Clara Benítez no llegó a casa.
Al principio nadie se alarmó.
Su exmarido pensó que había decidido quedarse con alguna amiga.
Sus hijos creyeron que estaba trabajando hasta tarde.
Incluso la policía consideró que podía tratarse de una ausencia voluntaria.
Las primeras veinticuatro horas transcurrieron sin demasiadas preocupaciones.
Las siguientes veinticuatro fueron diferentes.
Y al tercer día, todo San Jerónimo del Valle comenzó a hablar de ello.
Porque Clara Benítez era la segunda persona desaparecida relacionada temporalmente con el caso del apartamento 407.
Y las coincidencias empezaban a agotarse.
El detective Ramírez recibió la denuncia aquella mañana.
Leyó el informe completo.
Edad: cuarenta y dos años.
Profesión: empleada de librería.
Última vez vista: saliendo del trabajo.
Testigos: ninguno.
Cámaras: inutilizables debido a la lluvia.
Ramírez cerró el expediente.
Algo no le gustaba.
No podía explicarlo.
Pero sentía que estaba observando el mismo patrón repetirse una vez más.
Y las personas desaparecidas rara vez reaparecían cuando ese patrón comenzaba.
Mientras tanto, Lucas seguía pensando en la anciana que había visitado.
Las palabras no abandonaban su cabeza.
"Investigaron al hombre equivocado."
Aquella frase parecía perseguirlo.
Sentado en la biblioteca, revisó nuevamente los artículos antiguos.
Intentó encontrar nombres.
Errores.
Omisiones.
Cualquier cosa.
Y entonces apareció algo.
Una fotografía grupal tomada durante una feria local nueve años atrás.
Lucas se inclinó hacia delante.
Observó la imagen.
Después más de cerca.
Luego todavía más.
Porque acababa de reconocer a alguien.
Gabriel Mendoza.
Su padre.
Estaba en la fotografía.
A pocos metros de Sofía Navarro.
Y no parecían simples conocidos.
Parecían cercanos.
Muy cercanos.
Lucas sintió una incomodidad creciente.
¿Por qué su padre había ocultado aquello?
Esa noche, durante la cena, decidió preguntarlo.
—Papá.
Gabriel levantó la vista.
—¿Sí?
—¿Conocías bien a Sofía Navarro?
El efecto fue inmediato.
El tenedor quedó suspendido en el aire.
Elena dejó de comer.
Valeria levantó la cabeza.
Y Gabriel permaneció inmóvil.
Solo durante un segundo.
Pero Lucas lo vio.
—¿Por qué preguntas eso?
—Encontré una fotografía.
Gabriel dejó el tenedor sobre la mesa.
—Ya hablamos de esto.
—No realmente.
—Lucas.
—Solo quiero saber la verdad.
El silencio llenó la habitación.
Finalmente Gabriel se puso de pie.
—No tengo hambre.
Y abandonó la mesa.
La puerta de la cocina se cerró detrás de él.
Nadie habló durante varios segundos.
Hasta que Valeria rompió el silencio.
—Creo que lo molestaste.
Lucas observó la puerta.
—Eso parece.
Pero ahora estaba más seguro que nunca.
Gabriel ocultaba algo.
A medianoche, la lluvia regresó.
Golpeando techos.
Ventanas.
Calles vacías.
Y en algún lugar del pueblo, alguien observaba una habitación iluminada.
Esperando.
Paciente.
Inmóvil.
Como un depredador.
Dentro de aquella habitación, Clara Benítez abrió lentamente los ojos.
Le dolía la cabeza.
Todo estaba oscuro.
Intentó moverse.
No pudo.
Sus muñecas estaban sujetas.
Su respiración comenzó a acelerarse.
—¿Hola?
Nadie respondió.
—¿Hay alguien?
Silencio.
La oscuridad parecía tragarse sus palabras.
Entonces escuchó algo.
Un sonido.
Muy leve.
Como pasos.
Lentos.
Metódicos.
Acercándose.
Clara intentó liberarse.
Las ataduras no cedieron.
Los pasos continuaron avanzando.
Uno.
Tras otro.
Cada vez más cerca.
Hasta detenerse frente a ella.
Una luz se encendió.
Y Clara comenzó a gritar.
A la mañana siguiente, Ramírez recibió una llamada.
Habían encontrado un vehículo abandonado cerca del río.
El automóvil pertenecía a Clara Benítez.
El detective llegó veinte minutos después.
El coche estaba vacío.
Las llaves seguían dentro.
No había señales de lucha.
No había sangre.
No había pistas.
Solo una fotografía colocada cuidadosamente sobre el asiento del conductor.
Ramírez se puso unos guantes.
La tomó.
Y observó la imagen.
Era el rostro de una mujer desconocida.
Una mujer desaparecida años atrás.
En la parte posterior había una fecha escrita con tinta negra.
Y debajo de la fecha, una palabra.
"Siete."
Ramírez sintió un escalofrío.
Porque por primera vez el asesino parecía estar enviando un mensaje.
Y todavía no tenía idea de lo que significaba.
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Editado: 04.06.2026