El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 3 La Fotografia Número Veintisiete

La lluvia no se detuvo en toda la noche.

A la mañana siguiente, San Jerónimo del Valle parecía cubierto por una capa de agua y niebla.

Las conversaciones habían cambiado.

Ya nadie hablaba de otra cosa.

El asesinato del apartamento 407 se había convertido en el centro de todas las discusiones.

En la cafetería.

En la escuela.

En el mercado.

Incluso en la iglesia.

El miedo se estaba instalando lentamente en el pueblo.

Y una vez que el miedo encuentra un lugar donde vivir, es muy difícil expulsarlo.

El detective Javier Ramírez llevaba más de dos horas revisando fotografías.

Las mismas fotografías.

Una y otra vez.

Extendidas sobre su escritorio.

Veintisiete imágenes.

Veintisiete personas desaparecidas.

Algunas llevaban meses desaparecidas.

Otras años.

Y una de ellas casi una década.

Sofía Navarro.

Ramírez sostuvo la fotografía entre sus dedos.

La muchacha sonreía.

Era una sonrisa despreocupada.

La sonrisa de alguien que todavía creía que el mundo era un lugar seguro.

La fecha escrita en el expediente indicaba que tenía dieciséis años cuando desapareció.

Nueve años.

Nueve malditos años.

Y aún no existían respuestas.

El detective abrió el archivo.

Pasó páginas.

Reportes.

Entrevistas.

Búsquedas.

Nada.

Entonces encontró algo que no había visto antes.

Una página arrancada.

No parcialmente.

Completamente arrancada.

Alguien había retirado información del expediente.

Y aquello le desagradó profundamente.

Porque significaba que alguien había manipulado el caso.

En la escuela, Adrián observaba la lluvia caer tras las ventanas del salón.

La profesora explicaba algo relacionado con historia.

Nadie prestaba atención.

Todos hablaban del asesinato.

—Mi mamá no me deja salir después de las seis.

—Mi padre compró una cerradura nueva.

—Dicen que la mujer estuvo desaparecida varios días antes de aparecer.

—Yo escuché que le arrancaron la cara.

La conversación recorría el aula.

Adrián permanecía en silencio.

Como siempre.

Marcos se sentó a su lado.

—¿Tú nunca tienes miedo?

—Claro que sí.

—No parece.

—Las apariencias engañan.

Marcos soltó una risa.

—Eres raro.

—Lo sé.

Esa misma tarde, Lucas condujo hasta una zona antigua del pueblo.

La dirección que había encontrado en la biblioteca lo llevó a una pequeña casa de madera.

Vieja.

Descuidada.

Con pintura desprendida de las paredes.

Permaneció varios segundos observándola desde el automóvil.

Después bajó.

Y golpeó la puerta.

Una vez.

Dos veces.

Tres.

Finalmente alguien abrió.

Una mujer anciana apareció al otro lado.

Cabello completamente blanco.

Mirada cansada.

—¿Sí?

—Disculpe la molestia.

La mujer lo observó.

—¿Quién es usted?

—Mi nombre es Lucas Mendoza.

La expresión de la anciana cambió apenas un instante.

Un detalle tan pequeño que habría pasado desapercibido para cualquiera.

Pero Lucas lo vio.

—¿Qué quiere?

—Quiero hablar sobre Sofía Navarro.

La puerta comenzó a cerrarse.

Lucas colocó una mano antes de que lo lograra.

—Por favor.

Solo unos minutos.

La mujer pareció debatirse internamente.

Finalmente suspiró.

Y abrió la puerta.

—Entre.

Una hora después, Lucas salió de la casa mucho más confundido de lo que había entrado.

La anciana apenas había respondido preguntas.

Pero una respuesta quedó grabada en su mente.

Una respuesta que no dejaba de repetirse.

—La policía investigó al hombre equivocado.

Lucas recordó aquellas palabras mientras regresaba a su automóvil.

El hombre equivocado.

¿Quién era el correcto?

Y más importante aún...

¿Por qué nadie había vuelto a hablar de ello?

Esa misma noche, una mujer llamada Clara Benítez cerró la librería donde trabajaba.

Tenía cuarenta y dos años.

Dos hijos.

Un divorcio complicado.

Y una rutina que repetía exactamente igual cada día.

Apagó las luces.

Cerró con llave.

Y comenzó a caminar hacia casa.

No notó la figura al otro lado de la calle.

No vio los ojos que la observaban.

No escuchó los pasos detrás de ella.

La lluvia ayudaba a ocultar muchos sonidos.

Al doblar una esquina, Clara sintió algo extraño.

Una sensación.

La impresión de que no estaba sola.

Miró hacia atrás.

Nadie.

Volvió a caminar.

Más rápido.

La sensación regresó.

Esta vez más fuerte.

Giró nuevamente.

Nada.

Solo oscuridad.

Solo lluvia.

Solo una calle vacía.

Apretó el paso.

Y desapareció al final de la avenida.

Sin saber que sería la última vez que alguien la vería con vida.

Poco antes de la medianoche, una cámara tomó una fotografía.

Un destello breve.

Silencioso.

Preciso.

Un clic.

Después otro.

Y otro más.

Como si alguien estuviera capturando algo extremadamente valioso.

Algo único.

Algo irrepetible.

Un rostro.

Y en algún lugar de San Jerónimo del Valle, una colección acababa de crecer una vez más.




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