El Coleccionista de Rostros

Prologo

La lluvia comenzó a caer sobre San Jerónimo del Valle poco después de las diez de la noche.

Para medianoche, las calles estaban vacías.

Los escaparates permanecían oscuros.

Las cortinas cerradas.

Las puertas aseguradas.

Como si el pueblo entero hubiese decidido esconderse de algo.

O de alguien.

A las dos de la madrugada, una llamada llegó a la comisaría.

Una administradora de apartamentos.

Una vecina preocupada.

Un olor extraño.

Nada fuera de lo común.

Al menos al principio.

El detective Javier Ramírez recibió el aviso cuarenta minutos después.

Cuando llegó al edificio, la lluvia seguía golpeando el asfalto.

Dos patrullas ya esperaban en el lugar.

—Cuarto piso —informó uno de los agentes—. Apartamento 407.

Ramírez subió las escaleras.

Y comenzó a percibir el olor mucho antes de llegar.

Pesado.

Denso.

Inconfundible.

Muerte.

Los vecinos observaban desde las puertas entreabiertas.

Nadie hablaba.

Nadie quería acercarse.

Uno de los agentes golpeó varias veces.

No hubo respuesta.

La administradora entregó una llave maestra.

La cerradura giró.

La puerta se abrió.

Y el silencio desapareció.

Nadie estaba preparado para lo que había dentro.

Las paredes parecían pintadas de rojo.

No era pintura.

La sangre cubría el apartamento de una forma imposible de ignorar.

Había salpicaduras en las ventanas.

En los muebles.

En el techo.

Como si la violencia hubiera alcanzado cada rincón de la habitación.

Uno de los policías apartó la mirada.

Otro salió al pasillo para vomitar.

Ramírez permaneció inmóvil.

Observando.

Procesando.

En el centro de la sala había una silla.

Y sobre ella descansaba el cuerpo de una mujer.

Sentada.

Perfectamente inmóvil.

Como una figura colocada en exhibición.

Pero lo peor era su rostro.

O la ausencia de él.

Donde debería haber estado su cara había una máscara construida con fotografías.

Docenas de fotografías.

Hombres.

Mujeres.

Ancianos.

Jóvenes.

Personas desaparecidas.

Cada imagen había sido unida cuidadosamente a las demás.

Creando una grotesca colección de ojos que parecían observar a cualquiera que entrara en la habitación.

Ramírez sintió un escalofrío.

No por la sangre.

No por el cadáver.

Sino por el tiempo que alguien debió dedicar a construir aquello.

Porque aquel crimen no había sido impulsivo.

Había sido planificado.

Paciente.

Meticuloso.

Entonces vio el mensaje.

Debajo de la silla.

Escrito con sangre aún fresca.

"La primera todavía está viva."

La habitación quedó en silencio.

Nadie entendía lo que significaba.

Pero todos comprendieron una cosa.

Aquello no era el principio.

Era una continuación.

La escena final de una historia que había comenzado mucho tiempo atrás.

Ramírez observó nuevamente la máscara de fotografías.

Una pregunta comenzó a abrirse paso en su mente.

¿Quiénes eran esas personas?

Y una pregunta aún peor surgió inmediatamente después.

¿Cuántas más faltaban por aparecer?

Fuera del apartamento, la lluvia siguió cayendo sobre San Jerónimo del Valle.

Indiferente.

Silenciosa.

Como si el pueblo ya supiera que algo terrible acababa de despertar.




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