El coleccionista de bragas

Capítulo 25: El consejo de Ignacio.

Faltaban dos semanas para la boda cuando Ignacio apareció en la oficina de Damián sin avisar, con una carpeta bajo el brazo que evidentemente no contenía ningún documento de la Fundación, y una expresión que su hermano reconoció de inmediato: la de alguien que ha ensayado una conversación entera en el ascensor y ha olvidado la mitad al llegar arriba.

—¿Tienes un minuto?

—Tengo toda la tarde. —Damián cerró el portátil—. Siéntate. Pareces a punto de confesar un crimen.

—No es un crimen. —Ignacio se dejó caer en la silla frente al escritorio, con la carpeta apretada contra el pecho—. Es peor. Es una pregunta.

—Dispara.

—¿Cómo supiste que Alessia era la definitiva? Quiero decir, más allá de todo el lío de vitrinas y ríos y padres fingiendo estar muertos. ¿Cómo lo supiste, en el fondo, sin necesidad de pruebas?

Damián se recostó en la silla, sorprendido por la pregunta y por la seriedad con la que su hermano la había formulado.

—¿Esto es sobre Marta?

Ignacio se puso rojo hasta las orejas, lo cual, considerando que tenía treinta y ocho años y llevaba una vida entera disimulando emociones frente a su padre, resultaba casi conmovedor.

—Puede ser.

—Ignacio.

—Está bien, sí. Es sobre Marta. —Soltó el aire de golpe, como si llevara conteniéndolo toda la mañana—. La llevo a pasear todos los días desde hace meses. Hablamos de todo. De arte, de nuestros padres, de lo que significa intentar ser alguien distinto de quien te educaron para ser. Y hace una semana, mientras le enseñaba a mezclar un verde en el taller de la Fundación, me di cuenta de que no podía dejar de mirarle las manos.

—Eso suena prometedor.

—Suena a que estoy loco. —Ignacio se pasó una mano por la cara—. Es la mujer que casi nos mata a los dos. Que ató a Marina a una barca. Que estuvo a punto de volar un archivo entero con agentes dentro.

—Y también es la mujer que se lanzó al agua contigo para salvarla, aunque ya no tuviera ninguna razón para hacerlo. Y la que ha pasado los últimos seis meses reconstruyéndose, ladrillo a ladrillo, sin pedirle a nadie que le facilite el camino.

—Lo sé. —Ignacio bajó la vista a la carpeta que sostenía—. Por eso no sé qué hacer. Porque una parte de mí piensa que quererla es una locura, y otra parte piensa que sería una cobardía no intentarlo, después de todo lo que hemos pasado para llegar hasta aquí.

Damián se levantó, rodeó el escritorio y se sentó en el borde, frente a su hermano, con la misma postura que solía adoptar Aurelio en sus peores conversaciones, aunque esta vez con una intención completamente distinta.

—Te voy a contar algo que no le he dicho a nadie, ni siquiera a Alessia. —Bajó la voz—. La noche antes de pedirle matrimonio, tuve miedo. Mucho miedo. Pensé: ¿y si en el fondo sigo siendo el mismo hombre que guardaba prendas en vitrinas? ¿Y si esto es solo otra manera de intentar poseerla, disfrazada de compromiso?

—¿Y qué hiciste con ese miedo?

—Se lo conté a Alessia. —Sonrió con cierta melancolía—. Y ella me dijo algo que no he olvidado: que el miedo a repetir el pasado no desaparece solo por tener buenas intenciones. Que hay que elegir, cada día, no repetirlo. Que el amor de verdad no es la ausencia de miedo, es decidir quedarse a pesar de él.

Ignacio se quedó en silencio, procesando aquello.

—¿Y si Marta no quiere lo mismo? ¿Y si para ella solo soy el hombre que la ayudó a salir de la cárcel?

—Entonces lo sabrás si se lo preguntas. —Damián le puso una mano en el hombro—. Lo único que no puedes hacer es decidir por ella, guardándote la pregunta por miedo a la respuesta. Eso sí sería repetir el patrón.

Ignacio asintió despacio, con los ojos brillantes de una determinación nueva.

—¿Qué llevas en la carpeta? —preguntó Damián, señalando el objeto que su hermano llevaba apretado contra el pecho desde que había entrado.

Ignacio la abrió, algo avergonzado. Dentro había un pequeño folleto de un curso de verano de restauración de arte, en un pueblo de la costa italiana.

—Pensaba proponerle que fuéramos juntos. Cuando termine el régimen abierto. Como una manera de... no sé. De empezar algo que no tenga nada que ver con lo que fuimos antes.

—Me parece perfecto.

—¿No es demasiado pronto?

—Ignacio, llevas media vida esperando el momento correcto para hacer algo. Creo que, a estas alturas, cualquier momento en que decidas dejar de esperar ya es el correcto.

Su hermano sonrió, por primera vez desde que había entrado en el despacho, una sonrisa genuina que le devolvió, por un instante, algo de la ligereza que Damián recordaba de su infancia, antes de que Aurelio se la robara con sus tarjetas de cumpleaños falsas y sus lecciones envenenadas.

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Marta le dijo que sí al viaje esa misma tarde, en el taller de la Fundación, con las manos todavía manchadas de verde y una sonrisa que Ignacio guardaría en la memoria mucho mejor de lo que Rendón habría guardado cualquier prenda en cualquier vitrina.

Alessia se enteró de la noticia por un mensaje eufórico de Elena, que a su vez lo había sabido por Marta, en una cadena de comunicación que a esas alturas ya formaba parte del funcionamiento normal de aquella familia extendida.

—Parece que Ignacio ha dado el paso —le dijo a Damián esa noche, mientras cenaban en la terraza de su apartamento, con las luces de la ciudad extendiéndose bajo ellos.

—Vino a pedirme consejo esta mañana.

—¿Y qué le dijiste?

—Lo que me dijiste tú a mí, hace unos meses. Que el miedo no se va solo por tener buenas intenciones. Que hay que elegir, cada día, no repetir el pasado.

Alessia sonrió, apoyando la barbilla en la mano.

—Se nota que me escuchas cuando hablo.

—Siempre te escucho. —La miró con ternura—. Es lo único que sé hacer bien, últimamente.

—Eso y cocinar arroz sin que se pegue. Has mejorado mucho.

—Un poco.

Se rieron los dos, y el sonido se mezcló con el rumor lejano del tráfico nocturno, con el aroma de la cena a medio terminar, con la tranquilidad de una vida que, poco a poco, se había ido llenando de momentos así: pequeños, sencillos, sin ninguna urgencia detrás.




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