Volvieron a la ciudad diez días después, bronceados, descansados, y con un secreto que ya empezaba a pesarles en las ganas de compartirlo. Vermeer los recibió en el apartamento con el ceremonial habitual de reproches y ronroneos, y la vida retomó, poco a poco, su ritmo cotidiano: la Fundación, el taller, las visitas familiares de los domingos.
Esperaron seis semanas, tal como había recomendado la ginecóloga, antes de hacer la primera ecografía. Fueron juntos, de la mano, con un nerviosismo que ninguno de los dos intentó disimular.
—Ahí está —dijo la doctora, señalando la pantalla en blanco y negro donde una pequeña forma, apenas reconocible, latía con un ritmo constante—. Todo perfecto. Corazón fuerte, tamaño acorde a las semanas.
Alessia sintió que las lágrimas le corrían sin control, y Damián, a su lado, apretó su mano con tanta fuerza que ella tuvo que recordarle, entre risas, que todavía la necesitaba entera.
—¿Podemos saber si es niño o niña? —preguntó él.
—Todavía es pronto. En unas semanas más.
Salieron de la consulta con la primera fotografía de la ecografía guardada con cuidado en el bolso de Alessia, como si fuera la pieza más valiosa que hubieran restaurado nunca.
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Decidieron dar la noticia el domingo siguiente, durante la comida familiar que ya se había convertido en tradición inquebrantable, en la casa de Lucía y Mercedes, con el jardín lleno de risas y el aroma de la comida recién hecha flotando en el aire.
Esperaron al postre, cuando todos estaban ya relajados alrededor de la mesa, con las copas de vino medio vacías y las conversaciones fluyendo sin prisa.
—Tenemos algo que anunciar —dijo Damián, poniéndose de pie con una sonrisa que apenas lograba contener.
La mesa entera se quedó en silencio, expectante.
—Vamos a tener un bebé.
El grito colectivo que siguió probablemente se escuchó en la casa vecina. Bianca saltó de su silla, abrazando a Alessia con tanta fuerza que casi tiró la copa de vino que todavía sostenía. Amelia se llevó las manos al pecho, con lágrimas corriéndole libremente por las mejillas. Lucía y Mercedes se abrazaron entre sí, riendo y llorando al mismo tiempo. Marina se acercó despacio hasta su hija, tomándole las manos con una ternura que contenía años enteros de espera.
—Voy a ser abuela —dijo, con la voz quebrada—. Después de todo lo que perdí, voy a ser abuela.
—Y yo bisabuela —añadió Amelia, sonriendo entre lágrimas—. A mi edad, eso ya casi merece un milagro.
Ignacio abrazó a su hermano con una fuerza que llevaba implícita toda la historia compartida entre los dos, todos los años de silencio y de miedo transformados, por fin, en esta alegría desbordante.
—Voy a ser tío —dijo, con la voz rota—. Nunca pensé que podría decir esa frase sin que me diera miedo lo que vendría después.
—Ahora solo viene esto —respondió Damián, abrazándolo con fuerza—. Cosas buenas. Muchas.
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Águeda, sentada un poco apartada, observaba la escena con lágrimas silenciosas, y cuando por fin Alessia se acercó a abrazarla, la mujer se aferró a ella con una necesidad profunda.
—No puedo creer que vaya a ser tía abuela —dijo—. Sesenta años sin familia, y ahora tengo demasiada de golpe.
—Nunca es demasiada familia —respondió Alessia—. Créeme, lo hemos comprobado.
Marta e Ignacio se miraron con una complicidad silenciosa que todos en la mesa notaron, aunque nadie dijo nada al respecto todavía. Elena e Irene brindaron con lágrimas felices. Vidal, desde su silla, levantó su copa con una sonrisa amplia que le rejuvenecía el rostro entero.
—Este bebé va a nacer en la familia más extraña y más querida del mundo —dijo la exinspectora—. Con razón va a ser especial.
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Los meses siguientes transcurrieron con la lentitud dulce de un embarazo bien acompañado. Alessia siguió trabajando en la Fundación, aunque con menos horas de pie frente al caballete, delegando cada vez más tareas en Teo, que había demostrado, con el paso de los meses, una habilidad natural para la restauración que superaba incluso las expectativas de su mentora.
—Vas a ser mejor restaurador que yo —le dijo un día, observándolo trabajar sobre un lienzo delicado con una precisión que ya no necesitaba supervisión constante.
—Lo dudo. —Teo sonrió, sin apartar la vista del trabajo—. Pero gracias por confiar en mí lo suficiente como para decirlo.
—Vas a necesitar hacerte cargo de más cosas pronto. Voy a estar ocupada las próximas semanas.
—Lo sé. —La miró con calidez—. Estoy listo. Gracias a ti.
Marta, por su parte, había terminado su régimen abierto y ya trabajaba a tiempo completo en el archivo de restitución, con una dedicación que la había convertido en pieza fundamental del funcionamiento de la Fundación. El viaje a Italia con Ignacio se había pospuesto una vez, cuando decidieron que preferían estar presentes para el nacimiento del bebé antes de marcharse, un gesto que conmovió profundamente a Alessia cuando se enteró.
—No tenéis que quedaros por nosotros —les había dicho.
—Queremos hacerlo —había respondido Marta, con una sonrisa serena—. Después de todo lo que hemos vivido juntos, no me imagino estar en otro lugar cuando nazca.
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El séptimo mes de embarazo trajo consigo una visita inesperada: Nerea, ya médica residente en el hospital donde había trabajado como enfermera, apareció un día en la Fundación con una expresión seria que preocupó a Alessia de inmediato.
—¿Va todo bien? —preguntó, alarmada.
—Sí, sí, todo bien. —Nerea sonrió, algo nerviosa—. Es solo que... quería pedirte algo. Y a Damián también, si está de acuerdo.
—Dime.
—Me gustaría ser la médica que atienda el parto. Ya he terminado la especialidad de obstetricia, y sé que suena raro pedirlo, considerando todo lo que ha pasado entre nosotros, pero...
Alessia la interrumpió con un abrazo.
—Nerea. Nada me haría más feliz que tenerte allí.