Ignacio no abrió el papel enseguida.
Lo sostuvo en el puño cerrado mientras la ambulancia se llevaba a Vidal con las sirenas rasgando la calle del Tinte, mientras los vecinos asomaban a los balcones con las manos en la boca y una patrulla acordonaba la acera. Tenía las palmas manchadas de sangre ajena. Alessia, agachada a su lado, vio cómo los nudillos se le ponían blancos.
—Ábrelo —dijo con suavidad.
—No quiero saberlo.
—Lo sé. —Le puso la mano sobre la suya—. Pero peor es no saberlo.
Ignacio desplegó el papel. Era un trozo rasgado de la lista, con una sola línea mecanografiada y un añadido a mano. Lo leyó en silencio. Después se lo tendió a Alessia sin decir nada, con la mirada perdida en el asfalto.
*Sujeto 6. Teodoro Rendón Salas. Ingreso al programa: 15 años. Patrón inducido: fijación por sustitución hacia la figura de la testigo. Ubicación actual: taller de restauración del museo, sección de pigmentos.*
Alessia leyó el nombre tres veces.
—Teo —susurró.
El chico de al lado. El de las gafas torcidas y la sonrisa tímida, que le llevaba café cuando la migraña la tumbaba, que le preguntaba si estaba enferma, que se había sentado junto a ella durante tres semanas sin pedirle nada. Recordó cómo la miraba cuando ella se concentraba en un lienzo: con una atención dulce, casi reverente, que ella había tomado por amabilidad.
—Lleva tres años en el taller —dijo, con la voz hueca—. Lo contrató la directora. Yo misma le enseñé a limpiar barnices.
—Es hijo de Rendón —murmuró Damián, agachándose junto a ella—. Y de una mujer llamada Salas. Bruno tiene ese apellido.
Bruno, arrodillado detrás, había perdido el color.
—Mi hermana —dijo—. Mi hermana pequeña murió cuando el chico tenía nueve años. Rendón la conocía. No supe que… —Se tapó la boca con la mano—. Yo lo criaba los fines de semana. Le llevaba al parque. Nunca me dijo nada de su padre.
Nadie habló. Alessia miró el papel, el añadido manuscrito, la letra pulcra e inclinada que ya se le había vuelto pesadilla familiar.
—Rendón lo puso ahí —dijo—. Junto a mí. A propósito.
—Para vigilarte —dijo Damián.
—Para completarme.
Se levantó despacio. Le temblaban las piernas.
—Tengo que ir al taller.
—No vas a ir sola.
—No. —Le sonrió con cansancio—. Pero tampoco vas a ir tú. Todavía no.
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Encontraron a Nerea a las tres de la tarde, escondida en el hueco de una escalera de servicio, tres edificios más allá. Bruno la había seguido por los tejados con la agilidad sorprendente de un hombre de su tamaño, y cuando Alessia llegó, jadeando, la joven estaba sentada en el suelo con el fusil en las rodillas y los ojos clavados en la pared.
—No he apuntado a Vidal —dijo sin mirarla—. Apunté a la pared que tenía detrás. Pero me temblaba la mano.
—¿Y por qué lo hiciste?
—Porque me dijo que si no lo hacía, mataría a mi padre.
Alessia se sentó a su lado. Bruno se quedó junto a la puerta, con los brazos cruzados y el gesto de quien vigila sin querer estar presente.
—¿Quién?
—Teo. —Nerea soltó una risa quebrada—. Me lo encontré en la clínica hace un mes. Me dijo que era su compañero de programa, que los dos éramos «sujetos». Que Rendón nos había puesto en el mismo tablero. Y que si no le ayudaba, Damián no saldría vivo del río.
—El río ya pasó.
—Por eso dijo que la siguiente vez sería una calle. Con testigos. Con gente mirando. —Levantó la vista—. Quería que fuera público. Que todos vieran cómo caía la inspectora que había traicionado a tu abuela.
—¿Cómo sabía lo de Vidal?
—Porque Aurelio se lo contó. —Nerea negó despacio—. Ese chico lleva años sentado en cada mesa. Escucha, guarda, ordena. Es el mejor coleccionista de todos. Colecciona secretos.
Alessia sintió un escalofrío.
—¿Dónde está ahora?
—En el museo. Esperándote.
—¿Por qué?
—Porque dice que tú le debes una respuesta. —La voz se le quebró—. Hace tres años, la primera vez que hablaste con él, le dijiste que tenía buen pulso. Que llegaría lejos. Es lo único bonito que alguien le había dicho en su vida.
Alessia cerró los ojos. Recordaba la frase, dicha a la ligera, sin pensar, mientras le enseñaba a sostener un pincel.
—Dios mío.
—No lo justifico —dijo Nerea—. Solo te cuento cómo suena por dentro.
—Lo sé.
Se quedaron un rato calladas. Fuera, las sirenas ya se alejaban. Alessia le puso una mano en el hombro y la joven se dejó caer contra ella, agotada, con un llanto seco y largo.
—Vas a tener que declarar —dijo Alessia.
—Lo sé.
—Todo.
—Todo. —Nerea la miró—. ¿Y él? ¿Damián?
—Está en el hospital, con su hermano. Vidal sigue en quirófano.
—Quiero pedirle perdón.
—Se lo dirás. Pero no hoy. —Alessia le apretó el brazo—. Hoy toca dormir.
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Vidal salió del quirófano a las nueve de la noche. Estable, dijeron. La bala había rozado un pulmón sin perforarlo, y aunque habría meses de recuperación, viviría. Ignacio se quedó en el pasillo con Bruno, sentado en una silla de plástico, con la mirada fija en las baldosas. Nerea pasó la noche en una sala aparte, custodiada por dos agentes que ya no hablaban de arrestos, sino de tribunales y abogados de oficio.
Damián y Alessia fueron los últimos en salir del hospital. El aire nocturno era tibio y olía a asfalto húmedo. Se quedaron un momento en la acera, sin hablar, con el cansancio pesándoles en los hombros como un abrigo mojado.
—Tengo que ir a casa —dijo Alessia.
—¿A cuál?
—A la mía. —Sonrió—. Vermeer lleva cuatro días sola. Me va a matar.
—Te acompaño.
—No hace falta.
—Quiero hacerlo.
Cogieron un taxi. Ella dio la dirección con la voz de quien regresa de un naufragio. El coche los dejó frente al edificio de ladrillo viejo, sin ascensor, con el portal de madera desconchada y la luz de la farola dibujando un círculo amarillo sobre la acera.