La mañana del juicio, Alessia no encontraba el collar.
Lo buscó en el joyero, en el bolso, en el bolsillo de la chaqueta que llevaba puesta, hasta que Damián, sentado en el borde de la cama con la camisa a medio abrochar, se rio bajito.
—Lo tienes en la mano.
Ella se miró los dedos. Sostenía la cadena fina de plata que su abuela le había regalado a los dieciocho años. La había cogido veinte veces sin darse cuenta.
—Estoy nerviosa.
—Lo sé. —Se levantó y se colocó a su espalda—. Déjame.
Le apartó el pelo con la mano y le abrochó el cierre con una lentitud que no era necesaria. Sus dedos rozaron la nuca, y Alessia cerró los ojos. Después él apoyó los labios en el hueco entre el cuello y el hombro, un beso pequeño y tibio que le recorrió la espalda entera.
—Vamos a llegar tarde —murmuró ella, sin moverse.
—Faltan tres horas.
—Hay tráfico.
—Hay tráfico —concedió él, y le deslizó una mano por la cintura, atrayéndola contra su pecho—. Pero también hay veinte minutos que no le debemos a nadie.
Alessia se giró entre sus brazos. Lo besó despacio, con esa calma nueva que tenían ahora, la de dos personas que ya no se despedían cada vez que se tocaban. Le desabrochó los botones que él acababa de cerrar, uno a uno, y él se dejó hacer con una sonrisa contra su boca. La ropa cuidadosamente planchada acabó sobre la silla, y durante un rato la habitación fue solo respiración, piel cálida y el crujido de las sábanas. Ella le susurró algo al oído que le hizo reír. Él le dijo su nombre contra el cuello, dos veces, como quien comprueba que una palabra sigue siendo verdadera. Se abrazaron después con la frente pegada a la frente, sin hablar, hasta que el latido de los dos volvió a un ritmo que se podía llevar a un juzgado.
—Ahora sí estoy tranquila —dijo ella.
—Mentirosa.
—Un poco menos nerviosa, entonces.
Vermeer los miró desde el pasillo mientras se vestían por segunda vez, con un desprecio absoluto.
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El Palacio de Justicia estaba rodeado de cámaras.
Habían cortado la calle. Vallas metálicas, furgones de televisión, una multitud silenciosa que sostenía carteles con nombres de obras robadas. Vidal los esperaba en la escalinata, en silla de ruedas, con el sombrero puesto y una manta sobre las rodillas. Ignacio empujaba la silla, con traje oscuro y la cara afeitada por primera vez en semanas.
—Estás guapo —le dijo Damián.
—Estoy aterrado.
—Es lo mismo, en tu caso.
Ignacio soltó una carcajada nerviosa. Entraron todos juntos, flanqueados por agentes, mientras los flashes convertían la mañana en un relámpago continuo. Lucía y Marina llegaron en un coche de la clínica, del brazo, con vestidos sencillos y el mentón alto. Amelia las seguía con su bastón y una carpeta bajo el brazo. Al pasar junto a Alessia, la abuela le guiñó un ojo.
—Las mujeres de esta casa siempre llegamos tarde —susurró—. Pero llegamos con los deberes hechos.
La sala era enorme, de madera oscura y techos altos. En el banquillo, alineados como en un retrato de familia, estaban los cuarenta y tres. Alessia reconoció a algunos por los periódicos: un exministro, dos galeristas de renombre, un juez retirado, un prelado con el rostro ceniciento. A la izquierda, sentado aparte, con la bata gris de detenido y las manos esposadas sobre el regazo, estaba el doctor Rendón. Levantó la vista al verla entrar y le dedicó una inclinación de cabeza, casi cortés.
Alessia no se la devolvió.
Aurelio no estaba en el banquillo. Lo habían trasladado en camilla a una zona reservada, conectado a una botella de oxígeno, con un médico a su lado. Presenciaba el juicio por videoconferencia. Su rostro amarillo, en la pantalla, parecía el de un santo tallado en cera.
Se abrió la sesión.
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El primer día fue de lecturas y de nombres. La fiscal, una mujer de cincuenta años con voz de metal fino, recitó los cargos durante dos horas. Tráfico de bienes culturales, falsificación, blanqueo, secuestro, asesinato de Clara Lozano, tentativa de asesinato de Lucía Ochoa y Marina Montenegro. Cada acusación caía sobre la sala como una piedra en un pozo.
El segundo día empezaron los testigos, y con ellos llegó el abogado.
Octavio Lemos representaba a la mayoría de los acusados. Era un hombre elegante, de sesenta años, con el pelo plateado peinado hacia atrás y una voz cálida, casi paternal. No levantaba la voz nunca. Sonreía a los testigos antes de destrozarlos.
A Marina la llamaron la tercera mañana.
Subió al estrado sin bastón, con la trenza gris sobre el hombro y las manos entrelazadas. Prestó juramento con voz clara. Alessia, en la primera fila, sintió a Damián apretarle los dedos.
—Señora Montenegro —empezó Lemos, con una sonrisa amable—. ¿Puede decirle al tribunal cuántos años estuvo bajo tratamiento por problemas de memoria?
—Ocho.
—Ocho años de daño neurológico documentado. —Se giró hacia el jurado—. Y sin embargo hoy pretende que recuerda con nitidez sucesos de hace treinta años.
—Recuerdo lo que vi.
—¿Está segura de que no recuerda lo que otros le han contado? ¿Su hija, por ejemplo, la señorita Montenegro, hoy socia sentimental del señor Varela, heredero de una fortuna en disputa?
Un murmullo recorrió la sala. Alessia sintió que las mejillas le ardían. Marina, en cambio, sonrió.
—Señor Lemos. Usted me conoce.
El abogado parpadeó.
—No creo haber tenido el gusto.
—Sí lo tuvo. —Marina lo miró con una calma que hacía daño—. Hace veintinueve años, en una casa del norte, usted entró en mi habitación con un maletín y un contrato. Me dijo que si firmaba, mi hija estaría a salvo. Yo no firmé. Usted dijo: «Es una lástima. Su marido habría sido más sensato».
Silencio absoluto.
—Objeción —dijo Lemos, sin perder la sonrisa—. La testigo confunde a un hombre con otro. Es comprensible en su estado.
—Denegada —respondió el juez, sin apartar los ojos de la testigo—. Continúe, señora Montenegro.