El museo, a las cinco y media de la mañana, era un edificio de sombras.
Alessia cruzó la plaza vacía con el abrigo cerrado hasta el cuello y las manos metidas en los bolsillos, donde apretaba el móvil como quien sostiene un talismán. La entrada de servicio estaba entreabierta, tal como esperaba. Un guardia de seguridad dormía sobre el mostrador, con la cabeza sobre los brazos y una taza de café volcada a su lado.
—Sedante suave —murmuró para sí, recordando la posada.
Cruzó los pasillos oscuros del ala de restauración con el corazón latiéndole en la garganta. Las esculturas la miraban desde sus pedestales con esa quietud eterna que tanto la había reconfortado siempre, y que ahora le resultaba casi hostil. Llegó a la puerta del taller. Una luz cálida se filtraba por debajo.
Empujó.
Teo estaba sentado en su taburete de siempre, con la bata blanca abrochada y las gafas torcidas en su sitio de costumbre. Frente a él, en la mesa de trabajo, entre los frascos de pigmentos, había una tetera humeante y dos tazas. En una silla, junto a la ventana, Amelia Montenegro dormitaba con una manta sobre las rodillas, tranquila, con las mejillas sonrosadas.
—Abuela —susurró Alessia, dando un paso.
—Está bien —dijo Teo, sin levantar la vista—. Le he dado un té con manzanilla. Duerme profundamente. No la he tocado más de lo necesario.
—¿Por qué la trajiste?
—Porque necesitaba que vinieras sola. Y sabía que por ella vendrías corriendo. —Levantó por fin los ojos. Tenía la mirada enrojecida, como si llevara días sin dormir—. No pensaba hacerle daño. Nunca se lo haría a Amelia. Ella fue la única profesora que me trató como algo más que un experimento.
Alessia se acercó despacio, sin apartar los ojos de él.
—Teo. Baja lo que sea que llevas en el bolsillo.
Él se sobresaltó, como si hubiera olvidado que lo llevaba. Sacó una pequeña navaja de restauración, de las que usaban para levantar barnices, y la dejó sobre la mesa con un gesto casi avergonzado.
—No iba a usarla contigo.
—¿Con quién, entonces?
—Conmigo. —Se rio, un sonido seco y sin alegría—. Llevo tres días pensando en usarla conmigo. Y no lo he hecho porque siempre me faltaba una última conversación.
Alessia se sentó en el taburete de enfrente, despacio, con las manos abiertas sobre las rodillas.
—Habla.
—Mi padre me entrenó desde los quince años —empezó Teo, con la voz plana de quien ha repetido una historia tantas veces en su cabeza que ya ha perdido el dolor de la primera vez—. Me decía que yo era su experimento más delicado. Que los demás eran groseros: prendas, vitrinas, cosas físicas. Yo debía aprender a coleccionar algo más difícil.
—¿Qué?
—Atención. —La palabra le salió amarga—. Me enseñó a acercarme a las personas que admiraba, a hacerme indispensable, a esperar sin pedir nada hasta que ellas mismas me entregaran un trozo de su tiempo. Un café. Una sonrisa. Una frase amable. Y a guardar esos momentos como si fueran objetos.
—¿Yo fui uno de esos momentos?
—Fuiste el único que valió la pena. —La miró con una devoción tan pura que a Alessia le dio escalofríos—. Llevo tres años anotando cada cosa que me has dicho. Cada «gracias, Teo». Cada vez que te reías de algo que yo decía. Tengo un cuaderno entero.
—Eso no es amor, Teo.
—Lo sé. —Bajó la cabeza—. Ahora lo sé. Desde que vi cómo mirabas a ese hombre en la calle, esta mañana, entendí la diferencia. Tú no lo miras esperando que él te dé algo. Lo miras como si ya tuvieras todo lo que necesitas y él solo fuera el lugar donde te apetece estar.
Alessia sintió que se le encogía el pecho.
—¿Y qué quieres ahora?
—Que me digas si alguna vez sentiste algo real. —Su voz tembló—. No necesito que me quieras. Solo necesito saber si alguno de esos momentos fue de verdad, o si tú también estabas actuando, como decía mi padre que hacía todo el mundo.
Alessia pensó la respuesta con cuidado. No quería mentirle, ni tampoco alimentar algo que ya era un incendio.
—Fueron reales —dijo—. Me caías bien. Me sigues cayendo bien, aunque me hayas asustado. Pero eso no significa lo que tú necesitas que signifique.
—Lo sé.
—Y aun así lo has hecho todo esto.
—Porque necesitaba comprobarlo antes de dejarlo ir. —Se limpió los ojos con el dorso de la mano—. Mi padre me enseñó que si no guardas la prueba, el recuerdo se te escapa. Y yo no quería que se me escapara.
Amelia se removió en la silla, murmuró algo en sueños y volvió a quedarse quieta. Alessia la miró de reojo, con una ternura que le dolía en el pecho.
—Teo. Suelta el cuaderno.
—¿Qué?
—El que dices que llevas. Con todo lo que anotaste de mí.
Él dudó. Metió la mano en la mochila que tenía a sus pies y sacó una libreta pequeña, de tapas gastadas, llena de post-its de colores. La sostuvo un momento contra el pecho, como quien se despide de algo querido.
—Es lo único que tengo de ti.
—No es verdad. —Alessia le tendió la mano—. Tienes tres años de conversaciones de verdad. Tienes a alguien que te enseñó a mezclar pigmentos y a alguien que te va a ayudar ahora, si tú se lo permites. Ese cuaderno no es un recuerdo, Teo. Es una jaula.
Él la miró largo rato. Después, con un temblor que le sacudía todo el cuerpo, puso la libreta en su mano.
Alessia la abrió sin mirar el contenido, con cuidado, y la dejó junto a la tetera.
—No la voy a leer —dijo—. Y tampoco la voy a quemar. Se la vamos a entregar a un psicólogo, alguien que te ayude a entender lo que tu padre te hizo. Igual que a Marta. Igual que a Damián.
—¿Y después?
—Después no lo sé. —Sonrió con cansancio—. Pero será algo tuyo. No de tu padre.
En ese momento, la puerta del taller se abrió del todo.
Damián entró primero, con el brazo aún vendado y el rostro tenso. Detrás, apoyándose la una en la otra, Lucía y Marina cruzaron el umbral con una calma que no encajaba con la hora ni con el peligro. Ignacio cerraba la fila, con las manos abiertas y sin arma a la vista.