El Coleccionista de Rostros

Capitulo 1 La Familia Mendoza

La niebla cubría San Jerónimo del Valle como una manta gris.

Era temprano.

Demasiado temprano para que las calles estuvieran llenas.

Los comercios permanecían cerrados y apenas algunas luces brillaban detrás de las ventanas de las casas.

El pueblo despertaba despacio.

Como siempre.

Desde la ventana de la cocina, Elena Mendoza observó la calle mientras preparaba el desayuno.

El olor a café llenaba la casa.

—Gabriel, vas a llegar tarde.

—Todavía tengo tiempo.

Gabriel levantó la vista del periódico.

Llevaban veintidós años casados.

Y desde hacía veintidós años mantenían exactamente la misma conversación cada mañana.

Elena sonrió.

—Eso dices siempre.

—Porque siempre es verdad.

La puerta del segundo piso se abrió.

Unos pasos descendieron por la escalera.

Valeria apareció bostezando.

—Buenos días.

—Buenos días, princesa —dijo Elena.

La niña ocupó su lugar habitual en la mesa.

—¿Hay panqueques?

—No.

—Entonces este día empezó mal.

Gabriel soltó una carcajada.

—Tienes once años y ya te quejas como un adulto.

—Estoy practicando.

El sonido de otra puerta interrumpió la conversación.

Adrián apareció en las escaleras.

Vestía el uniforme escolar perfectamente acomodado.

Cabello peinado.

Mochila lista.

Todo en orden.

Como siempre.

—Buenos días.

—Buenos días, cariño —respondió Elena.

Gabriel asintió.

—Llegas temprano.

—Son las mismas horas de todos los días.

—Precisamente.

Valeria rodó los ojos.

—No lo felicites por levantarse.

Todos nos levantamos.

—No todos lo hacen sin que se los pidan tres veces.

—Eso fue una indirecta para mí.

—Sí.

—Pues no la acepto.

Las risas llenaron la cocina.

Por unos instantes, parecían una familia perfectamente normal.

Y quizá lo eran.

Al menos desde fuera.

La silla vacía estaba al final de la mesa.

Nadie la mencionó.

Nadie tuvo que hacerlo.

Lucas regresaría aquella tarde.

Después de varios meses fuera del pueblo.

Elena había limpiado su habitación dos veces durante la semana.

Gabriel fingía que no le importaba.

Y Valeria había estado contando los días en un calendario.

—¿A qué hora llega? —preguntó la niña.

—A las cuatro —respondió Elena.

—Voy a ir con ustedes a buscarlo.

—Es un autobús, no una celebridad.

—Para mí sí.

Adrián terminó de desayunar.

Tomó un sorbo de café.

Escuchó la conversación sin intervenir.

Como casi siempre.

—¿Tú no lo extrañaste? —preguntó Valeria.

—Claro que sí.

—No parece.

—No todos muestran las cosas igual.

La niña pareció satisfecha con la respuesta.

La escuela se encontraba a diez minutos caminando desde la casa.

Adrián recorrió las calles húmedas mientras la niebla comenzaba a disiparse.

San Jerónimo del Valle parecía tranquilo.

Pero algo había cambiado.

Se notaba en las miradas.

En los murmullos.

En las conversaciones a media voz.

Todos hablaban del mismo tema.

El asesinato del apartamento 407.

Dos ancianos discutían frente a una cafetería.

Un grupo de estudiantes comentaba las noticias.

Una mujer aceleró el paso cuando alguien mencionó la palabra "asesino".

El miedo comenzaba a extenderse.

Y el miedo era contagioso.

Al mediodía, la noticia ya había recorrido toda la escuela.

—Mi padre dice que fue alguien de fuera del pueblo.

—Mi tío cree que es un asesino serial.

—Escuché que encontraron fotografías.

—Eso es mentira.

—No es mentira.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque mi primo trabaja con la policía.

Adrián escuchó la conversación desde su pupitre.

Sin intervenir.

Observando.

Como siempre.

Su compañero de clase, Marcos, se sentó frente a él.

—¿Y tú qué opinas?

—¿Sobre qué?

—Sobre el asesinato.

Adrián cerró el libro que estaba leyendo.

—No lo sé.

—Vamos.

Todo el mundo tiene una teoría.

—Yo no.

Marcos suspiró.

—A veces pareces un extraterrestre.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Lo sé.

A las cuatro de la tarde, la familia Mendoza esperaba en la pequeña estación de autobuses.

Valeria prácticamente saltaba de emoción.

Gabriel intentaba disimular su impaciencia.

Elena sonreía.

Entonces el autobús apareció.

Los frenos chirriaron.

Las puertas se abrieron.

Y los pasajeros comenzaron a descender.

Lucas fue uno de los últimos.

Más alto.

Más delgado.

Con una mochila al hombro.

Y una expresión cansada.

Valeria corrió hacia él.

—¡Idiota!

Lucas la abrazó.

—Yo también te extrañé.

Elena fue la siguiente.

Después Gabriel.

Finalmente sus ojos se encontraron con los de Adrián.

Durante unos segundos ninguno habló.

Entonces Lucas sonrió.

—Hola, hermano.

—Hola.

Algo pasó entre ambos.

Algo demasiado breve para explicarlo.

Pero lo suficientemente extraño para que Elena lo notara.

Y lo suficientemente incómodo para que Gabriel desviara la mirada.

Nadie dijo nada.

La familia regresó a casa.

La niebla comenzaba a descender otra vez sobre San Jerónimo del Valle.

Y mientras las luces se encendían en las calles, en algún lugar del pueblo alguien observaba una fotografía.

La observaba en silencio.

Como si estudiara una obra de arte.

Como si estuviera decidiendo algo.

Algo importante.

Algo terrible.

Y cuando finalmente apartó la mirada de la imagen, una nueva fotografía fue colocada junto a las demás.

La colección seguía creciendo.




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