El hospital olía a desinfectante y a café de máquina, un olor que Alessia ya asociaba con aquellas semanas más de lo que le habría gustado.
Encontró a Vidal incorporada en la cama, con la piel cenicienta y un tubo de oxígeno bajo la nariz, pero con los ojos tan despiertos como siempre. Llevaba el sombrero colgado del gotero, como un trofeo fuera de lugar.
—Han tardado ustedes —dijo, a modo de saludo—. Empezaba a pensar que el amor los había vuelto perezosos.
—Nos ha vuelto un poco lentos, sí —admitió Alessia, sentándose junto a la cama.
Damián se quedó de pie, con las manos en los bolsillos, observando a la mujer que casi había muerto por proteger su nombre.
—¿Cómo se encuentra? —preguntó.
—Como alguien a quien le han disparado y ha sobrevivido. Es decir, afortunada y de mal humor. —Vidal sonrió apenas—. Los médicos dicen que en un mes podré caminar sin ayuda. En dos, quizá vuelva a trabajar, aunque supongo que ya no en las mismas condiciones.
—¿Se retira?
—Me jubilan. Con honores, dicen, aunque los honores no cubren treinta años de silencio. —Se removió en la cama, incómoda—. Pero no os he hecho venir para hablar de mí.
Sacó de debajo de la almohada un sobre pequeño, arrugado por el peso del cuerpo, y se lo tendió a Damián.
—Esto lo llevaba yo desde hace veintinueve años. Se lo quité a Aurelio, en un descuido, cuando aún trabajaba para él sin saber en qué me estaba metiendo. Pensé que algún día me serviría para algo. Nunca supe muy bien para qué.
Damián lo abrió con manos que no acababan de estar firmes. Dentro había una fotografía pequeña, en color, algo desvaída, y una hoja de papel doblada.
La fotografía mostraba a un niño de unos ocho años, con el pelo oscuro despeinado, sentado en el escalón de una casa, riendo a carcajadas con la cabeza echada hacia atrás. A su lado, una mujer joven de rasgos serenos, con un vestido de flores, reía también, con una mano sobre el hombro del niño.
—Soy yo —murmuró Damián—. Y mi madre.
—Es de antes del río —dijo Vidal—. Meses antes. Aurelio la guardaba en su despacho, dentro de un libro de cuentas. Un día la vi por casualidad y la robé, sin pensar por qué. Quizá porque en toda la casa era la única imagen donde nadie fingía nada.
Alessia observó cómo Damián pasaba el pulgar por el borde de la foto, con una expresión que ya no era de dolor, sino de una nostalgia extrañamente tranquila.
—Gracias —dijo—. De verdad.
—No me las des. Debí dártela hace veintinueve años. —Vidal cerró los ojos un momento—. He tardado media vida en aprender que guardar las cosas por miedo a perderlas es la manera más segura de perderlas de todas formas.
Alessia sintió que aquella frase se le clavaba en el pecho con una familiaridad extraña. La miró un momento, pensando en las vitrinas, en Rendón, en Teo con su cuaderno de post-its.
—Parece que todos aprendimos la misma lección —dijo—, cada uno a su manera y con su propio precio.
—Es la única lección que vale la pena repetir. —Vidal abrió los ojos y la miró con una intensidad renovada—. Y ahora, ya que estáis aquí, quiero pediros un favor.
—Dígame.
—El juicio empieza en tres semanas. Van a necesitar testigos que hablen del funcionamiento interno de la red, y yo solo puedo dar mi versión desde dentro de la corrupción. Necesitamos también la versión de quienes la sufrieron. —Miró a Alessia—. Tu abuela. Tu madre. Lucía. Sois las pruebas vivientes de que esto no fue un negocio abstracto, sino algo que destrozó vidas concretas.
—Lo sé.
—Va a ser duro. Los abogados de los otros cuarenta y tres acusados harán todo lo posible por desacreditaros. Dirán que Marina está loca, que Lucía miente, que tú fuiste manipulada por Damián para heredar una fortuna. —Su voz se endureció—. Tenéis que estar preparados para eso.
—Lo estaremos.
—¿Y usted? —preguntó Damián—. ¿Va a declarar contra sí misma?
—Ya lo he hecho. Anoche, desde esta misma cama, firmé una declaración completa. —Sonrió con una tristeza serena—. Prefiero perder mi pensión que seguir viviendo con el sombrero como única confesión.
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Salieron del hospital al atardecer, con la fotografía de Lucía guardada en el bolsillo de la chaqueta de Damián, junto al corazón, como si necesitara sentir su peso constantemente para creer que era real.
—¿Vamos a ver a Marta? —preguntó Alessia, mientras caminaban hacia el coche.
—¿Hoy?
—Elena dijo que quería entregarme algo antes del juicio. Y cuanto antes lo tenga, antes podré decidir qué hacer con ello.
—Te acompaño.
—Esta vez sí.
La cárcel de mujeres estaba a las afueras de la ciudad, un edificio bajo y gris rodeado de una doble valla y jardines cuidados con una pulcritud casi irónica. Los trámites de acceso fueron lentos, con formularios, cacheos y una espera de cuarenta minutos en una sala con sillas de plástico atornilladas al suelo.
Marta apareció al fin, escoltada por una funcionaria, vestida con el uniforme gris del centro. Había adelgazado. Tenía el pelo recogido en una trenza sencilla y las manos, sin el peso de las esposas, se movían con una inquietud nueva, como si no supieran qué hacer sin ellas.
—Habéis venido juntos —dijo, sentándose frente a ellos con la mesa de por medio—. Eso ya es una buena señal.
—Elena me dio tu carta —dijo Alessia.
—Lo sé. Se lo pedí yo.
—Gracias por escribirla.
—Gracias por leerla. —Marta juntó las manos sobre la mesa—. He tenido mucho tiempo para pensar aquí dentro. Demasiado, quizá. Y he decidido algo.
—¿Qué?
—Voy a declarar contra Rendón en el juicio. No solo contra Aurelio. Contra mi padre. —La palabra le costó, se le atragantó a medio camino—. Voy a contar lo que me hizo desde que tenía cinco años. Todo. Sin omitir nada, aunque me deje en mal lugar.
—Eso requerirá mucho valor.
—No tanto como el que hizo falta para meterme en ese río contigo esperando morir. —Sonrió con amargura—. Comparado con eso, hablar es fácil.