El coleccionista de bragas

Capítulo 21: El azul de Mercedes.

El primer proveedor de pigmentos que Alessia visitó fue un hombre menudo, de manos permanentemente teñidas de amarillo cadmio, que regentaba una tienda diminuta en el barrio de los anticuarios. La conocía desde sus años de estudiante, cuando compraba allí sus primeros tarros de tierra de Siena.

—¿Ultramar auténtico, molido a mano? —El hombre se ajustó las gafas y negó con la cabeza—. Eso ya casi nadie lo pide, señorita Montenegro. Es carísimo. Solo me lo encargan tres o cuatro clientes al año, para restauraciones muy específicas.

—¿Podría darme sus nombres?

—Dos son museos. El tercero es un particular que paga en efectivo y nunca da su dirección. Siempre pide que se lo envíe a una consigna, en la estación de trenes de la costa.

Alessia sintió que el pulso se le aceleraba.

—¿Con qué frecuencia hace el pedido?

—Cada dos meses, como un reloj. La próxima entrega es pasado mañana.

---

Dos días después, Alessia y Damián estaban sentados en un banco de la estación de la costa, con vistas al andén de consignas, con dos cafés fríos entre las manos y los nervios a flor de piel. Ignacio esperaba fuera, en el coche, con Bruno al volante, por si hacía falta seguir a alguien. Vidal, todavía convaleciente, seguía la operación por teléfono desde su cama de hospital.

—¿Y si no viene ella? —preguntó Damián, por tercera vez en media hora—. ¿Y si manda a alguien?

—Entonces seguiremos a quien venga.

—¿Y si es una trampa?

—Damián. —Alessia le puso una mano en la rodilla—. Llevas media vida sospechando trampas. Por una vez, deja que sea solo lo que parece.

Él respiró hondo y asintió, aunque las manos no dejaron de temblarle sobre el vaso de cartón.

A las once y cuarto, una mujer entró en la estación.

Era alta, a pesar de la edad, con el porte erguido de quien ha bailado o pintado toda la vida. Llevaba un abrigo de lana gris, el pelo blanco recogido en un moño sencillo, y en la mano una bolsa de tela desgastada. Se acercó al mostrador de consignas con paso firme, recogió un paquete pequeño y envuelto en papel marrón, y se dio la vuelta.

Fue entonces cuando vio a Damián.

Se detuvo en seco, a diez metros, con el paquete apretado contra el pecho. Damián se había puesto de pie sin darse cuenta, con el rostro pálido, los labios entreabiertos, incapaz de emitir sonido alguno.

—Abuela —dijo por fin, con un hilo de voz.

La mujer no se movió. Tenía los ojos húmedos, del mismo color oscuro que los de Damián, y una sonrisa temblorosa que luchaba por abrirse paso entre treinta años de disciplina y silencio.

—Has crecido —dijo ella, con una voz ronca, poco usada para hablar en voz alta—. Mucho.

—¿Eres real?

—Todo lo real que puede ser alguien que lleva media vida fingiendo lo contrario.

Damián dio un paso hacia ella. Después otro. Cuando llegó a su lado, se quedó paralizado, sin saber si abrazarla o esperar permiso, como un niño que ha olvidado cómo se hace algo que debería ser instintivo. Fue ella quien alargó una mano, le tocó la mejilla con dedos manchados de azul, y él cerró los ojos ante el contacto.

—Perdóname —dijo Mercedes—. Por todos los cumpleaños en los que no estuve. Por cada tarjeta que tuve que dejar bajo una puerta como una ladrona, en lugar de dártela en la mano.

—¿Por qué no viniste antes?

—Porque tu padre me habría destruido. Y porque, durante mucho tiempo, no supe si merecía la pena que me encontraras.

---

Se sentaron los tres en el banco de la estación, con el paquete de pigmento olvidado entre ellos, mientras los trenes iban y venían sin que ninguno les prestara atención.

—Cuéntamelo todo —dijo Damián.

Mercedes tomó aire, como quien se prepara para saltar desde un lugar muy alto.

—Yo también fui una coleccionista, hijo. Mucho antes que tú. —Se miró las manos manchadas de azul—. Mi marido, tu bisabuelo, era un hombre terrible. Guardaba trofeos de sus negocios sucios: joyas robadas a familias que huían de la guerra, cuadros arrancados de paredes ajenas. Yo crecí viendo cómo se convertía la codicia en costumbre, y cuando tuve un hijo, Aurelio, hice lo que pude para que no se pareciera a su padre.

—No funcionó.

—No. —Bajó la cabeza—. Heredó lo peor de los dos. Y cuando descubrí lo que le hacía a Lucía, a ti, intenté detenerlo. Fui a la policía. Hablé con un juez. Y Aurelio, mi propio hijo, me encerró en un sanatorio privado, alegando demencia senil, para que nadie me creyera.

—¿Cuánto tiempo estuviste allí?

—Doce años. —Su voz se endureció—. Hasta que conseguí escapar, con la ayuda de una enfermera que se compadeció de mí. Desde entonces he vivido escondida, cambiando de nombre, de ciudad, siempre vigilando desde lejos, sin atreverme a acercarme por miedo a que Aurelio cumpliera su amenaza de encerrarte también a ti si yo aparecía.

—¿Y las tarjetas?

—Era lo único que podía hacer sin ponerte en peligro. Un mensajero de confianza las dejaba bajo la puerta. Nunca until hace unos meses, cuando supe que Aurelio agonizaba y que Rendón empezaba a temblar, decidí que ya era hora de moverme con más audacia.

—¿Visitaste a mi padre en el hospital?

—Sí. —Los ojos de Mercedes se ensombrecieron—. Fui a decirle que, muriera cuando muriera, yo iba a asegurarme de que la verdad completa saliera a la luz. Y a pedirle una última cosa: que te dijera que las tarjetas nunca fueron suyas. Que hubo alguien, en todo este desastre, que solo quiso protegerte.

Damián se cubrió el rostro con las manos un momento, sacudido por algo que no era exactamente llanto, sino el peso repentino de treinta años reescribiéndose de golpe.

—Tengo una abuela —dijo, entre los dedos—. Tengo una abuela de verdad.

—La tienes. —Mercedes le apartó las manos del rostro con una ternura antigua, ensayada durante décadas de ausencia—. Y no pienso volver a desaparecer.

---

Alessia, que había permanecido en silencio, respetando aquel reencuentro, se atrevió por fin a hablar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.