El coleccionista de bragas

Capítulo 24: El nombre de Marina.

Los preparativos de la boda empezaron con una discusión sobre manteles.

—Blanco es aburrido —decía Bianca, la hermana de Alessia, extendiendo catálogos sobre la mesa del salón como si fueran mapas de guerra—. Necesitas algo que diga "esta boda tiene historia", no "esta boda la organizó una empresa de eventos sin alma".

—¿Y qué dice un mantel azul, según tú?

—Dice "la novia sabe lo que quiere y no le importa lo que piensen los demás".

Alessia se rio, sirviéndose otra taza de té. Bianca había llegado tres días antes, con una maleta demasiado grande para una visita de fin de semana y una energía que llenaba cualquier habitación en la que entrara. Se parecían poco físicamente —Bianca era más baja, de rizos oscuros y gestos rápidos—, pero compartían esa misma manía de mirar las cosas dos veces antes de decidir qué hacer con ellas.

—Damián dice que le da igual el color, siempre que no tenga que elegir él.

—Damián dice eso de todo. Ya me he dado cuenta. —Bianca levantó la vista de los catálogos—. Es un poco sospechoso, para ser sincera. Un hombre que no tiene opinión sobre nada.

—Tiene opiniones. Solo que aprendió, hace poco, que no todas merecen imponerse.

—Eso suena a terapia.

—Un poco de terapia y un poco de treinta años de vitrinas. —Alessia sonrió con cierta melancolía—. Ya te contaré la historia completa algún día, cuando tengamos más tiempo y menos manteles que discutir.

Bianca la miró con esa mezcla de curiosidad y preocupación fraternal que la acompañaba desde niñas.

—¿Estás segura de esto?

—Completamente.

—Porque puedes decírmelo si no lo estás. Nadie te va a juzgar por echarte atrás.

—Bianca. —Alessia le tomó la mano por encima de la mesa—. Nunca en mi vida he estado tan segura de algo. Y créeme, he vivido lo suficiente estos últimos meses como para reconocer la diferencia entre el miedo y la certeza.

Su hermana la estudió un largo momento, y algo en su rostro se ablandó.

—Está bien. —Suspiró—. Entonces el mantel es azul. Y ya está decidido, no hay más discusión.

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Teo llegó a la Fundación una tarde de jueves, con las manos metidas en los bolsillos de una chaqueta que le quedaba grande y una expresión que oscilaba entre la determinación y el terror. Alessia lo encontró esperando en la entrada, dudando si tocar el timbre o marcharse.

—¿Vienes a la sesión de terapia? —preguntó ella, acercándose.

—No. Bueno, sí, luego. Pero antes quería... —Se pasó una mano por el pelo, nervioso—. ¿Tienes cinco minutos?

—Claro. Ven, vamos al taller.

Se sentaron en los taburetes de siempre, entre pigmentos y lienzos a medio restaurar, y Teo se quedó un momento en silencio, como reuniendo valor para algo que había ensayado muchas veces en su cabeza.

—Quería pedirte un favor —dijo por fin—. Y quiero que sepas que puedes decir que no. De verdad. No me voy a enfadar ni nada.

—Dime.

—Mi terapeuta dice que parte de mi recuperación tiene que ver con aprender a pedir cosas sin manipular, sin esconder segundas intenciones. Así que esto es exactamente lo que parece: una petición simple, sin trampa.

—Te escucho.

—Me gustaría ayudar en la boda. No como invitado, eso ya me dijiste que sí y te lo agradezco muchísimo. Sino... trabajando. Restaurando algo. Un detalle pequeño, algo que pueda hacer con mis propias manos, para demostrarme a mí mismo que puedo hacer algo bonito sin que sea sobre ti, sino sobre lo que sé hacer.

Alessia sintió que se le encogía el pecho de una manera cálida, distinta al miedo que aquel mismo chico le había provocado meses atrás.

—¿Qué tenías en mente?

—El taller de tu abuela guarda un espejo antiguo, ¿verdad? Lo vi una vez, cuando fui con ella a hacer un encargo. Tiene el marco tallado, muy dañado por la humedad. Podría restaurarlo. Para que esté allí el día de la boda, si te parece bien.

Alessia se quedó pensando un momento, y después sonrió.

—Me parece perfecto. Pero con una condición.

—Dime.

—Que lo hagas conmigo. No solo. Quiero enseñarte una técnica de dorado que mi abuela me enseñó a mí, y que a ella se la enseñó, según dicen, alguien que ya no está.

Teo asintió, con los ojos brillantes de una gratitud que ya no necesitaba disfrazarse de nada más.

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Fue Amelia quien, sin querer, abrió la puerta al último secreto que faltaba por revelar.

Ocurrió una tarde de domingo, mientras las cuatro mujeres de la familia —Amelia, Marina, Lucía y Mercedes— tomaban café en el jardín de la casa que compartían Lucía y Mercedes, con Alessia sentada entre ellas, disfrutando de una tarde sin urgencias.

—Siempre me pregunté por qué le pusiste ese nombre a tu hija —dijo Mercedes de pronto, mirando a Marina—. Marina. Es poco común.

Marina sonrió, con esa serenidad que ya la caracterizaba desde su despertar completo.

—Fue idea de Lucía, en realidad.

—¿Mía?

—Sí. —Marina la miró con cariño—. ¿No te acuerdas? Estábamos las dos embarazadas casi al mismo tiempo, tú de Damián y yo de Alessia. Una tarde, en el taller, mirando el mar en una postal que alguien había traído de viaje, dijiste que si tenías una hija le pondrías Marina, por lo mucho que amabas el agua.

Lucía se quedó un momento en silencio, con los ojos llenándosele lentamente de lágrimas.

—Lo había olvidado por completo.

—Yo no. —Marina le tomó la mano—. Cuando naciste... perdón, cuando nació Alessia, tú ya habías tenido a Damián unos meses antes. Y yo pensé que sería bonito ponerle a mi hija el nombre que tú habías elegido para la tuya, si hubiera sido niña.

Alessia, que escuchaba en silencio, sintió que algo se le removía por dentro.

—¿Entonces mi nombre iba a ser el de Lucía?

—No exactamente. —Marina sonrió—. Tu nombre, Alessia, me lo susurró tu abuela al oído la noche que naciste, antes de que yo eligiera nada. Dijo que había soñado con ese nombre semanas antes, sin saber por qué, y que sentía que te pertenecía a ti antes incluso de que llegaras al mundo.




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