El Coleccionista de Rostros

CAPÍTULO 5 La Palabra Siete

El detective Ramírez observó la fotografía durante varios minutos.

La mujer de la imagen no le resultaba familiar.

Cabello rubio.

Aproximadamente treinta años.

Sonrisa tímida.

La fotografía parecía antigua.

Demasiado antigua.

Volteó la imagen una vez más.

La fecha seguía allí.

Y debajo:

"Siete."

—¿Qué demonios significa eso?

Nadie tenía una respuesta.

Dos horas después, el departamento de personas desaparecidas encontró una coincidencia.

La mujer de la fotografía tenía nombre.

Se llamaba Laura Paredes.

Había desaparecido siete años atrás.

Nunca fue encontrada.

Ramírez sintió un vacío en el estómago.

Porque aquello significaba algo.

No podía ser casualidad.

La mujer del apartamento 407.

Las fotografías.

Sofía Navarro.

Y ahora Laura Paredes.

Todo parecía formar parte de un mismo rompecabezas.

Uno enorme.

Y alguien estaba obligándolo a resolverlo pieza por pieza.

Mientras tanto, Clara Benítez seguía atrapada.

La habitación permanecía oscura.

Fría.

Silenciosa.

No sabía cuánto tiempo había pasado.

Horas.

Quizá días.

Había perdido toda referencia.

Solo sabía una cosa.

No estaba sola.

Podía sentirlo.

Alguien entraba periódicamente.

Nunca hablaba.

Nunca respondía preguntas.

Nunca mostraba el rostro.

Simplemente observaba.

A veces durante minutos completos.

Otras veces durante horas.

Como si estuviera estudiándola.

Analizándola.

Evaluándola.

Y aquello era peor que cualquier golpe.

Peor que cualquier amenaza.

Porque Clara comenzaba a comprender que quien la había secuestrado no la veía como una persona.

La veía como algo más.

Como un objeto.

Como una pieza de una colección.

Lucas no dejó de pensar en la fotografía de su padre.

Cuando terminó el desayuno, decidió volver al taller.

Necesitaba respuestas.

Esta vez no pensaba aceptar evasivas.

Encontró a Gabriel trabajando debajo de una camioneta.

—Tenemos que hablar.

Gabriel soltó un suspiro.

—Otra vez.

—Sí. Otra vez.

El hombre salió lentamente de debajo del vehículo.

Tenía grasa en las manos.

Y una expresión que Lucas conocía perfectamente.

La expresión que aparecía cuando quería evitar un tema.

—¿Qué quieres saber?

—Todo.

Gabriel permaneció en silencio.

—Papá.

—No hay nada que contar.

—Eso es mentira.

—Lucas.

—¿Por qué estabas tan cerca de Sofía Navarro?

Gabriel apretó la mandíbula.

—Porque era amiga de la familia.

—¿Solo eso?

—Sí.

—No te creo.

Aquellas palabras quedaron suspendidas entre ambos.

Durante varios segundos ninguno habló.

Finalmente Gabriel dio media vuelta.

—Entonces no puedo ayudarte.

Lucas observó cómo se alejaba.

Y comprendió algo.

Su padre no mentía por comodidad.

Mentía porque tenía miedo.

Aquella noche, una tormenta golpeó San Jerónimo del Valle.

Las ramas de los árboles se agitaban violentamente.

Las ventanas temblaban.

El viento aullaba entre las calles vacías.

Valeria se despertó cerca de las tres de la madrugada.

Necesitaba agua.

Abandonó su habitación.

Descendió las escaleras.

Y caminó hacia la cocina.

Entonces vio algo.

Una silueta.

Alguien estaba sentado en el comedor.

Inmóvil.

A oscuras.

La niña se congeló.

—¿Papá?

La figura no respondió.

Un relámpago iluminó la casa.

Y Valeria descubrió que era Adrián.

Sentado frente a la ventana.

Mirando la tormenta.

—Me asustaste.

Adrián giró la cabeza.

—Lo siento.

—¿Qué haces despierto?

—Pensando.

—A las tres de la mañana.

—Las mejores ideas llegan tarde.

Valeria se acercó.

—Eres raro.

—Eso dicen.

La niña sonrió.

—Buenas noches.

—Buenas noches, Vale.

Valeria volvió a subir las escaleras.

Y Adrián permaneció observando la lluvia.

Silencioso.

Inmóvil.

Pensativo.

Como si escuchara algo que nadie más podía oír.

A la mañana siguiente, el cuerpo de Clara Benítez apareció.

Fue encontrado en el antiguo parque de San Jerónimo.

Sentada en un columpio.

Balanceándose suavemente con el viento.

La escena hizo que varios policías apartaran la mirada.

Porque Clara parecía estar sonriendo.

Pero aquella sonrisa no era real.

Alguien la había creado.

Forzado.

Construido.

Como parte de una exhibición macabra.

Y sobre su regazo descansaba una fotografía.

Otra fotografía.

Otra persona desaparecida.

Otra fecha.

Otro número.

Esta vez:

"Seis."

Cuando Ramírez observó aquella imagen, comprendió algo aterrador.

No eran números aleatorios.

Era una cuenta regresiva.

Y no tenía idea de qué ocurriría cuando llegara a cero.




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