La Fundación Amelia y Lucía ocupaba, seis meses después de su creación, un edificio de tres plantas cerca del museo, con las paredes recién pintadas de un blanco cálido y una placa de bronce en la entrada que Alessia todavía se detenía a mirar cada mañana, como si necesitara comprobar que era real.
Había una sala de restauración en la planta baja, equipada con todo lo que ella había soñado tener alguna vez: luces de espectro completo, microscopios de precisión, un pequeño laboratorio de análisis de pigmentos. En la primera planta, las oficinas legales que gestionaban la restitución de obras robadas a sus legítimos propietarios, ya con dos casos resueltos y ocho en trámite. Y en la segunda, la parte que a Alessia más le importaba: un espacio de terapia y acompañamiento para las víctimas de manipulación psicológica, dirigido por una psicóloga que Nerea había ayudado a encontrar, especializada en patrones de apego inducido.
Teo iba dos veces por semana, después de sus sesiones con el equipo terapéutico del juzgado de menores. Alessia lo veía a veces en el pasillo, más delgado pero con una mirada distinta, menos hambrienta, y siempre le dedicaba un saludo breve, sin forzar más de lo que él podía sostener.
—Hoy he hablado de mi padre sin llorar —le dijo una tarde, con una mezcla de orgullo y vergüenza—. Es la primera vez.
—Eso es un logro enorme, Teo.
—Sigo teniendo el cuaderno. El de los post-its.
—¿Y qué haces con él?
—Lo estoy reescribiendo. —Se encogió de hombros, tímido—. Cada semana borro una anotación vieja y escribo algo nuevo. Algo mío. La terapeuta dice que es una manera de recuperar el cuaderno sin que siga siendo suyo.
Alessia sonrió, con un nudo cálido en el pecho.
—Me parece una idea preciosa.
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Marta salió en régimen abierto a los cinco meses, tal como había prometido el tribunal, con la condición de trabajar en la Fundación bajo supervisión. La pusieron a cargo del pequeño archivo de restitución, clasificando documentos con una meticulosidad que sorprendió a todos menos a Alessia, que ya conocía de sobra su capacidad de atención al detalle.
Ignacio iba a buscarla cada tarde, sin falta, y la llevaba a dar un paseo por el parque antes de devolverla al centro donde todavía debía dormir. No hablaban mucho de ello delante de los demás, pero Elena, que tenía buen ojo para esas cosas, había empezado a llamarlo «el paseo de las cinco», con una sonrisita que Ignacio fingía no notar.
—No es lo que pensáis —había dicho él una vez, ruborizado hasta las orejas.
—Nadie ha dicho nada —había respondido Alessia, con la inocencia más fingida del mundo.
—Vuestras caras lo dicen todo.
Marta, por su parte, nunca confirmaba ni desmentía nada. Solo sonreía, con esa calma nueva que había ido ganando desde el río, y seguía clasificando documentos con la misma dedicación con que antes había clasificado venganzas.
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Vidal había dejado el hospital hacía tres meses, con una cojera que probablemente la acompañaría el resto de su vida, y había aceptado, tras mucho insistir Alessia, un puesto de asesora de seguridad en la Fundación. Se pasaba las mañanas revisando protocolos, entrenando al pequeño equipo de vigilancia, y las tardes, cada vez con más frecuencia, sentada en el taller de restauración charlando con Amelia sobre pigmentos y sobre los viejos tiempos del museo, cuando las dos eran más jóvenes y menos rotas.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —le dijo Vidal a Alessia un día, mientras compartían un café en la terraza del edificio—. Que después de treinta años sintiéndome culpable, ahora que todo el mundo sabe lo que hice, me siento más ligera que nunca.
—La culpa que se esconde pesa más que la que se confiesa.
—Suena a algo que diría tu abuela.
—Lo es, más o menos. —Alessia sonrió—. Yo solo la parafraseo.
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Lucía y Mercedes se habían instalado juntas en una casa pequeña cerca de la Fundación, decidiendo, tras mucho debatirlo, que la clínica ya no era el lugar que necesitaban. Marina se quedó allí un tiempo más, hasta que los médicos confirmaron que su lucidez, lejos de ser un espejismo pasajero, se mantenía firme, y entonces se mudó también, a un apartamento pequeño cerca del de Alessia, donde había empezado a dar clases de pintura a niños del barrio los sábados por la mañana.
—Nunca pensé que volvería a enseñar —le dijo a su hija, la primera vez que Alessia la visitó en su nuevo hogar—. Pensé que esa parte de mí se había quedado en el fondo del río, hace treinta años.
—Pues ha vuelto a salir a flote.
—Todo vuelve a salir a flote, tarde o temprano. —Marina sonrió, mirando por la ventana—. Solo hay que tener paciencia con las cosas hundidas.
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Damián dividía su tiempo entre la dirección de Industrias del Norte —ahora reestructurada, transparente, con auditorías trimestrales que él mismo había impuesto— y la Fundación, donde presidía el patronato con una seriedad que a veces hacía sonreír a Alessia, acostumbrada a verlo en momentos mucho menos institucionales.
Una tarde de viernes, seis meses después del juicio, mientras Alessia terminaba de limpiar un barniz oxidado en el taller de la Fundación, él apareció en la puerta con las manos en los bolsillos y una expresión que ella conocía bien: la de quien lleva rato queriendo decir algo y ensayando cómo empezar.
—¿Interrumpo? —preguntó.
—Siempre interrumpes. —Alessia levantó la vista, sonriendo—. Pero puedo perdonártelo.
Él cruzó el taller y se sentó en el taburete junto al suyo, observando el lienzo en el que trabajaba: un retrato pequeño, del siglo XIX, con la esquina inferior derecha comida por la humedad.
—¿De quién es?
—De una familia que perdió casi todo en la guerra civil. Vinieron la semana pasada, con esto envuelto en papel de periódico, sin esperanza de que se pudiera salvar.
—¿Se puede?
—Casi todo se puede salvar, si se le dedica el tiempo suficiente. —Alessia dejó el pincel a un lado—. Es lo primero que me enseñó mi abuela.