El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 2 El Regreso

La cena comenzó como cualquier otra.

Elena había preparado pollo al horno.

Gabriel hablaba del taller.

Valeria no dejaba de hacer preguntas.

Y Lucas respondía a medias mientras intentaba comer.

—¿Y cómo es la universidad? —preguntó Valeria.

—Grande.

—¿Más grande que la escuela?

—Mucho más grande.

—¿Y tienes novia?

Lucas casi se atragantó.

—Valeria.

—¿Qué?

—Déjalo comer.

—Solo era una pregunta.

Gabriel soltó una carcajada.

—Yo también quiero saber.

Lucas levantó la vista.

—No.

—Entonces estás desperdiciando tu juventud.

—Gracias por el consejo, papá.

La tensión apareció durante apenas un segundo.

Sutil.

Pero suficiente para que todos la notaran.

Todos menos Valeria.

Ella siguió comiendo como si nada.

Más tarde, Adrián encontró a Lucas sentado solo en el porche.

La noche había caído sobre San Jerónimo del Valle.

La niebla comenzaba a cubrir la calle.

—No puedes dormir.

No era una pregunta.

Lucas sonrió.

—Sigo odiando eso.

—¿Qué?

—Que siempre parezca que sabes lo que estoy pensando.

Adrián se apoyó contra la baranda.

—No sé lo que piensas.

—Mentira.

—Entonces dime qué estoy pensando ahora.

Lucas observó la oscuridad.

—Que debería haberme quedado en la universidad.

—No.

—¿Ves? Imposible hablar contigo.

Adrián sonrió ligeramente.

Lucas se quedó observándolo unos segundos.

Después miró hacia la calle.

—El pueblo está diferente.

—¿Por el asesinato?

—Por el miedo.

Un automóvil pasó lentamente frente a la casa.

Las luces desaparecieron entre la niebla.

—La gente tiene miedo porque no entiende lo que está pasando.

—¿Y tú sí?

Lucas tardó varios segundos en responder.

—Creo que alguien está escondiendo algo.

Adrián lo miró.

—¿Quién?

—No lo sé.

Pero cuando Lucas dijo aquello, parecía estar pensando en alguien concreto.

Al día siguiente, el detective Ramírez recibió los resultados preliminares de la escena del apartamento 407.

Nada.

Ni huellas.

Ni ADN útil.

Ni cámaras.

Ni testigos.

Era como si el asesino hubiera aparecido de la nada.

Y luego hubiera desaparecido de la misma manera.

Ramírez observó nuevamente las fotografías encontradas en la máscara.

Había algo que no encajaba.

Todas pertenecían a personas desaparecidas.

Algunas recientes.

Otras muy antiguas.

Y una en particular llamó su atención.

Una adolescente.

Dieciséis años.

Desaparecida hacía nueve años.

Nombre:

Sofía Navarro.

Ramírez tomó el expediente.

Lo abrió.

Y comenzó a leer.

Aquella misma tarde, Lucas visitó la biblioteca municipal.

No era la primera vez.

La bibliotecaria lo reconoció inmediatamente.

—Volviste.

—Por unas semanas.

—¿Buscando lo mismo?

Lucas dudó.

—Sí.

La mujer suspiró.

—Pensé que ya habías dejado eso atrás.

—Yo también.

Pero era mentira.

Los dos lo sabían.

Lucas caminó entre los estantes hasta llegar a la sección de periódicos archivados.

Tomó una carpeta.

Luego otra.

Y otra más.

Todas relacionadas con una misma persona.

Sofía Navarro.

Durante una hora revisó artículos, fotografías y reportajes.

La mayoría repetía la misma información.

Desaparecida.

Sin pistas.

Sin sospechosos.

Sin respuestas.

Hasta que encontró algo diferente.

Un artículo pequeño.

Casi escondido.

Una nota olvidada por todos.

Lucas leyó el texto dos veces.

Luego una tercera.

Y sintió un escalofrío.

Porque mencionaba algo que jamás había visto en ningún otro lugar.

Un testigo.

Alguien que afirmó haber visto a Sofía la noche de su desaparición.

Un nombre.

Una dirección.

Y una declaración que desapareció misteriosamente del expediente oficial.

Lucas arrancó una hoja de papel.

Anotó la dirección.

Y guardó el artículo.

No podía explicarlo.

Pero tenía la sensación de estar acercándose a algo importante.

Algo que alguien había intentado ocultar durante mucho tiempo.

Esa noche, mientras la lluvia comenzaba a caer sobre el pueblo, una mujer caminaba sola por una calle desierta.

Llevaba un paraguas negro.

Y una bolsa de compras.

No notó la figura que la observaba desde la distancia.

No escuchó los pasos.

No vio la sombra.

No percibió el peligro.

Simplemente siguió caminando.

Sin saber que alguien acababa de tomar una decisión.

Y que antes de que terminara la semana, su rostro pasaría a formar parte de una colección que nadie conocía.




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