Alessia despertó antes de que sonara ningún despertador, con la luz gris del amanecer filtrándose por la ventana y el corazón latiéndole con una calma extraña, casi solemne.
Bianca dormía todavía en el colchón inflable, con un brazo colgando fuera y el pelo hecho un desastre de rizos. Alessia se quedó un momento mirando el techo, repasando mentalmente todo lo que había ocurrido en los últimos meses: el semáforo bajo la lluvia, el cuadro falso, las vitrinas, el río, las tarjetas de cumpleaños, el reencuentro con Mercedes junto al mar. Todo aquello, que unos meses atrás le habría parecido una pesadilla imposible de sobrevivir, se había ido transformando, capa a capa, en la base sólida de la vida que estaba a punto de empezar oficialmente.
—Estás despierta —murmuró Bianca, sin abrir los ojos del todo—. Lo sé porque has dejado de respirar como cuando duermes.
—Eso mismo dice Damián.
—Porque es verdad. Se te acelera el pulso. —Bianca se incorporó, bostezando—. ¿Nerviosa?
—Tranquila. Es raro, pero estoy completamente tranquila.
—Eso es buena señal.
Se levantaron juntas, y el resto de la mañana se convirtió en un torbellino organizado de peluquería improvisada, vestidos colgados de las puertas, y un desfile constante de mujeres de la familia entrando y saliendo de la habitación con opiniones sobre todo: el peinado, el maquillaje, si el ramo debía llevar más flores azules o más blancas.
—Azules —sentenció Amelia, desde la puerta, con la autoridad de quien ya había ganado esa discusión semanas atrás—. Siempre azules.
Marina entró poco después, con un pincel fino en la mano y una expresión de concentración absoluta.
—Quiero pintarte algo —dijo—. En la muñeca. Discreto, para que solo tú sepas que está ahí.
—¿Qué es?
—Una M. —Marina sonrió, mientras trazaba con cuidado, sobre la piel interior de la muñeca de su hija, una pequeña inicial en tinta azul lavable—. Por Marina, por Mercedes, por Marta. Por todas las mujeres de esta historia que empezamos con esa letra, y que hoy, de alguna manera, caminamos contigo hasta el altar.
Alessia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas por enésima vez esa semana, y tuvo que abanicarse con la mano para no estropear el maquillaje recién aplicado.
—Gracias, mamá.
—Gracias a ti, por darme la oportunidad de decir esa palabra sin que me duela.
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Mientras tanto, en la otra ala de la casa, Damián se enfrentaba a una crisis mucho más mundana: la pajarita.
—No entiendo cómo funciona esto —murmuraba, luchando contra el nudo por quinta vez consecutiva, frente al espejo del cuarto de invitados.
—Déjame. —Ignacio se acercó, ya vestido con su propio traje, y le arregló la pajarita con manos expertas—. Algo he aprendido en treinta y ocho años de vida, aunque sea esto.
—Gracias.
—¿Cómo estás?
—Bien. —Damián se miró en el espejo, ajustándose la chaqueta—. Mejor que bien, en realidad. Un poco irreal, quizás. Como si todavía esperara que algo saliera mal.
—Nada va a salir mal.
—Lo sé. Pero llevo tantos años esperando catástrofes que la calma me resulta casi sospechosa.
Ignacio sonrió, apoyándose contra la pared.
—Es normal. Llevamos toda la vida entrenados para desconfiar de los momentos buenos. Va a tomar tiempo desaprenderlo.
—¿Tú lo has desaprendido?
—Un poco cada día. Con Marta, con este viaje a Italia, con todo esto. —Señaló vagamente a su alrededor—. Pero todavía me sorprendo, a veces, esperando que alguien golpee la puerta con malas noticias.
—Y si golpean, al menos ahora tenemos a quién llamar.
—Eso es verdad.
Se quedaron un momento en silencio, dos hermanos vestidos de gala, compartiendo esa complicidad callada que ya no necesitaba palabras.
—¿Tienes los votos? —preguntó Ignacio.
—Los escribí anoche. —Damián se palpó el bolsillo interior de la chaqueta, donde había guardado un papel doblado—. Espero no llorar tanto que no pueda leerlos.
—Llora todo lo que quieras. Es tu boda.
—Gracias por el permiso.
—Para eso están los hermanos.
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A las cuatro de la tarde, el jardín de castaños de la clínica Santa Amalia se había transformado por completo. Guirnaldas de flores azules colgaban entre las ramas ya casi desnudas de otoño, filas de sillas blancas se extendían frente al altar improvisado bajo el árbol más grande, y un cuarteto de cuerda, contratado por Águeda como regalo de bienvenida a la familia, afinaba sus instrumentos en un rincón.
Los invitados fueron llegando poco a poco: Vidal en su silla de ruedas, con un vestido elegante que sustituía por primera vez a su habitual chaqueta de trabajo y, por supuesto, el sombrero de siempre. Elena e Irene, tomadas de la mano, con sonrisas idénticas. Nerea, radiante, acompañada por un joven que presentó tímidamente como "un compañero del hospital, nada serio todavía". Bruno, incómodo en un traje que le quedaba justo, sentado junto a Dolores, que se había convertido en una asidua visitante de las reuniones familiares desde el reencuentro de Lucía y Mercedes.
Marta llegó de la mano de Ignacio, con un vestido sencillo de color hueso y una sonrisa que ya no necesitaba disimular nada. Teo, sentado discretamente en la última fila, sostenía entre las manos el pequeño espejo restaurado que había prometido tener listo para la ocasión, envuelto con cuidado en papel de seda.
Y bajo el castaño, con el traje bien ajustado gracias a la paciencia de Ignacio, Damián esperaba con las manos entrelazadas frente a él y una expresión que oscilaba entre el nerviosismo y una felicidad que apenas podía contener.
El cuarteto empezó a tocar.
Alessia apareció al final del sendero de grava, del brazo de Amelia, con un vestido sencillo de color marfil, sin adornos excesivos, con el pelo recogido y unos mechones sueltos enmarcándole el rostro. Llevaba el ramo de flores azules que Mercedes había insistido en preparar personalmente, y en su muñeca, apenas visible, la pequeña M que Marina había pintado esa mañana.