrevo.

—¿Qué hay dentro?

—Cuarenta y cuatro nombres. —Se lo tendió a Alessia con manos firmes—. Ábrelo. Es tuyo. Siempre lo fue.

Alessia tomó el sobre. Dentro había una lista mecanografiada, con nombres, cargos y direcciones, tal como había prometido Aurelio. Cuarenta y tres líneas ordenadas por importancia. Y una cuarenta y cuatro, añadida a mano, con la letra pulcra que ya conocía.

Leyó el nombre despacio, sin respirar.

*Damián Varela Ochoa. Titular formal de Industrias del Norte S. L., sociedad instrumental usada desde 2011 para el movimiento de fondos de la red.*

Levantó los ojos.

—No —susurró.

—Sí —dijo Vidal—. Tu novio lleva trece años firmando papeles que no leía. Ignacio se los ponía delante con el café y él los firmaba, porque confiaba en su hermano. Aurelio movió el dinero sucio por su nombre. Legalmente, Damián es el propietario de la red.

Damián se había quedado inmóvil.

—Eso no es posible.

—Es perfectamente posible, y perfectamente legal. —Vidal lo miró con cansancio—. Si esa lista llega a un juez, el primero que cae es usted. Con todo lo demás detrás: las vitrinas, las mujeres, los archivos de Rendón. No habría defensa.

—Entonces llévesela —dijo Alessia—. Denúnciela.

—Eso pensaba hacer. —Vidal sonrió—. Hasta que anoche, sentada en el coche frente a la posada, comprendí que llevaba treinta años dejando que otros pagaran mis errores.

—¿Qué errores?

Vidal tardó en responder. Se levantó con esfuerzo, se sacudió el polvo de los pantalones y caminó hasta un caballete cubierto con una sábana. La retiró de un tirón.




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