El coleccionista de bragas

Capítulo 26: El ensayo.

La casa de Lucía y Mercedes, dos semanas antes de la boda, parecía el cuartel general de una operación militar disfrazada de celebración familiar.

Había telas de muestra desplegadas sobre el sofá, listas de invitados corregidas a mano en tres colores distintos de tinta, y un plano del jardín donde Bianca había dibujado, con precisión casi arquitectónica, la disposición de cada mesa.

—Si ponemos a Vidal cerca del bufé, se pasará toda la noche vigilando la puerta en lugar de disfrutar —decía Bianca, tachando un nombre en el plano—. Mejor cerca de Amelia. Las dos hablan el mismo idioma.

—¿Cuál? —preguntó Alessia, asomándose por encima de su hombro.

—El de la gente que ha visto demasiado y ya no se sorprende de nada.

Águeda, sentada en un rincón con una taza de té entre las manos, observaba todo aquello con una mezcla de fascinación y vértigo que no había perdido desde su llegada.

—En Argentina las bodas no se organizan así —comentó, entre risas—. Allí uno reserva un salón, contrata un DJ, y se acabó la planificación.

—Esta familia no sabe hacer nada de manera sencilla —dijo Mercedes, entrando con una bandeja de pastas—. Llevamos generaciones complicándolo todo.

—Empezando por vosotras dos —intervino Lucía, señalando a Mercedes y a Amelia, que discutían en el jardín sobre la disposición exacta de las sillas—. Sesenta años sin hablarse, y ahora sois incapaces de ponerse de acuerdo en si las flores deben ser blancas o azules.

—Azules —dijeron las dos al unísono, desde el jardín, sin siquiera girarse.

Todos se rieron. Águeda, en su rincón, se secó una lágrima discreta con el dorso de la mano.

—¿Estás bien? —preguntó Alessia, sentándose a su lado.

—Estoy abrumada, en el buen sentido. —Águeda sonrió—. Llevo sesenta años imaginando cómo sería tener una familia normal, y resulta que la que me ha tocado es de todo menos normal. Pero es real. Y es mía. Y no sé cómo agradecer eso.

—No hace falta que lo agradezcas. Solo tienes que quedarte.

—Pienso hacerlo.

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El ensayo de la ceremonia se celebró un sábado por la tarde, en el jardín de castaños de la clínica Santa Amalia, el mismo lugar donde Lucía y Mercedes se habían reencontrado meses atrás y que Alessia había elegido, sin dudarlo, como escenario para la boda.

—¿Estás segura de que quieres casarte aquí? —le había preguntado Damián, semanas antes—. Es donde ocurrieron tantas cosas difíciles.

—Por eso mismo. —Alessia le había tomado la mano—. Quiero que el lugar que guardó tanto dolor durante tanto tiempo aprenda a guardar también algo bueno. Que los castaños que vieron llorar a nuestras madres nos vean reír a nosotros.

Y así, aquella tarde de sábado, mientras Dolores organizaba sillas plegables bajo la supervisión estricta de Bianca, y el pequeño equipo de la Fundación colocaba guirnaldas de flores azules entre las ramas ya desnudas del otoño, toda la familia se reunió para practicar los movimientos del día siguiente.

—Tú entras por aquí —indicaba el oficiante, un amigo de Vidal jubilado del registro civil que se había ofrecido encantado a dirigir la ceremonia—. Y caminas hasta el altar improvisado, donde te espera Damián.

—¿Y quién me acompaña? —preguntó Alessia.

Se hizo un pequeño silencio. Su padre había muerto años atrás, y su madre, aunque presente y lúcida, no tenía la fuerza física para caminar largos trechos sin ayuda.

—Yo —dijo una voz desde el fondo del jardín.

Todos se giraron. Amelia avanzaba con su bastón, con la espalda tan erguida como se lo permitían sus años, y una expresión de determinación absoluta.

—Yo te voy a acompañar —repitió—. Te sostuve la primera vez que caminaste, cariño. Es justo que también te sostenga esta vez.

Alessia sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas, algo que llevaba ocurriendo con una frecuencia alarmante en las últimas semanas.

—Abuela...

—No discutas conmigo. Ya he decidido, y a mi edad, cuando decido algo, nadie me lo puede quitar.

Nadie discutió. Practicaron el recorrido varias veces, con Amelia del brazo de Alessia, caminando despacio por el sendero de grava hasta el altar improvisado bajo el castaño más grande, donde Damián esperaba con una sonrisa que no lograba disimular la emoción.

—¿Y los votos? —preguntó el oficiante—. ¿Los han preparado ya?

—Todavía no —admitió Alessia, algo avergonzada—. Cada vez que intento escribirlos, me parece que las palabras se quedan cortas.

—A mí me pasa lo mismo —confesó Damián.

—Bueno, tienen hasta mañana. —El oficiante sonrió con paciencia profesional—. Algo se les ocurrirá.

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Esa noche, después de que todos se retiraran, agotados de tanto preparativo, Damián y Alessia se quedaron un rato más en el jardín, sentados en el sofá de mimbre donde Lucía y Mercedes se habían reencontrado meses atrás, disfrutando del silencio recién descubierto de un lugar que por fin, después de tanta historia, empezaba a sentirse tranquilo.

—¿Nerviosa? —preguntó él, pasándole un brazo por los hombros.

—Un poco. Pero no por la boda en sí. Por los votos.

—¿Qué te preocupa?

—Que cualquier cosa que diga sonará demasiado pequeña comparada con todo lo que hemos vivido. —Se apoyó en su pecho—. ¿Cómo resumes en dos minutos algo tan grande como esto?

—No creo que se pueda resumir. —Damián le acarició el pelo, pensativo—. Creo que solo se puede intentar decir la verdad más simple que se te ocurra, y confiar en que eso baste.

—¿Y cuál es tu verdad más simple?

Él se quedó pensando un momento, mirando las ramas desnudas del castaño sobre ellos, recortadas contra un cielo ya oscuro y estrellado.

—Que antes de conocerte, coleccionaba cosas porque tenía miedo de que la vida se me escapara entre los dedos sin dejar rastro. Y ahora que te conozco, ya no necesito guardar nada, porque cada día contigo se siente como si por fin estuviera viviendo de verdad, sin necesidad de conservarlo en ningún cajón.




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